19 de mayo de 2016

PRECES POR LOS SACERDOTES

A nuestro Santísimo Padre el Papa,
Dale Señor tu corazón de Buen Pastor.
A los sucesores de los Apóstoles,
Dales Señor, solicitud paternal por sus
sacerdotes.
A los Obispos puestos por el Espíritu Santo,
Compromételos con sus ovejas, Señor.
A los párrocos,
Enséñales a servir y a no desear ser
servidos, Señor.
A los confesores y directores espirituales,
Hazlos Señor, instrumentos dóciles de
tu Espíritu.
A los que anuncian tu palabra,
Que comuniquen espíritu y vida, Señor.
A los asistentes de apostolado seglar,
Que lo impulsen con su testimonio,
Señor.
A los que trabajan por la juventud,
Que la comprometan contigo, Señor.

A los que trabajan entre los pobres,
Haz que te vean y te sirvan en ellos,
Señor.
A los que atienden a los enfermos,
Que les enseñen el valor del
sufrimiento, Señor.
A los sacerdotes pobres,
Socórrelos, Señor.
A los sacerdotes enfermos,
Sánalos, Señor.
A los sacerdotes ancianos,
Dales alegre esperanza, Señor.
A los tristes y afligidos,
Consuélalos, Señor.
A los sacerdotes turbados,
Dales tu paz, Señor.
A los que están en crisis,
Muéstrales tu camino, Señor.
A los calumniados y perseguidos,
Defiende su causa, Señor
A los sacerdotes tibios,
Inflámalos, Señor.
A los desalentados,
Reanímalos, Señor.
A los que aspiran al sacerdocio,
Dales la perseverancia, Señor.
A todos los sacerdotes,
Dales fidelidad a Ti y a tu Iglesia,
Señor.
A todos los sacerdotes,
Dales obediencia y amor al Papa,
Señor.
A todos los sacerdotes,
Que vivan en comunión con su Obispo,
Señor.
Que todos los sacerdotes,
Sean uno como Tú y el Padre, Señor.
Que todos los sacerdotes,
Promuevan la justicia con que Tú eres
justo.
Que todos los sacerdotes,
Colaboren en la unidad del presbiterio,
Señor.
Que todos los sacerdotes, llenos de Ti,
Vivan con alegría en el celibato, Señor.
A todos los sacerdotes,
Dales la plenitud de tu Espíritu y
transfórmalos en Ti, Señor.
De manera especial te ruego por aquellos sacerdotes por quienes he recibido tus gracias; el sacerdote que me bautizó, los que han absuelto mis pecados reconciliándome contigo y con tu Iglesia, aquellos en cuyas Misas he participado y que me han dado tu Cuerpo en alimento, los que me han transmitido tu palabra y conducido hacia Ti.                                         

EL "SACERDOCIO" BAUTISMAL

Partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo
Dirigiéndose a los bautizados como a «niños recién nacidos», el apóstol Pedro escribe: «Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, sois utilizados en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido para que proclame los prodigios de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (...)» (1 P 2, 4-5. 9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio —sacerdotal, profético y real— de Jesucristo. Es este un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se desprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece San Agustín del Salmo 26. Escribe así: «David fue ungido rey. En aquel tiempo, se ungía sólo al rey y al sacerdote. En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro único rey y sacerdote, Cristo (y por esto "Cristo" viene de "crisma"). Pero no sólo ha sido ungida nuestra Cabeza, sino que también hemos sido ungidos nosotros, su Cuerpo (...). Por ello, la unción es propia de todos los cristianos; mientras que en el tiempo del Antiguo Testamento pertenecía sólo a dos personas. Está claro que somos el Cuerpo de Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en Él somos cristos y Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo forman el Cristo en su integridad».
Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio Vaticano II, ya desde el inicio de mi servicio pastoral, he querido exaltar la dignidad sacerdotal, profética y real de todo el Pueblo de Dios diciendo: «Aquél que ha nacido de la Virgen María, el Hijo del carpintero —como se lo consideraba—, el Hijo de Dios vivo —como ha confesado Pedro— ha venido para hacer de todos nosotros "un reino de sacerdotes". El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple misión».
Con la presente Exhortación deseo invitar nuevamente a todos los fieles laicos a releer, a meditar y a asimilar, con inteligencia y con amor, el rico y fecundo magisterio del Concilio sobre su participación en el triple oficio de Cristo. He aquí entonces, sintéticamente, los elementos esenciales de estas enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, por el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente en la celebración eucarística por la salvación de la humanidad para gloria del Padre. Incorporados a Jesucristo, los bautizados están unidos a Él y a su sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades (cf. Rm 12, 1-2). Dice el Concilio hablando de los fieles laicos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo».
La participación en el oficio profético de Cristo, «que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra», habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía. Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc 7, 16), y constituidos en el Espíritu «testigos» de Cristo Resucitado, los fieles laicos son hechos partícipes tanto del sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que «no puede equivocarse cuando cree», cuanto de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10). Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y valentía, en medio de las contradicciones de la época presente, su esperanza en la gloria «también a través de las estructuras de la vida secular».
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12); y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños (cf. Mt 25, 40).
Pero los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cf. Jn 12, 32; 1 Co 15, 28).
La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la unción del Bautismo, su desarrollo en la Confirmación, y su cumplimiento y dinámica sustentación en la Eucaristía. Se trata de una participación donada a cada uno de los fieles laicos individualmente; pero les es dada en cuanto que forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto, Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa. De este modo, cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia; tal como enseña claramente el apóstol Pedro, el cual define a los bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P 2, 9). Precisamente porque deriva de la comunión eclesial, la participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo exige ser vivida y actuada en la comunión y para acrecentar esta comunión. Escribía San Agustín: «Así como llamamos a todos cristianos en virtud del místico crisma, así también llamamos a todos sacerdotes porque son miembros del único sacerdote».
CHRISTIFIDELES LAICI, San Juan Pablo II.

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

I. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
La Epístola a los Hebreos define con exactitud al sacerdote cuando dice que es un hombre escogido entre los hombres, y está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Por eso, el sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, está íntimamente ligado al Sacrificio que ofrece, pues éste es el principal acto de culto en el que se expresa la adoración que la criatura tributa a su Creador.
En el Antiguo Testamento, los sacrificios eran ofrendas que se hacían a Dios en reconocimiento de su soberanía y en agradecimiento por los dones recibidos, mediante la destrucción total o parcial de la víctima sobre un altar. Eran símbolo e imagen del auténtico sacrificio que Jesucristo, llegada la plenitud de los tiempos, habría de ofrecer en el Calvario. Allí, constituido Sumo Sacerdote para siempre, Jesús se ofreció a Sí mismo como Víctima gratísima a Dios, de valor infinito: quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. En el Calvario, Jesús, Sumo Sacerdote, hizo la ofrenda de alabanza y acción de gracias más grata a Dios que puede concebirse. Fue tan perfecto este Sacrificio de Cristo que no puede pensarse otro mayor. A la vez, fue una ofrenda de carácter expiatorio y propiciatorio por nuestros pecados. Una gota de la Sangre derramada por Cristo hubiera bastado para redimir todos los pecados de la humanidad de todos los tiempos. En la Cruz, la petición de Cristo por sus hermanos los hombres fue escuchada con sumo agrado por el Padre, y ahora continúa en el Cielo siempre vivo para interceder por nosotros. "Jesucristo en verdad es sacerdote, pero sacerdote para nosotros, no para sí, al ofrecer al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre del género humano. Igualmente, Él es víctima, pero para nosotros, al ofrecerse a sí mismo en vez del hombre sujeto a la culpa. Pues bien, aquello del apóstol: tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo, exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio, es decir, que imiten su humildad y eleven a la Suma Majestad de Dios la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y confesando cada uno sus propios pecados (...)". Éste es hoy nuestro propósito.

II. De la misión redentora de Cristo Sacerdote participa toda la Iglesia, "y su cumplimiento se encomienda a todos los miembros del Pueblo de Dios que, por los sacramentos de iniciación, se hacen partícipes del sacerdocio de Cristo para ofrecer a Dios un sacrificio espiritual y dar testimonio de Jesucristo ante los hombres". Todos los fieles laicos participan de este sacerdocio de Cristo, aunque de un modo esencialmente diferente, y no sólo de grado, que los presbíteros. Con alma verdaderamente sacerdotal, santifican el mundo a través de sus tareas seculares, realizadas con perfección humana, y buscan en todo la gloria de Dios: la madre de familia sacando adelante sus tareas del hogar, el militar dando ejemplo de amor a la patria a través principalmente de las virtudes castrenses, el empresario haciendo progresar la empresa y viviendo la justicia social... Todos, reparando por los pecados que cada día se cometen en el mundo, ofreciendo en la Santa Misa sus vidas y sus trabajos diarios.
Los sacerdotes -Obispos y presbíteros- han sido llamados expresamente por Dios, "no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para la que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena, ni podrían servir si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos". El sacerdote ha sido entresacado de entre los hombres para ser investido de una dignidad que causa asombro a los mismos ángeles, y nuevamente devuelto a los hombres para servirles especialmente en lo que mira a Dios, con una misión peculiar y única de salvación. El sacerdote hace en muchas circunstancias las veces de Cristo en la tierra: tiene los poderes de Cristo para perdonar los pecados, enseña el camino del Cielo..., y sobre todo presta su voz y sus manos a Cristo en el momento sublime de la Santa Misa: en el Sacrificio del Altar consagra in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. No hay dignidad comparable a la del sacerdote. "Sólo la divina maternidad de María supera este divino ministerio".
El sacerdocio es un don inmenso que Jesucristo ha dado a su Iglesia. El sacerdote es "instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura".
Hoy es un día para agradecer a Jesús un don tan grande. ¡Gracias, Señor, por las llamadas al sacerdocio que cada día diriges a los hombres! Y hacemos el propósito de tratarlos con más amor, con más reverencia, viendo en ellos a Cristo que pasa, que nos trae los dones más preciados que un hombre puede desear. Nos trae la vida eterna.

III. San Juan Crisóstomo, bien consciente de la dignidad y de la responsabilidad de los sacerdotes, se resistió al principio a ser ordenado, y se justificaba con estas palabras: "Si el capitán de un gran navío, lleno de remeros y cargado de preciosas mercancías, me hiciera sentar junto al timón y me mandara atravesar el mar Egeo o el Tirreno, yo me resistiría a la primera indicación. Y si alguien me preguntara por qué, respondería inmediatamente: porque no quiero echar a pique el navío". Pero, como comprendió bien el Santo, Cristo está siempre muy cerca del sacerdote, cerca de la nave. Además, Él ha querido que los sacerdotes se vean amparados continuamente por el aprecio y la oración de todos los fieles de la Iglesia: "Amenlos con filial cariño, como a sus pastores y padres -insiste el Concilio Vaticano II-; participando de sus solicitudes, ayuden en lo posible, por la oración y de obra, a sus presbíteros, a fin de que éstos puedan superar mejor sus dificultades y cumplir más fructuosamente sus deberes": para que sean siempre ejemplares y basen su eficacia en la oración, para que celebren la Santa Misa con mucho amor y cuiden de las cosas santas de Dios con el esmero y respeto que merecen, para que visiten a los enfermos y cuiden con empeño de la catequesis, para que conserven siempre esa alegría que nace de la entrega y que tanto ayuda incluso a los más alejados del Señor...
Hoy es un día en el que podemos pedir más especialmente para que los sacerdotes estén siempre abiertos a todos y desprendidos de sí mismos, "pues el sacerdote no se pertenece a sí mismo, como no pertenece a sus parientes y amigos, ni siquiera a una determinada patria: la caridad universal es lo que ha de respirar. Los mismos pensamientos, voluntad, sentimientos, no son suyos, sino de Cristo, su vida".
El sacerdote es instrumento de unidad. El deseo del Señor es ut omnes unum sint, que todos sean uno. Él mismo señaló que todo reino dividido contra sí será desolado y que no hay ciudad ni hogar que subsista si se pierde la unidad. Los sacerdotes deben ser solícitos en conservar la unidad; y esta exhortación de San Pablo "se refiere, sobre todo, a los que han sido investidos del Orden sagrado para continuar la misión de Cristo". Es el sacerdote el que principalmente debe velar por la concordia entre los hermanos, el que vigila para que la unidad en la fe sea más fuerte que los antagonismos provocados por diferencias de ideas en cosas accidentales y terrenas. Al sacerdote corresponde, con su ejemplo y su palabra, mantener entre sus hermanos la conciencia de que ninguna cosa humana es tan importante como para destruir la maravillosa realidad del cor unum et anima una  que vivieron los primeros cristianos y que hemos de vivir nosotros. Esta misión de unidad la podrá lograr con más facilidad si está abierto a todos, si es apreciado por sus hermanos. "Pide para los sacerdotes, los de ahora y los que vendrán, que amen de verdad, cada día más y sin discriminaciones, a sus hermanos los hombres, y que sepan hacerse querer de ellos".
El Papa Juan Pablo II, dirigiéndose a todos los sacerdotes del mundo, les exhortaba con estas palabras: "Al celebrar la Eucaristía en tantos altares del mundo, agradecemos al eterno Sacerdote el don que nos ha dado en el sacramento del Sacerdocio. Y que en esta acción de gracias se puedan escuchar las palabras puestas por el evangelista en boca de María con ocasión de la visita a su prima Isabel: Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre (Lc 1, 49). Demos también gracias a María por el inefable don del Sacerdocio por el cual podemos servir en la Iglesia a cada hombre. ¡Que el agradecimiento despierte también nuestro celo (...)
"Demos gracias incesantemente por esto; con toda nuestra vida; con todo aquello de que somos capaces. Juntos demos gracias a María, Madre de los sacerdotes. ¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? La copa de salvación levantaré e invocaré el nombre del Señor (Sal 115, 12-13)"
De la misión redentora de Cristo Sacerdote participa toda la Iglesia. A través de los sacramentos de la iniciación cristiana los fieles laicos participan de este sacerdocio de Cristo y quedan capacitados para santificar el mundo a través de sus tareas seculares. Los presbíteros, de un modo esencialmente diferente y no sólo de grado, participan del sacerdocio de Cristo y son constituidos mediadores entre Dios y los hombres, especialmente a través del Sacrificio de la Misa, que realizan in Persona Christi. Hoy es un día en el que de modo particular debemos pedir por todos los sacerdotes.
Fuente:http://www.mercaba.org/

15 de mayo de 2016

PAPA FRANCISCO: "¡RECEN EL ROSARIO CADA DÍA!"

AUDIENCIA DEL SÁBADO EN EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA
«A través de la  intercesión de la Virgen María, estamos invitados, en la víspera de Pentecostés a sacudir nuestra indiferencia, que a veces nos impide ver las necesidades de nuestros hermanos y liberarnos de la esclavitud de los bienes materiales.
En esta víspera de Pentecostés, queremos unirnos espiritualmente con la Virgen María y los apóstoles reunidos en oración en espera del Espíritu Santo. El Paráclito nos ayude a crecer en la fe y en la caridad para ser testimonios de la verdadera piedad.
Mañana celebraremos la Solemnidad de Pentecostés. Pidamos al Espíritu Santo que llene nuestros corazones. Abrámoslos a su acción. San Pablo nos recuerda que es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables. Pidámosle que sostenga nuestra oración y nuestras acciones, que las ilumine con su luz, que las haga conformes a la voluntad de Dios».
«Este mes de María nos invita a multiplicar cotidianamente los actos de devoción e imitación de la Madre de Dios. ¡Recen el Rosario cada día! ¡Dejen que la Virgen Madre posea su corazón, encomendándole lo que son y tienen! Y Dios será todo en todos»
Papa Francisco

14 de mayo de 2016

¡GRACIAS PORTUGAL!

Al cumplirse los cien años de las Apariciones del Ángel de Portugal a los Pastorcitos de Fátima, y con motivo de las celebraciones aniversarias del trece de Mayo, el Cardenal Patriarca de Lisboa renovó la consagración de las 21 diócesis de Portugal y la entera nación portuguesa al Corazón Inmaculado de María.
¡Un ejemplo a seguir por toda la Iglesia!
¡Un ejemplo para todas las naciones católicas!
¡Un ejemplo y estímulo para que al fin el Papa se digne a consagrar explícitamente  Rusia al Corazón Inmaculado de María!
En la Iglesia sólo hay un Papa, y sólo a él le compete el dar cumplimiento a los pedidos maternales de María Santísima.
Es el Papa, junto con todos los obispos de la cristiandad en unión y comunión con él, quien debe dar cumplimiento a la petición de la Virgen María.
¿ Qué podemos hacer los demás?
La misma Virgen nos lo dice. Los demás podemos y debemos orar por el Santo Padre para que el Espíritu Santo le infunda la fortaleza necesaria para llevar a cabo la consagración de la que el mundo y la Iglesia están gravísimamente necesitados.
¡No debemos juzgar al Papa! Ese no es nuestro deber.
Nuestra obligación como hijos fieles de la Santa Iglesia Católica es ofrecer sacrificios y oraciones para que el Santo Padre lleve a cabo lo que la Reina del Cielo espera de él. Para que el Santo Padre encuentre la solicitud, la obediencia y el apoyo de los obispos para realizar el acto de consagración.
Nosotros, podemos y debemos consagrarnos personalmente al Corazón Inmaculado de María, consagrarle nuestras familias; hacer apostolado para que les sean consagradas nuestras parroquias, pueblos y naciones. Podemos y debemos dar a conocer y expandir los mensajes de Nuestra Señora, rezar diariamente el Santo Rosario y practicar la Devoción Reparadora de los Cinco Primeros Sábados de mes. En definitiva, decidirnos firmemente a ser "apóstoles de Nuestra Señora de Fátima".
Es hermosísimo y ejemplarizante para toda la Iglesia el ver a los obispos de Portugal unidos y reunidos a los pies de la Blanca Señora consagrándole sus diócesis y su nación.Más allá de defectos, imperfecciones y miserias propias de la pobre naturaleza humana.
No hay estampa más hermosa que ver a los hermanos reunidos y unidos en torno a la Madre, dando cumplimiento a sus deseos maternales.
Una estampa que todos los hijos de la Iglesia deberíamos desear verla retratada en su dimensión universal.
San Juan Pablo II hizo cuanto pudo, o cuanto le dejaron hacer, no nos debe caber la menor duda. Pero como él mismo dijo arrodillado a los pies de Nuestra Señora: os consagramos especialmente aquellos pueblos de los que Vos estáis esperando nuestra consagración.
La Madre sigue esperando con paciencia infinita la consagración explícita que Ella manifestó a la Hermana Lucía, su humilde intermediaria, en la Aparición de Tuy en el año 1929.
¡Cuánta sangre se le hubiese ahorrado a la pobre humanidad de haber seguido las directrices maternas de la Madre Celestial!
¡Cuántas desgracias eternas irreparables se hubiesen evitado, si como niños obedientes nos hubiésemos fiado de los consejos maternales de Nuestra Señora de Fátima!
Pero no es hora de lamentos. Agua pasada no mueve molino.
Es hora de apurar los sacrificios personales y la oración comunitaria de los fieles para que finalmente se haga realidad la petición de Nuestra Señora.
No cabe duda, si tenemos visión y discreción sobrenatural, que la Señora correspondió con innumerables gracias para el mundo y para la Iglesia a las consagraciones realizadas por San Juan Pablo II.
¡Con cuántas innumerables gracias no habrá de corresponder si se lleva a cabo fielmente su petición!
Dios ha supeditado el regalo del torrente de su misericordia a la obediencia de la Iglesia a los deseos maternos de María.Porque la Trinidad Santísima quiere establecer en el mundo entero la Devoción a su Corazón Inmaculado. Porque la Trinidad Beatísima desea seguir distribuyendo el torrente de sus gracias por medio de su criatura más fiel y adorable: la Bienaventurada siempre Virgen María.
La petición de la consagración de Rusia, como remedio y auxilio ante los terribles embates del Maligno contra la Iglesia y contra el mundo contemporáneo, requiere de la Iglesia un acto de humildad y de obediencia. Porque así es como Dios vence a Satanás, aplastando su orgullo y arrogancia, aplastando su sacrílega y blasfema rebelión.
No hay humillación más grande para el "príncipe de este mundo" que el ser aplastado y derrotado por una simple criatura, elevada por Dios a la más alta e insospechada dignidad: ser Madre de Dios y Corredentora del género humano.
Resistir al mensaje de Fátima retardando la respuesta, desconfiando de las peticiones confiadas a los humildes pastorcitos, no deja de ser una actitud de entrega a la herejía pelagianista. Una herejía en cuya base está el pecado de Satanás, de los ángeles rebeldes y de los primeros padres.Se trata de una actitud de desconfianza hacia Dios; un acto de arrogancia y prepotencia, por el cual nos creemos "ser como Dios", "conocedores del bien y del mal", capaces por nosotros mismos de establecer el bien sin la necesidad imprescindible de la gracia de Dios.
Una Iglesia pelagiana nunca podría ser la Iglesia Una, Santa y Católica, pues con sus obras estaría afirmando que no necesita de la gracia redentora de Jesucristo.
Una Iglesia contaminada de pelagianismo se transformaría "ipso facto" en una secta destructora; dejaría de ser la Iglesia fundada por Cristo.
Y siguiendo la coherencia de la fe no hay que tener miedo a afirmar con claridad y rotundidad que una Iglesia que no fuese profundamente mariana, se convertiría también en una secta pelagiana desgajada de la viña de la Iglesia Santa de Dios. Se transformaría en un sarmiento seco, separado de la vid.
La Iglesia Católica es el instrumento de Dios para la salvación del mundo, pero siempre consciente de que ella no es la Salvación. El Salvador es Cristo y la salvación se alcanza única y exclusivamente por su gracia.
Sin Cristo y sin su gracia no hay salvación posible, no hay esperanza para el género humano. No existe otro fundamento ni otro cimiento.
La salvación del mundo no es cuestión de cálculos humanos, ni de estrategias diplomáticas ni políticas. No hay otro Camino que no sea Jesucristo, ni hay ningún otro remedio que no sea su gracia redentora; la gracia que Él mismo ha depositado en las manos maternales de María -Distribuidora universal de todas las gracias-, para que Ella, como Madre de la Iglesia y como purísimo canal, la vierta sobre la Iglesia al fin de que esta la comunique a todos los que se acercan a sus fuentes que son los sacramentos y los sacramentales.
¡Gracias Iglesia Católica que peregrinas en las tierras de Portugal!
¡Gracias por ese ejemplo maravilloso de confianza en el Corazón Inmaculado y maternal de Nuestra Señora de Fátima!
¡Gracias por ese ejemplo de fe y de catolicidad, de confianza filial en Aquella que es Auxilio de los Cristianos y Puerta del Cielo!
Maravilloso ejemplo y maravillosas palabras cargadas de fe y de devoción a la Blanca Señora:
“Animados pela vossa promessa, queremos hoje renovar, diante da vossa imagem, a consagração das nossas dioceses ao vosso Coração Imaculado, tal como o fizeram, pela primeira vez há 85 anos, neste mesmo dia, os bispos portugueses”.
“À vossa proteção nos acolhemos, Santa Mãe de Deus”, e vos consagramos as nossas dioceses e o nosso país, que ao longo dos séculos tem sentido a vossa presença protetor”.
“Intercedei junto do vosso Filho para que derrame a luz e a sabedoria do Espírito Santo sobre os que governam o nosso país, para que promovam a dignidade humana, edifiquem uma sociedade justa e solidária, construam a paz e protejam a vida”.
Manuel María de Jesús, F.F.

13 de mayo de 2016

"NADIE HACE CASO A SU MENSAJE"

«Padre, la Santísima Virgen está muy triste, porque nadie hace caso a su Mensaje, ni los buenos ni los malos. Los buenos, porque prosiguen su camino de bondad; pero sin hacer caso a este mensaje. Los malos, porque no viendo el castigo de Dios, actualmente sobre ellos, a causa de sus pecados, prosiguen su camino de maldad, sin hacer caso a este Mensaje.»
«Dígales, Padre, que la Santísima Virgen repetidas veces, tanto a mis primos Francisco y Jacinta, como a mí, nos dijo, que muchas naciones de la tierra desaparecerán sobre la faz de la misma, que Rusia sería el instrumento del castigo del Cielo para todo el mundo, si antes no alcanzábamos la conversión de esa pobrecita Nación.» …
«Padre, el demonio está librando una batalla decisiva contra la Virgen; y como sabe qué es lo que más ofende a Dios y lo que, en menos tiempo, le hará ganar mayor número de almas, está tratando de ganar a las almas consagradas a Dios, ya que de esta manera también deja el campo de las almas desamparado, y (el demonio) más fácilmente se apodera de ellas.»
«Dígales también, Padre, que mis primos Francisco y Jacinta se sacrificaron porque vieron siempre a la Santísima Virgen muy triste en todas sus apariciones. Nunca se sonrió con nosotros, y esa tristeza y angustia que notábamos en la Santísima Virgen, a causa de las ofensas a Dios y de los castigos que amenazaban a los pecadores, nos llegaban al alma; y no sabíamos qué idear para encontrar en nuestra imaginación infantil medios para hacer oración y sacrificio. … Lo segundo que santificó a los niños fue la visión del infierno.» …
«Por esto Padre no es mi misión indicarle al mundo los castigos materiales que ciertamente vendrán sobre la tierra, si el mundo antes no hace oración y penitencia, no. Mi misión es indicarles a todos el inminente peligro en que estamos de perder para siempre nuestra alma si seguimos aferrados al pecado.»
«Dos son los medios para salvar al mundo – me decía Sor Lucía de Jesús–, la oración y el sacrificio… Y luego, el Santo Rosario. Mire Padre, la Santísima Virgen, en estos Últimos Tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario. De tal manera que ahora no hay problema, por más difícil que sea, sea temporal o sobre todo espiritual, que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros; o a la vida de nuestras familias, sean familias del mundo o Comunidades Religiosas; o la vida de los pueblos y naciones.»
«Y luego, la devoción al Corazón Inmaculado de María, Santísima Madre, poniéndonosla como sede de la clemencia, de la bondad y el perdón; y como puerta segura para entrar al cielo.»
Sor Lucía de Jesús, el día 26 de diciembre de 1957, al Padre Agustín Fuentes, sacerdote Vicepostulador en las causas de beatificación de Francisco y Jacinta.

9 de mayo de 2016

¡NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA NOS MUESTRA EL ÚNICO REMEDIO!

¡Despierta, Iglesia Santa De Dios!
¡Despierten, la Jerarquía y los fieles de la Santa Iglesia!
¡No se puede estar ni un segundo más sin atender al grito materno de María!
¡No se puede soportar más la desobediencia a los pedidos de María!
¡La suerte del mundo entero depende de la obediencia de la Iglesia a las peticiones maternales de la Madre de Dios!
¡La suerte de la humanidad ha sido puesta por Dios en las manos de la Iglesia Católica, en las manos del Papa y de la Jerarquía!
Si continúa la desobediencia a los pedidos de la Virgen, las manos de aquellos que son responsables se verán, por pecado de omisión, manchadas de sangre por toda la eternidad. No podrán escapar al juicio de Dios. Su suerte eterna estará objetivamente en peligro de condenación por resistir al Espíritu Santo, que obra, actúa y habla al mundo por medio de su fidelísima Esposa, la Bienaventurada siempre Virgen María.
Al aceptar como dignas de crédito las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, la Jerarquía de la Iglesia se ha comprometido ante Dios y ante el mundo a aceptar escrupulosamente los mensajes dados por la Madre de Dios a los pequeños videntes: los Beatos Francisco y Jacinta Marto, y la Hermana Lucía.
Aceptar las Apariciones de Fátima sin prestar obediencia a las peticiones de la Blanca Señora es convertir Fátima en un circo abominable, en un "hazme reír", en un fraude para la fe de los fieles.
Se va a cumplir el centenario de las Apariciones, y cuánto más nos acercamos a dicha conmemoración, más actuales y apremiantes se revelan las enseñanzas impartidas y los remedios propuestos por la Santísima Virgen, ante los gravísimos peligros que se ciernen sobre la Iglesia y sobre la humanidad entera.
¡Es hora de "exigir" respetuosamente obediencia a las peticiones de la Virgen a aquellos a quienes la Señora ha comprometido, como Reina de los Cielos y de la tierra, porque la suerte de todos está en sus manos!
Ella quiere que Rusia sea consagrada explícitamente a su Corazón Inmaculado, sin excusas políticas ni pseudoreligiosas de ningún tipo.
Dios quiere establecer en el mundo la Devoción al Corazón Inmaculado de María.
Dios ha puesto el don de la paz para el mundo en las manos maternales de María. Para alcanzar la paz hay que solicitarla al Corazón Inmaculado.
El Santo Rosario y la Devoción al Inmaculado Corazón de María son los últimos remedios dados por Dios al mundo.
La Señora Celestial nos pide que recemos diariamente el Santo Rosario, nos apremia a hacer penitencia por nuestros pecados, a orar y sacrificarnos por la conversión de los pobres pecadores y a rezar por el Papa.
Fátima es el Plan Pastoral que el Cielo entrega a la Iglesia para que se cumpla, para que se ponga en práctica.
Fátima es el Plan Pastoral elaborado por el Cielo para aplastar la cabeza infernal de Satanás,para detener la condenación eterna de millones de almas, para proteger al mundo de su propia autodestrucción, para defender a la Iglesia militante de los más terribles asaltos del enemigo que jamás haya podido sufrir.
En Fátima, en los Mensajes de la Mujer vestida de Sol, y en el testimonio de los tres videntes están todas las claves para poder interpretar los acontecimientos de la hora actual, tanto los referidos a la Iglesia Católica como los referidos al mundo entero.
¡Cien años, se van a cumplir de aquellos acontecimientos en los que en la Cova de Iría explosionó el orden sobrenatural!
¡Cien años de paciencia por parte de Dios y de la Madre Celestial!
¡Cien años de desobediencias, de incredulidad, de dureza de corazón!
¡Cien años de desastres, de horrores, de guerras y de tribulaciones!
¡Cien años de pavor para la Iglesia y para el mundo!
¡Cien años de innumerables almas perdidas en el infierno por no atender a las llamadas maternales de María!
¡Ya no se puede esperar más!
¡Ya los Católicos no deberíamos consentir más dilaciones!
Es verdad que las llamadas maternales de Fátima apelan a la responsabilidad personal e individual de cada católico. Pero es cierto también que hay llamadas al Cuerpo de la Iglesia, a su Jerarquía, a la comunidad de todos los creyentes.
Terrible responsabilidad la que el Cielo ha puesto en nuestras manos.
Por mucho que nos hagamos el sordo y nos tapemos los oídos, la voz de Dios y la voz de María nadie la podrá apagar: "¿Dónde está tu hermano?"...
Recordando las palabras del Venerable Pío XII: "La salvación de muchos depende de la oración de pocos".
Quizás nunca como hoy, la suerte eterna de tantos -la humanidad entera-, dependió de la obediencia de unos pocos -los hijos de la Iglesia-.
¡Ave María Purísima!
Manuel María de Jesús, F.F.

8 de mayo de 2016

MISAS POR LA PAZ EN SIRIA, ¡ES EL GRITO DE LOS CATÓLICOS SIRIOS!


Alepo (Jueves, 05-05-2016, Gaudium Press)

Los sacerdotes de las comunidades católicas de Alepo han lanzado un llamamiento a los obispos, sacerdotes y fieles de todo el mundo, pidiéndoles que "ofrezcan misas el próximo domingo, 8 de mayo por la paz en Siria y en especial en Alepo".



La comunidades católicas de Alepo, la "capital del norte" de Siria, están pidiendo las "oraciones de todo el mundo porque la situación es dramática; muchas personas inocentes están siendo sometidas a violencia, se necesita la compasión y la misericordia", según afirma el P. Alsabagh Ibrahim, de 44 años de edad, franciscano, guardián y párroco de la parroquia latina de Alepo.


"En nuestra zona [barrios cristianos al oeste de Alepo, bajo el control del gobierno] esta mañana hay silencio, con pocas personas en la calle y sin que se oiga ningún ruido", señaló el P. Ibrahim, "pero en otras áreas continúan los combates". Ayer, por su parte, la ciudad registró su "peor día" en la escalada de enfrentamiento, "que han proseguido toda la noche, con la violencia y los ataques que no se han detenido ni siquiera por un minuto".

En los combates de ayer fue afectado el hospital en Dabbit, particularmente el departamento de obstetricia, donde murieron 17 niños, además de mujeres y hombres. Miles de estudiantes en las universidades estatales se vieron en la necesidad de refugiarse en sótanos. Numerosos edificios han sido afectados por los combates que allí se libran.

¿Y DEJÁS, PASTOR SANTO, TU GREY EN ESTE VALLE HONDO...?


¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, escuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, ¿te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

Aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado?
Estando tú encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay!, nube, envidiosa
aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!


Fray Luis de León

ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR A LOS CIELOS

La inefable sucesión de los misterios del Hombre- Dios está a punto de recibir su último complemento. Pero el gozo de la tierra ha subido hasta los cielos; las jerarquías angélicas se disponen a recibir al jefe que les fué prometido, y sus príncipes están esperando a las puertas, prestos a levantarlas cuando resuene la señal de la llegada del triunfador. Las almas santas, libertadas del limbo hace cuarenta días, aguardan el dichoso momento en que el camino del cielo, cerrado por el pecado, se abra para que puedan entrar ellas en pos de su Redentor. La hora apremia, es tiempo que el divino Resucitado se muestre y reciba los adioses de los que le esperan hora por hora y a quienes El dejará aún en este valle de lágrimas,
EN EL CENÁCULO. — Súbitamente aparece en medio del Cenáculo. El corazón de María ha saltado de gozo, los discípulos y las santas mujeres adoran con ternura al que se muestra aquí abajo por última vez. Jesús se digna tomar asiento en la mesa con ellos; condesciende hasta tomar parte aún en una cena, pero ya no con el fin de asegurarles su resurrección, pues sabe que no dudan; sino que en el momento de ir a sentarse a la diestra del Padre, quiere darles esta prueba tan querida de su divina familiaridad. ¡Oh cena inefable, en que María goza por última vez en este mundo del encanto de sentarse al lado de su Hijo, en que la Iglesia representada por los discípulos y por las santas mujeres está aún presidida visiblemente por su Jefe y su Esposo!
¿Quién podría expresar el respeto, el recogimiento, la atención de los comensales y describir sus miradas fijas con tanto amor sobre el Maestro tan amado? Anhelan oír una vez más su palabra; ¡les será tan grata en estos momentos de despedida!... Por fin Jesús comienza a hablar; pero su acento es más grave que tierno. Comienza echándoles en cara la incredulidad con que acogieron la noticia de su resurrección En el momento de confiarles la más imponente misión que haya sido transmitida a los hombres, quiere invitarles a la humildad. Dentro de pocos días serán los oráculos del mundo, el mundo creerá sus palabras y creerá lo que él no ha visto, lo que sólo ellos han visto.
La fe pone a los hombres en relación con Dios; y esta fe no la han tenido, desde el principio, ellos mismos: Jesús quiere recibir de ellos la última reparación por su incredulidad pasada, a fin de establecer su apostolado sobre la humildad.
LA EVANGELIZACIÓN DEL MUNDO. Tomando enseguida el tono de autoridad que a él sólo conviene, les dice: "Id al mundo entero, predicad el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará"2. Y esta misión de predicar el Evangelio en el mundo entero; ¿cómo la cumplirán? ¿Por qué medio tratarán de acreditar su palabra? Jesús se lo indica: "He aquí los milagros que acompañarán a los que creyeren: arrojarán los demonios en mi nombre; hablarán nuevas lenguas; tomarán las serpientes con la mano; si bebieren algún veneno, no les dañará; impondrán sus manos sobre los enfermos, y los enfermos sanarán'".
Quiere que el milagro sea el fundamento de su Iglesia como El mismo lo escogió para que fuese el argumento de su misión divina. La suspensión de las leyes de la naturaleza anuncia a los hombres que el autor de la naturaleza va a hablar; a ellos sólo les toca entonces escuchar y someterse humildemente.
He aquí pues a estos hombres desconocidos del mundo, desprovistos de todo medio humano, investidos de la misión de conquistar la tierra y de hacer reinar en ella a Jesucristo. El mundo ignora hasta su existencia; sobre su trono, Tiberio, que vive entre el pavor de las conjuraciones no sospecha en absoluto esta expedición de un nuevo género que va a abrirse y llegará a conquistar al imperio romano. Pero a estos guerreros les hace falta una armadura, y una armadura de temple celestial. Jesús les anuncia que están para recibirla. "Quedaos en la ciudad, les dice, hasta que hayáis sido revestidos de el poder de lo alto'". ¿Cuál es, pues, esta armadura? Jesús se lo va a explicar. Les recuerda la promesa del Padre, "esta promesa, dice, que habéis oído de mi boca. Juan ha bautizado en agua; pero vosotros, dentro de pocos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo".
HACIA EL MONTE DE LOS OLIVOS. — Pero la hora de la separación ha llegado. Jesús se levanta y todos los asistentes se disponen a seguir sus pasos. Ciento veinte personas se encontraban reunidas allí con la madre del triunfador que el cielo reclamaba. El Cenáculo estaba situado sobre el monte Sión, una de las colinas que cerraba el cerco de Jerusalén. El cortejo atraviesa una parte de la ciudad, dirigiéndose hacia la puerta oriental que se abre sobre el valle de Josafat. Es la última vez que Jesús recorre las calles de la ciudad réproba. Invisible en adelante a los ojos de este pueblo que ha renegado de El, avanza al frente de los suyos, como en otro tiempo la columna luminosa que dirigió los pasos del pueblo israelita.
¡Qué bella e imponente es esta marcha de María, de los discípulos y de las santas mujeres, en pos de Jesús que no debe detenerse más que en el cielo, a la diestra del Padre! La piedad de la edad media la celebraba en otro tiempo por una solemne procesión que precedía a la Misa de este gran día. Dichosos siglos, en que los cristianos deseaban seguir cada uno de los pasos del Redentor y no sabían contentarse, como nosotros, de algunas vagas nociones que no pueden engendrar más que una piedad vaga como ellas.
LA ALEGRÍA DE MARÍA.-—Se pensaba también entonces en los sentimientos que debieron ocupar el corazón de María durante los últimos instantes que gozó de la presencia de su hijo. Se preguntaba qué era lo que más pesaba en su corazón maternal, si la tristeza de no ver más a Jesús, o la dicha de sentir que iba por fin a entrar en la gloria que le era debida. La respuesta venía al punto al pensamiento de esos verdaderos cristianos, y nosotros también, nos la damos a nosotros mismos. ¿No había dicho Jesús a sus discípulos: "¿Si me amaseis, os alegraríais de que fuese a mi Padre?'". Ahora bien, ¿quién amó más a Jesús que María?
El corazón de la madre estaba pues alegre en el momento de este inefable adiós. María no podía pensar en sí misma, cuando se trataba del triunfo debido a su hijo y a su Dios.
Después de las escenas del Calvario, podía ella aspirar a otra cosa que a ver al fin glorificado al que ella conocía por el soberano Señor de todas las cosas, al que ella había visto tan pocos días antes, negado, blasfemado, expirando en medio de los dolores más atroces.
El cortejo ha atravesado el valle de Josafat y ha pasado el torrente del Cedrón; se dirige por la pendiente del monte de los Olivos. ¡Qué recuerdos vienen a la memoria! Este torrente, del que el Mesías había bebido el agua fangosa en sus humillaciones, se ha convertido hoy para El en el camino de la gloria. Así lo había anunciado David. Se deja a la izquierda el huerto que fué testigo de la Agonía, la gruta en que fué presentado a Jesús y aceptado por El el cáliz de todas las expiaciones del mundo. Después de haber franqueado un espacio que San Lucas calcula como el que les era permitido recorrer a los judíos en día de Sábado, se llega al terreno de Betania a esta aldea en que Jesús buscaba la hospitalidad de Lázaro y de sus hermanas. Desde este rincón del monte de los Olivos se dominaba Jerusalén que aparecía majestuosa con su templo y sus palacios.
Esta vista emocionó a los discípulos. La patria terrestre hace aún palpitar el corazón de estos hombres; por un momento olvidan la maldición pronunciada sobre la ingrata ciudad de David, y parecen no acordarse ya de que Jesús acaba de hacerles ciudadanos y conquistadores del mundo entero. El delirio de la grandeza mundana de Jerusalén les ha seducido de repente y osan preguntar a Jesús su Maestro: "Señor, ¿es este el momento en que establecerás el reino de Israel?"
Jesús responde a esta pregunta indiscreta: "No os pertenece saber los tiempos y los momentos que el Padre ha reservado a su poder." Estas palabras no quitaban la esperanza de que Jerusalén fuese un día reedificada por Israel convertido al cristianismo; pues este restablecimiento de la ciudad de David no debía tener lugar más que al fin de los tiempos, y no era conveniente que el Salvador diese a conocer el secreto divino. La conversión del mundo pagano, la fundación de la Iglesia, era lo que debía preocupar a los discípulos. Jesús les lleva inmediatamente a la misión que les dió momentos antes: "Vais a recibir, les dice, el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra'".
LA ASCENSIÓN AL CIELO. — Según una tradición que remonta a los primeros siglos del cristianismo, era el medio día la hora en que Jesús fué elevado sotare la cruz cuando, dirigiendo sobre la concurrencia una mirada de ternura que debió detenerse con complacencia filial sobre María, elevó las manos y les bendijo a todos. En este momento sus pies se desprendieron de la tierra y se elevó al cielo.
Los asistentes le seguían con la mirada; pero pronto entró en una nube que le ocultó a sus ojos2. Los discípulos tenían aún los ojos fijos en el cielo, cuando, de repente, dos Angeles vestidos de blanco se presentaron ante ellos y les dijeron: "Varones de Galilea, ¿porqué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que os ha dejado para elevarse al cielo vendrá un día de la misma manera que le habéis visto subir". Del mismo modo que el Salvador ha subido, debe el Juez descender un día: todo el futuro de la Iglesia está comprendido en estos dos términos. Nosotros vivimos ahora bajo el régimen del Salvador; pues nos ha dicho que "el hijo del hombre no ha venido para juzgar al, mundo, sino para que el mundo sea por El salvado". Y con este fin misericordioso los discípulos acaban de recibir la misión de ir por toda la tierra y de convidar a los hombres a la salvación, mientras tienen tiempo.
¡Qué inmensa es la tarea que Jesús les ha confiado, y en el momento en que van a dar comienzo a ella Jesús les abandona! Les es preciso descender solos del monte de los Olivos de donde ha partido El para el cielo, Su corazón, sin embargo, no está triste; tienen con ellos a María, y la generosidad de esta madre incomparable se comunica a sus almas. Aman a su Maestro; su dicha en adelante consistirá en pensar que ha entrado en su descanso.
Los discípulos entraron de nuevo en Jerusalén "llenos de una viva alegría", nos dice S. Luca, expresando por esta sola palabra uno de los caracteres de esta ñesta de la Ascensión, impregnada de una tan dulce melancolía, pero que respira al mismo tiempo más que cualquier otra alegría y el triunfo. Durante su Octava, intentaremos penetrar los misterios y presentarla en toda su magnificencia; hoy nos limitaremos a decir que esta solemnidad es el cumplimiento de todos los misterios del Redentor y que ha consagrado para siempre el jueves de todas las semanas, día tan augusto por la institución de la santa Eucaristía.
RITOS ANTIGUOS. — Hemos hablado de la procesión solemne por la cual se celebraba, en la edad media, la partida de Jesús y de sus discípulos al monte de los Olivos; debemos recordar también que en este día se bendecía solemnemente el pan y los frutos nuevos, en memoria de la última comida que el Salvador tomó en el Cenáculo. Imitemos la piedad de estos tiempos en que los cristianos tenían a pecho el recoger los menores rasgos de la vida del Hombre-Dios y de apropiárselos, por decirlo así, reproduciendo en su modo de vivir todas las circunstancias que el santo Evangelio les revelaba. Jesucristo era verdaderamente amado y adorado en esos tiempos en que los hombres se acordaban sin cesar que es el soberano Señor. Actualmente, es el hombre quien reina con sus peligros y riesgos. Jesucristo es rechazado en lo íntimo de la vida privada. Y por tanto, tiene derecho a ser nuestra preocupación de todos los días y de todas las horas.
Los Angeles dijeron a los Apóstoles: "Del mismo modo que le habéis visto subir, así bajará un día." ¡Ojalá le hubiésemos amado y servido durante su ausencia con suficiente diligencia, para que pudiésemos soportar sus miradas cuando aparezca!
Dom. Prósper Guéranger, O.S.B.

6 de mayo de 2016

EL LLANTO DE LA MADRE

San Juan Pablo II en la consagración del Santuario de la Virgen de las Lágrimas de Siracusa:
Las lágrimas de la Virgen pertenecen al orden de los signos; testimonian la presencia de la Madre Iglesia en el mundo. Una madre llora cuando ve a sus hijos amenazados por algún mal, espiritual o físico. María llora participando en el llanto de Cristo por Jerusalén, junto al sepulcro de Lázaro y, por último, en el camino de la cruz.
Hoy, aquí en Siracusa, puedo dedicar el santuario de la Virgen de las Lágrimas. Aquí estoy finalmente, por segunda vez, pero ahora vengo como Obispo de Roma, como Sucesor de Pedro, y realizo con alegría este servicio a vuestra comunidad, a la que saludo con afecto.
Santuario de la Virgen de las Lágrimas, has nacido para recordar a la Iglesia el llanto de la Madre.
Recuerda también el llanto de Pedro, a quien Cristo confió las llaves del reino de los cielos para el bien de todos los fieles. Que esas llaves sirvan para atar y desatar, para redimir toda miseria humana.
Vengan aquí, entre estas paredes acogedoras, cuantos están oprimidos por la conciencia del pecado y experimenten aquí la riqueza de la misericordia de Dios y de su perdón. Los guíen hasta aquí las lágrimas de la Madre.
Son lágrimas de dolor por cuantos rechazan el amor de Dios, por las familias separadas o que tienen dificultades, por la juventud amenazada por la civilización de consumo y a menudo desorientada, por la violencia que provoca aún tanto derramamiento de sangre, y por las incomprensiones y los odios que abren abismos profundos entre los hombres y los pueblos.
Son lágrimas de oración: oración de la Madre que da fuerza a toda oración y se eleva suplicante también por cuantos no rezan, porque están distraídos por un sin fin de otros intereses, o porque están cerrados obstinadamente a la llamada de Dios.
Son lágrimas de esperanza, que ablandan la dureza de los corazones y los abren al encuentro con Cristo redentor, fuente de luz y paz para las personas, las familias y toda la sociedad.
Virgen de las Lágrimas, mira con bondad materna el dolor del mundo. Enjuga las lágrimas de los que sufren, de los abandonados, de los desesperados y de las víctimas de toda violencia.
Alcánzanos a todos lágrimas de arrepentimiento y vida nueva, que abran los corazones al don regenerador del amor de Dios. Alcánzanos a todos lágrimas de alegría, después de haber visto la profunda ternura de tu corazón.
¡Alabado sea Jesucristo!
6 de noviembre de 1994
ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE LAS LÁGRIMAS
Conmovido con el prodigio del derramamiento de tus lágrimas,
Oh! misericordiosísima Virgen de Siracusa
vengo hoy a postrarme a tus pies,
y animado con una sencilla confianza
por tantas gracias como has ido concediendo,
vengo a ti, Oh! Madre de clemencia y de piedad,
para abrirte mi corazón,
para arrojar en tu dulce corazón de Madre todas mis penas,
para unir mis lágrimas a las tuyas:
las lágrimas del dolor por mis pecados y
las lágrimas de los dolores que me afligen.
Míralas, Oh! Madre querida,
con rostro benigno y con ojos de misericordia,
y por el amor que tienes a Jesús
dígnate consolarme y escucharme.
Por tus santas e inocentes lágrimas
dígnate impetrarme de tu divino Hijo
el perdón de mis pecados,
una fe viva y ardiente,
y la gracia que ahora, te pido…
(Pedir la gracia)
Oh! Madre mía, y esperanza mía,
en tu Corazón inmaculado y dolorido
pongo toda mi confianza.
Corazón Inmaculado y dolorido de María,
ten compasión de mi.
Rezar la Salve.
Amén