2 de abril de 2015

JUEVES SANTO

LA PREPARACIÓN DE LA PASCUA. — Este día es el primero de los ácimos. A la puesta del sol los judíos tienen que comer la Pascua en Jerusalén.
Jesús aun está en Betania, pero entrará en la ciudad antes de comenzar la cena pascual; así lo manda la Ley; y Jesús quiere observarla escrupulosamente hasta que la abrogue con la efusión de su sangre. Por lo cual envía a Jerusalén a dos de sus discípulos para que preparen el convite legal, sin darles a conocer de qué modo  concluirá. Nosotros que conocemos ya este misterio cuya institución se remonta a esta última cena, comprendemos bien por qué escogió Jesús con preferencia, en esta ocasión, a Pedro y Juan < para que cumpliesen sus intenciones '. Pedro que fué el primero en confesar la divinidad de Cristo, representa la fe; y Juan que inclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, representa el amor.
¡El misterio que se va a promulgar en la cena de; esta tarde, se revela el amor por la fe; tal es la enseñanza que nos da Jesucristo al escoger a estos dos apóstoles; pero éstos no podían penetrar las intenciones del corazón de su divino Maestro.
EL CENÁCULO. — Jesús que sabía todo, les indica el medio de conocer la casa a la cual va a  honrar hoy con su presencia. No tendrán más | que seguir a un hombre, que lleva un cántaro de agua sobre la cabeza. La casa en que entra este hombre la habita un judío opulento que reconoce la misión celeste de Jesús. Los dos discípulos propusieron a esta persona las intenciones de su Maestro; y al momento les mostró una gran sala bien aderezada. En efecto, convenía que no fuese un lugar cualquiera el que había de servir para la celebración del más augusto misterio. Esta sala, en la cual había de suceder la realidad a las figuras era muy superior al templo de Jerusalén. En su recinto había de levantarse el primer altar. Allí se ofrecería "la oblación pura", que había sido anunciada por el Profeta'.
En este mismo lugar comenzará el sacerdocio cristiano unas horas más tarde. Allí, en fin, cincuenta días más tarde la Iglesia de Cristo, reunida y visitada por el Espíritu Santo, había de anunciarse al mundo y promulgar la nueva y universal alianza de Dios con los hombres. Este santuario de nuestra fe no ha sido borrado de la tierra; su asiento se encuentra para siempre señalado en el monte Sión.
Jesús ha vuelto a Jerusalén con sus discípulos. Todo lo ha encontrado preparado. El Cordero Pascual, después de haberle presentado en el templo, ha sido conducido al cenáculo; se le prepara para la cena legal; los panes ácimos con las hierbas amargas son presentadas a los comensales. Pronto, alrededor de una misma mesa, de pie, con la cintura ceñida, el bastón en la mano, el Maestro y sus discípulos cumplirán por última vez el solemne rito, que les había prescrito Dios a la salida de Egipto.
MISA DEL JUEVES SANTO
LA CENA. — Proponiéndose hoy la Santa Iglesia renovar con una solemnidad especial, la acción el Salvador en la última Cena, según el precepto dado a los Apóstoles: "Haced esto en memoria mía", vamos a tomar el relato evangélico que hemos interrumpido en el momento en que Jesús entraba en la sala del festín pascual.
LA PASCUA JUDÍA. — Ha llegado de Betania; todos los Apóstoles están presentes, aun el mismo Judas, que guarda su secreto. Jesús toma asiento en la mesa sobre la que está el cordero preparado; los discípulos se sientan con El; se observan fielmente los ritos que el Señor prescribió a Moisés siguiese su pueblo. Al principio de la cena, Jesús toma la palabra y dice a sus Apóstoles: "Ardientemente he deseado comer con vosotros esta Pascua antes de mi pasión." Hablaba de este modo, no porque esta Pascua llevase ventaja a las de los años anteriores, sino porque tendría ocasión de instituir la Pascua nueva que amorosamente había preparado a los hombres; pues habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, dice San Juan, los amó hasta el fin".
Durante la comida, Jesús, para quien no había nada oculto en los corazones, profirió estas palabras que dejaron mudos de estupor a los discípulos: "En verdad os digo que uno de vosotros me traicionará; sí, uno de los que meten, en este momento, la mano en el plato conmigo es mi traidor." ¡Qué amargura encierra esta queja!
¡Cuánta misericordia para el culpable, que conocía la bondad de su Maestro! Jesús le abría la puerta del perdón, pero él no se aprovecha de ella. ¡Tanta era la pasión que le había dominado que él quería satisfacer con su infame venta! Se atreve a decir como los demás: ¿Soy yo, Señor? Jesús le responde en voz baja, para no comprometerle ante sus hermanos: "Sí, tú eres; tú lo has dicho." Judas no se rinde; se queda tranquilo y espera la hora de la traición. Los convidados, según el uso oriental, se colocaban de dos en dos sobre unos lechos de madera, preparados, por la munificencia del discípulo que presta su casa al Salvador, para esta última Cena. Juan, el discípulo amado, está al lado de Jesús, de suerte que puede en su tierna familiaridad, apoyar su cabeza sobre el pecho de su Maestro. Pedro, sentado en el lecho vecino, junto al Señor, que se halla así, entre los dos discípulos que había enviado por la mañana para preparar todas las cosas y que representan, el uno la fe y el otro el amor. La cena fue triste. Los discípulos estaban inquietos por la confidencia que les había hecho Jesús; se comprende que el alma de Juan tuviese necesidad de desahogarse con el Salvador, por las tiernas demostraciones de su amor.
Los Apóstoles no esperaban que una nueva comida sucedería a la primera. Jesús había guardado secreto; pero, teniendo que sufrir, debía cumplir su promesa. Había dicho en la Sinagoga de Cafarnaún: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno comiere de este pan vivirá eternamente.
El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él" '. Había llegado el momento, en que el Salvador iba a realizar esta maravilla de su caridad para con nosotros. Esperaba la hora de su inmolación para cumplir su promesa. Mas he aquí que su pasión ha comenzado. Ya ha sido vendido a sus enemigos; su vida en adelante estará en sus manos; puede ofrecerse en sacrificio y distribuir a sus discípulos la propia carne y la propia sangre de la víctima.
LAVATORIO DE LOS PIES.— La cena acababa, cuando Jesús levantándose, ante la extrañeza de los Apóstoles, se despoja de sus vestidos exteriores, toma una toalla, se la ciñe como un siervo, echa agua en el lebrillo y da a entender que se propone lavar los pies a los convidados.
El uso oriental era que se lavasen los pies antes de tomar parte en el festín; pero el más alto grado de hospitalidad era, cuando el señor de la casa cumplía él mismo este cuidado con sus huéspedes. Jesús, es quien invita en este momento a sus Apóstoles a la divina cena y se digna hacer con ellos como el huésped más diligente; pero como sus acciones encierran siempre un fondo inagotable de enseñanzas, quiere, por lo mismo, darnos un aviso sobre la pureza que se requiere en los que han de sentarse a la mesa: "El que está limpio ya, dice, no necesita lavarse los pies" '; como si dijera: tal es la santidad de esta mesa, que para aproximarse a ella no sólo es necesario que el alma esté limpia de sus más graves manchas; sino que debe tratar de borrar las más leves, que por el contacto con el mundo hemos podido contraer y que son como ligero polvo que se pega a los pies. Explicaremos más adelante otros misterios significados en el lavatorio de los pies. Jesús se dirige primeramente hacia Pedro, futuro jefe de su Iglesia. El Apóstol rehúsa tal humillación de su Maestro; Jesús insiste y Pedro se ve obligado a ceder. Los otros Apóstoles que, como Pedro, habían quedado sobre los lechos, ven sucesivamente a su Maestro acercarse a ellos para lavarles los pies.
No exceptúa al mismo Judas. Había recibido un segundo y misericordioso llamamiento, algunos momentos antes, cuando Jesús hablando a todos dijo: "Vosotros estáis limpios, pero no todos." Este reproche había sido insensible. Jesús, cuando acabó de lavar los pies de los doce se recostó en el lecho, junto a la mesa, al lado de  Juan. A Pedro le ha herido la insistencia de su Maestro. Quiere conocer al traidor, que deshonra el colegio apostólico; mas no atreviéndose a preguntar a Jesús, a cuya derecha está recostado, hace unas señas a Juan que está a la izquierda del Salvador para procurar obtener una aclaración.
Juan se recuesta sobre el pecho de Jesús y le dice en voz baja: "Maestro, ¿quién es"? Jesús le responde: "Aquel a quien yo dé un bocado de pan mojado." Jesús toma un poco de pan y habiéndolo mojado se lo ofreció a Judas. Era una nueva invitación, pero inútil a esta alma impasible a toda acción de la gracia; el evangelista añade: "Después que recibió el bocado entró en él Satanás." Jesús aún le dice dos palabras: "Lo que vas a hacer hazlo pronto." Y el desdichado sale de la sala para ejecutar su crimen.
INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA. — Entonces, tomando del pan ácimo que había sobrado de la Cena, levanta los ojos al cielo, bendice el pan y lo distribuye a sus discípulos diciéndoles: "Tomad y comed, este es mi cuerpo." Los Apóstoles reciben este pan, hecho cuerpo de su Maestro; se alimentan de él; y Jesús no está sólo con ellos a la mesa, sino que está en ellos.
Como este divino misterio, no es sólo el más augusto de los Sacramentos, sino que es un Sacrificio verdadero, que requiere la fusión de sangre, Jesús toma la copa, y transformando el vino en su propia sangre, le da a sus discípulos y dice: "Bebed todos de él; es la Sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por vosotros."
Los Apóstoles participan uno tras otro de esta divina bebida.
INSTITUCIÓN DEL SACERDOCIO. — Estas son las circunstancias de la Cena del Señor, cuyo aniversario nos reúne hoy; pero no las habríamos relatado todas lo bastante, si no añadiésemos un hecho esencial. Lo que pasa hoy en el Cenáculo, no es un suceso acaecido una vez en la vida al hijo de Dios, y los Apóstoles no son los solos convidados privilegiados a la mesa del Señor. En el Cenáculo, así como ha habido más de una comida, así también ha habido algo más que un Sacrificio, por divina que haya sido la víctima ofrecida por el Soberano Pontífice. Ha habido la institución de un nuevo Sacerdocio. ¿Cómo habría dicho Jesús a los hombres: "Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros", si no se hubiese propuesto establecer en la tierra un ministerio por el cual se renovase, hasta el fin de los tiempos, lo que acaba de hacer en presencia de sus discípulos?
Mas dice a los hombres que ha escogido: "Haced esto en memoria mía." Les da por estas palabras el poder de cambiar también ellos el pan  en su cuerpo y el vino en su sangre; y este poder se transmitirá en la Iglesia por la ordenación, hasta el fin de los siglos. Jesús continuará obrando por el ministerio de hombres pecadores la maravilla que ha hecho en el Cenáculo; Y, al mismo tiempo, que dota a su Iglesia del único Sacrificio, nos da a nosotros, según su promesa, por el pan del cielo, el medio de "vivir en El y El en nosotros". Vamos, pues, a celebrar hoy otro aniversario no menos maravilloso que el primero: La institución del Sacerdocio Cristiano.
LA MISA DEL JUEVES SANTO. — Para expresar de manera sensible a los ojos de los fieles, la majestad y unidad de esta Cena que el Salvador dió a sus discípulos y a todos nosotros en su persona, la Iglesia prohibe hoy a los sacerdotes, la celebración de toda misa privada, fuera del caso de necesidad. Quiere que sólo se ofrezca un sacrificio, al que asisten todos los sacerdotes; a la comunión se acercan al altar, revestidos de estola, insignia de su sacerdocio, para recibir el Cuerpo del Señor de manos del celebrante.
La misa del Jueves Santo es una de las más solemnes del año; y aunque la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento tiene por objeto honrar con el mayor esplendor este misterio, la Iglesia, al instituirlo, no ha querido que el aniversario de la Cena del Señor pierda ninguno de los honores que se le deben. El color de las vestiduras es el blanco como en los días de Navidad y de Pascua; todo duelo ha desaparecido. Muchos ritos anuncian que la Iglesia teme por su Esposo, pero suspende por un momento los dolores que la oprimen. En el altar el sacerdote ha entonado el himno angélico: "Gloria a Dios en las alturas". Las campanas lanzadas a vuelo, acompañan el canto hasta el fin; pero a partir de este momento permanecerán mudas y durante  las largas horas de su silencio, darán a la ciudad un tono de soledad y de abandono. La Iglesia quiere hacernos sentir, que este mundo, testigo de los padecimientos y muerte de su Creador, ha dejado toda melodía y se ha quedado triste y desierto. Y añadiendo a esta impresión general, un recuerdo más preciso, nos trae a la memoria que los Apóstoles pregoneros de Cristo figurados por las campanas cuyo sonido llama a los fieles a la casa de Dios, han huido y han dejado a su Maestro en manos de sus enemigos.
Después del canto del Evangelio, suspéndese en cierta manera la Misa, para dar lugar a la ceremonia del Mandato o lavatorio de los pies, que, antiguamente se verificaba después de mediodía, y que el Decreto del 16 de noviembre de 1955 prescribe se haga ahora en este sitio de la Misa, al menos allí donde es posible.
LOS MONUMENTOS. — Aun cuando la Iglesia suspende por algunas horas la celebración del Sacrificio eterno, no quiere con eso que su divino Esposo pierda ninguno de los honores que le son debidos en el Sacramento del Amor. La piedad católica ha hallado medio para transformar en un triunfo para la Eucaristía los instantes, en los que la Hostia Santa parece como inaccesible a nuestra indignidad. Prepara un monumento en cada templo. Allí traslada el cuerpo del Señor; y aunque esté cubierto de velos los fieles le asediarán con sus aspiraciones y adoraciones. Vendrán a honrar el reposo del Hombre-Dios; "donde estuviere el cuerpo allí se congregarán las águilas"'. De todas las partes del mundo se elevarán a Jesús un concierto de vivas y afectuosas oraciones, en compensación de los ultrajes que recibió en estas mismas horas de parte de los judíos. Allí se reunirán las almas fervientes, donde ya mora Jesús, y los pecadores arrepentidos por la gracia y en vías de reconciliación.
Dom Prósper Gueranger

1 de abril de 2015

MIÉRCOLES SANTO

LA ÚLTIMA REUNIÓN DEL SANEDRÍN. Hoy se reúnen los príncipes de los sacerdotes y los ancianos en una sala del templo para deliberar por última vez sobre los medios para prender a Jesús.
Se han discutido diversos planes. ¿Será prudente prenderle en estos días de Pascua, en los cuales toda la ciudad está llena de extranjeros que sólo conocen a Jesús por la ovación de que fue objeto tres días antes? ¿No hay incluso entre los habitantes de Jerusalén muchos que han aplaudido este triunfo? ¿No sería de temer su ciego entusiasmo por Jesús? No, no se puede pensar, por el momento, en esas medidas violentas; podría levantarse una sedición durante la celebración de la Pascua. Sus promotores fácilmente se habrían comprometido ante Poncio Pilato y habrían tenido que temer la furia del pueblo. Es preferible dejar pasar la fiesta y buscar otro medio de apoderarse sin ruido de la persona de Jesús.
Pero estos criminales se hacían ilusión al querer retardar por su propia voluntad la muerte del justo. Ellos aplazaban el asesinato; pero los planes divinos, que desde la eternidad prepararon un sacrificio para la salvación del género humano, fijaron este sacrificio precisamente para esta fiesta de Pascua, que anunciará mañana la trompeta a toda la ciudad. Durante mucho tiempo se ha ofrecido el cordero misterioso en figura del verdadero: va a comenzar ya la Pascua que verá desaparecer las sombras ante la realidad. La sangre del Redentor, derramada por la mano de los ciegos pontífices se va a mezclar con la de las víctimas, que ya no se digna aceptar el Señor. El sacerdocio judaico no tardará en darse a sí mismo el golpe de gracia, inmolando al que ha de abrogar con su sangre la antigua alianza y sellar para siempre otra nueva.
LA TRAICIÓN. — Pero ¿cómo tomarán posesión los enemigos del Salvador de la víctima que tanto anhelan con deseos sanguinarios, sin alboroto y sin ruido? No han tenido en cuenta la traición.
Uno de los discípulos de Jesús pide ser conducido a su presencia; tiene algo que proponerles; "¿Qué me dais, les dice, y yo os lo entregaré?"
¡Qué alegría para aquellos desdichados! Son doctores de la ley, y no se acuerdan del salmo CVIII, en el cual David había predicho con todo detalle esta venta abominable; ni tampoco del oráculo de Jeremías, que llega incluso a valorar el precio del rescate del Justo en treinta dineros de plata. Esta misma suma pide Judas a los enemigos de Jesús; éstos se la conceden al momento.
Todo está concertado. Mañana irá Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua. Al caer del sol  se retirará, como de costumbre a un huerto que se halla en la ladera del monte del Olivar. Pero, en la oscuridad de la noche, ¿cómo lo van a conocer los encargados de prenderle? Judas lo ha previsto todo. Los soldados podrán detener con toda confianza a quien él diere un beso.
Tal es la horrible iniquidad, que se lleva a cabo entre los muros del templo de Jerusalén.
Para manifestar su execración y para dar una satisfacción al Hijo de Dios, tan indignamente ultrajado por este pacto monstruoso, ya desde los primeros siglos la Iglesia ha consagrado el miércoles a la penitencia. Aun hoy día comienza la Cuaresma por miércoles, y cuando la Iglesia, en cada una de las estaciones, quiere que dediquemos cuatro días al ayuno y a la mortificación de nuestro cuerpo, uno de esos días es el miércoles.
MISA
La Iglesia comienza en el Introito por la glorificación del santo Nombre de Jesús, ultrajado hoy por los hombres, que lo pronuncian con tanto odio en la trama que preparan contra aquel a quien le fue impuesto para nuestra salvación.
Este Nombre bendito significa Salvador:
Estos son los días en los que este nombre sagrado recibe su pleno significado.
INTROITO
En el nombre de Jesús dóblese toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos: porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz: por eso el Señor, Jesucristo, está en la gloria de Dios Padre. — Salmo: Señor, escucha mi oración: y llegue a ti mi clamor. — En el nombre...
En la primera Colecta, la Iglesia confiesa que sus hijos han pecado; pero presenta a Dios la Pasión, que ha sufrido su Hijo único por ellos, y confía en El.
ORACIÓN
Doblemos las rodillas. Levantaos. — Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, los que somos afligidos sin cesar por nuestros excesos, seamos libertados por la Pasión de tu unigénito Hijo. El cual vive y reina contigo...
LECTURA
Lección del Profeta Isaías (LXII, 11; LXIII, 1-7).
Esto dice el Señor Dios: Decid a la hija de Sión: He aquí que viene tu Salvador, y trae consigo su galardón.
¿Quién es ese que viene de Edón y Bosra, con los vestidos teñidos? ¿Ese hermoso en su vestido, que marcha con gran fortaleza? Soy yo, el que hablo justicia, y lucho para salvaros. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como las de los que pisan el lagar?
Yo solo he pisado el lagar, y de los pueblos no hubo nadie conmigo: pisélos con mi furor, y los hollé con mi ira: y su sangre salpicó mis vestiduras, y manché todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y ha llegado el año de mi redención. Miré en torno, y no hubo un auxiliador: busqué, y no encontré quien me ayudara; y mi brazo me salvó, y me auxilió mi indignación. Y hollé a los pueblos con mi furor, y los embriagué de mi ira, y eché por tierra su fortaleza. Me acordaré de las misericordias del Señor, y le tributaré alabanza por todo lo que nos ha dado el Señor, nuestro Dios.
LA VICTORIA DEL MESÍAS. — "¡Qué terrible es este libertador, que aplasta a sus enemigos bajo la planta de sus pies, como los racimos en el lagar, hasta el punto de teñirse los vestidos con su sangre! ¿Pero no es hoy el día de exaltar la fuerza de su brazo, hoy que ha sido colmado de humillaciones, que sus enemigos, le han comprado a uno de sus discípulos por el más ignominioso de los tratos? No permanecerá siempre humillado; pronto se levantará, y la tierra conocerá cuál es su poder, ante los castigos de que colmará a los que se atrevieren a pisotearle. Jerusalén se dispone a lapidar a los que van a predicar su nombre; ella sería la más cruel de las madrastras para estos verdaderos israelitas, que, dóciles a las enseñanzas de los Profetas, han reconocido en Jesús todos los signos manifestativos del Mesías. La Sinagoga intentará ahogar a la Iglesia naciente; pero apenas la Iglesia se haya vuelto hacia los gentiles, después de haber sacudido el polvo de sus pies contra Jerusalén, que le ha traicionado y crucificado, la venganza de Cristo caerá sobre esta ciudad. Con todo eso la ruina de Jerusalén no es más que la figura de la otra ruina a la que está destinado el mundo culpable, cuando el divino vengador, al cual vemos contradecir y despreciar todos los días, aparezca sobre las nubes para restablecer su honor ultrajado. Por ahora permite que le entreguen, le escupan y le maltraten; pero cuando haya llegado el tiempo de rescatar a los suyos, el día de la venganza reclamado por los deseos del justo", bienaventurados los que le hayan conocido, los que hayan compartido con El sus humillaciones y dolores. ¡Desdichados los que no hayan visto en El más que un simple mortal! ¡Desgraciados aquellos que no contentos con sacudir de sus propios hombros el suave yugo de Cristo, han impedido que se extendiese su reino entre los demás! Porque Cristo es Rey; ha venido a este mundo para reinar y los que no hayan querido soportar su clemencia no podrán huir de su justicia.
El Gradual que sigue a esta lectura de Isaías es un grito de angustia que lanza el Mesías por boca de David.
GRADUAL
No apartes tu cara de tu siervo, porque estoy atribulado: óyeme velozmente. V/. Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta mi alma: estoy hundido en profundo cieno, y no tengo donde asentar el pie.
En la segunda Colecta la Iglesia recuerda una vez más a Dios Padre el suplicio que su Hijo único quiso soportar para librarnos de la cautividad del enemigo y pide también que nosotros tengamos parte en su gloriosa resurrección.
COLECTA
Oh Dios, que quisiste que tu Hijo sufriese por nosotros el patíbulo de la cruz, para expulsar de nosotros el poder del enemigo: concédenos, a nosotros tus siervos, el que consigamos la gracia de la resurrección. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
EPÍSTOLA
Lección del Profeta Isaías (LIII, 1-12).
En aquellos días dijo Isaías: Señor, ¿quién ha creído en nuestro anuncio? ¿Y a quién ha sido revelado el brazo del Señor? Y subía como un renuevo delante de él, y como una raíz de la tierra sedienta: no tenía belleza, ni decoro: y le vimos, y no tenía aspecto, para que le deseáramos. (Le vimos) despreciado, y el último de los hombres, hecho varón de dolores, y sabedor de quebranto: y su rostro como escondido, y despreciado, por eso no le estimamos. Tomó verdaderamente sobre sí nuestras dolencias, y llevó El mismo nuestros dolores: y nosotros le consideramos como un leproso, y un castigado de Dios, y un humillado. Porque El fue herido por nuestras iniquidades, fue triturado por nuestros pecados: el castigo, que nos ganó la paz, cayó sobre El; con sus llagas fuimos nosotros curados.
Todos nosotros éramos como ovejas errantes, marchando cada cual por su vereda: y el Señor cargó sobre El solo la iniquidad de todos nosotros. Se ofreció, porque quiso; y no abrió su boca: fue llevado a la muerte como una oveja, y calló como un cordero ante el esquilador, y no abrió su boca. Fue quitado de la angustia y del juicio: ¿quién contará su generación?
Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes: le herí por el crimen de mi pueblo. Y fue su sepultura con los impíos, y con los ricos su muerte: porque nunca hizo El maldad, y no hubo dolo en su boca. Y el Señor quiso triturarle con el sufrimiento. Si pusiere su vida en expiación del pecado, verá larga descendencia, y la voluntad del Señor estará siempre en su mano. Verá y se saciará del trabajo de su alma: con su ciencia justificará mi justo siervo a muchos, y El mismo llevará sus iniquidades. Por eso, yo le daré parte con los grandes, y repartirá despojos con los fuertes, porque entregó su alma a la muerte, y fue contado entre los malhechores: y El mismo llevó los pecados de muchos, y rogó por los transgresores.
LOS PADECIMIENTOS DEL MESÍAS. — Una vez más oímos la voz de Isaías en esta profecía; pero esta vez no es el profeta sublime que cantaba poco ha las venganzas del Emmanuel. Cuenta los padecimientos del Hombre-Dios, "del último de los hombres, del varón de dolores, del entregado al sufrimiento". Por este pasaje con razón se puede llamar con los Santos Padres, al más elocuente de los Profetas, el quinto Evangelista.
¿No resume por anticipado el relato de la Pasión, cuando nos muestra al Hijo de Dios "semejante a un leproso, a un hombre herido por Dios y humillado a sus golpes"? Pero nosotros, a quienes la Iglesia lee estas páginas inspiradas, y que' vemos juntamente el Antiguo y el Nuevo Testamento para darnos todas las señales de la Víctima universal, ¿cómo reconoceremos el amor que nos muestra Jesús cuando toma sobre sí todos los castigos que merecíamos nosotros?
"Por sus heridas hemos sido curados nosotros."
¡Oh médico divino, que toma sobre sí las heridas de los que quiere curar! Pero sólo "ha sido herido por nosotros sino que también ha  sido degollado como cordero en el matadero". Pero por ventura no ha hecho más que someterse a la inflexible justicia del Padre, "que ha cargado sobre El todas nuestras iniquidades".
Oíd al Profeta: "Si ha sido inmolado, ha sido porque El lo ha querido." Su amor para con nosotros es igual a la sumisión del Padre. Fijaos cómo calla ante Pilatos que con una sola palabra podía arrebatarle de las manos de sus enemigos.
"Está en silencio, sin abrir su boca como el cordero ante el esquilador."
Adoremos este silencio al cual debemos nuestra salvación; recojamos todos los detalles de una entrega que nunca haría un hombre por otro y que no pudo ejecutarla más que el corazón de un Dios. ¡Cómo nos ama a nosotros, que somos su estirpe, los hijos de su sangre, el galardón de su sacrificio! Iglesia Santa, descendiente de Cristo en la cruz, tú le eres querida; te ha comprado a gran precio y por eso se complace en ti. Almas fieles, devolvedle amor por amor; almas pecadoras, sedle fieles, sacad la vida de su sangre y acordaos que, si "todos nosotros hemos estado perdidos como ovejas sin pastor", el Señor "ha tomado sobre sí todas nuestras iniquidades". No hay pecador ni pagano, ni infiel tan culpable, que no tenga parte en esta sangre preciosa, cuya virtud infinita sería suficiente para redimir a miles de millones de mundos más pecadores que el nuestro.
El Tracto que sigue a esta lección está compuesto de algunos versículos del salmo CI: En ellos se nos muestran los padecimientos de la naturaleza humana en Cristo, en medio de sus abatimientos.
TRACTO
Señor, escucha mi oración, y llegue a ti mi clamor. V/. No apartes tu cara de mí: en cualquier día, que sea atribulado, inclina hacia mí tu oído. J. En cualquier día que te invocare, óyeme velozmente. V/. Porque mis días se han disipado como el humo: y mis huesos están quemados como un tizón. V/. He sido herido como el heno, y mi corazón se ha secado: porque me he olvidado de comer mi pan. V/. Pero, cuando te levantes tú, Señor, tendrás piedad de Sión: porque habrá llegado el tiempo de compadecerse de ella.
A continuación se lee la Pasión según San Lucas. Este Evangelista nos proporciona muchos detalles, que habían suprimidos los dos primeros Evangelistas; con su auxilio podemos penetrar más y más en el misterio de los padecimientos del sacrificio del Hombre-Dios.
En el Ofertorio se oye otra vez la voz de Cristo, que implora la ayuda de Dios y pide a su Padre que no aparte su mirada de su propio Hijo, que es víctima de toda clase de dolores, tanto del cuerpo como del alma.
OFERTORIO
Señor, escucha mi oración, y llegue a ti mi clamor: no apartes tu cara de mí.
En la Secreta pide la Iglesia que tengamos un amor sincero al misterio divino en el cual se renueva cada día la Pasión del Salvador.
SECRETA
Acepta, Señor, el don ofrecido, y dígnate hacer que consigamos con piadosos afectos lo que celebramos con el misterio de la Pasión de tu Hijo, nuestro Señor. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
Para la antífona de la Comunión la Iglesia toma otra vez algunos versículos del mismo salmo CI, que ha empleado en el tracto y en el ofertorio.
COMUNIÓN
Mi bebida mezclo con lloro: porque, elevándome, me has estrellado: y me he secado como el heno: mas tú, Señor, permaneces para siempre: levantándote tú, tendrás piedad de Sión, porque ha llegado el tiempo de tener piedad de ella.
La muerte del Hijo de Dios debe ser para nosotros un motivo para que confiemos cada día más en la misericordia de Dios. Esta confianza es el primer eslabón de nuestra salvación.
Esta es la confianza, que pide la Iglesia para nosotros en la Poscomunión.
POSCOMUNIÓN
Concede a nuestros sentidos, oh Dios omnipotente, el que, mediante la muerte temporal de tu Hijo, representada en estos venerandos Misterios, confiemos que nos has dado la vida eterna. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
ORACIÓN
Humillad vuestras cabezas a Dios.
Suplicámoste, Señor, mires a esta tu familia, por la que nuestro Señor Jesucristo no dudó en ser entregado en manos de los verdugos y en sufrir el tormento de la cruz. El, que vive y reina contigo.
Dom Prósper Gueranger O.S.B.

31 de marzo de 2015

MARTES SANTO

MARTES SANTO
LA HIGUERA MALDITA. — Este día vuelve de nuevo Jesús a Jerusalén muy de mañana. Quiere dirigirse al templo y confirmar allí sus últimas enseñanzas.
Claramente prevé que el desenlace de su misión va a comenzar. El mismo acaba de decir a sus discípulos: "Dentro de dos días se celebrará la Pascua y el Hijo del hombre será entregado para ser crucificado"1. Los discípulos que marchan en compañía de su maestro por el camino de Betania a Jerusalén quedan estupefactos al contemplar la higuera que Jesús había maldito el día anterior. Se había secado como un leño cortado, desde las raíces hasta las hojas.
Pedro se acerca a Jesús y le dice: "Maestro, mira la higuera que maldijiste; se ha secado." Jesús aprovecha la ocasión para enseñarnos que la materia está sometida al espíritu cuando éste se mantiene unido a Dios por la fe y dice: "Tened fe en Dios: en verdad os digo que cualquiera que dijere a este monte: levántate y arrójate al mar y no dudare en su corazón, mas creyere que se hará todo cuanto dijere, todo le será hecho. Por tanto os digo que todas las cosas que pidiereis en vuestra oración creed que las recibiréis; y se os darán" 2.
1 Mt. XXVI, 2.
2 Mc. X. 20-24.
JESÚS EN EL TEMPLO. — Continuando el camino, pronto se entra en la ciudad, y a penas ha llegado Jesús al templo, se le acercan los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos y le preguntan: "¿Con qué poder haces estas cosas, quién te ha dado tal poder?"'. Se puede ver en el Santo Evangelio la respuesta de Jesús, así como las diversas enseñanzas que dió con ocasión de este encuentro. No hacemos más que indicar, de un modo general, el uso que hizo de las últimas horas de su vida mortal nuestro divino Redentor; la meditación del Evangelio suplirá lo que no decimos.
Como los días precedentes, sale de la ciudad por la tarde, y atravesando el monte de los Olivos, se retira a Betania, con su Madre y sus amigos.
La Iglesia lee hoy, en la Misa, el relato de la Pasión según San Marcos. En orden cronológico el Evangelio de San Marcos fue escrito después del de San Mateo: Por esta razón se da el segundo lugar a la Pasión según San Marcos. Es más corta que la de San Mateo y parece un resumen de la misma; pero se encuentran en ella ciertos detalles que son propios de este Evangelista y nos muestran las notas de un testigo ocular. Todos sabemos, en efecto, que San Marcos fue discípulo de San Pedro y que escribió su Evangelio bajo la dirección del Príncipe de los Apóstoles
1. Mc. XI , 27, 28,
En Roma se celebra la Estación en la Iglesia de Santa Prisca.
MISA
Dentro de tres días se alzará la cruz sobre el monte, sosteniendo en sus brazos al autor de nuestra salvación. En el introito de hoy, la Iglesia nos manda saludar por anticipado al trofeo de nuestra victoria y gloriarnos en él.
INTROITO
Mas a nosotros nos conviene gloriarnos de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo: en quien están nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección: por el cual hemos sido salvados y libertados.
— Salmo: Compadézcase Dios de nosotros, y bendíganos: brille sobre nosotros su rostro, y tenga piedad de nosotros. —
Mas a nosotros...
En la colecta, la Iglesia pide que el santo aniversario de la Pasión del Salvador sea para nosotros fuente de misericordia, y que no se termine sin que nosotros seamos plenamente reconciliados con la divina justicia.
COLECTA
Omnipotente y sempiterno Dios: haz que celebremos los Misterios de la Pasión del Señor de tal modo, que merezcamos alcanzar nuestro perdón. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.
EPISTOLA
Lección del Profeta Jeremías (XI, 18-20).
En aquellos días dijo Jeremías: Señor, tú me lo demostraste y yo lo conocí: entonces me hiciste ver sus obras. Y yo fui como un cordero manso, que llevan a degollar: y no conocí que maquinaban contra mí designios, diciendo: Destruyamos el árbol con su fruto, y arranquémosle de la tierra de los vivientes, y su nombre no se recuerde ya más. Pero tú, Señor de los Ejércitos, que juzgas justamente, y escrutas los riñones y los corazones, harás que yo vea tu venganza en ellos: porque a ti, Señor, Dios mío, he revelado mi causa.
LA INMOLACIÓN DEL MESÍAS. — Una vez más deja oír su voz el profeta Jeremías. Hoy nos presenta las propias palabras de sus enemigos que han conspirado para darle muerte. Todo es misterioso; se siente que el profeta es aquí figura de uno mayor que él. "Pongamos, dicen, astillas en su pan", es decir: Arrojemos un leño venenoso en su alimento para causarle la muerte.
Tal es el sentido literal cuando no se refiere más que al profeta; pero, ¡cuánto mejor se cumplen estas palabras en nuestro Redentor! La carne divina, nos dice, es el pan verdadero bajado del cielo; este Pan, este cuerpo del Hombre-Dios está destrozado, ensangrentado; los judíos le clavan sobre un madero de modo que está traspasado de dolor al mismo tiempo que este madero está completamente bañado en su sangre. Sobre este madero se inmola el Cordero de Dios; y por este sacrificio participamos del Pan celestial, que es al mismo tiempo la carne del Cordero y nuestra verdadera Pascua.
El gradual, tomado del salmo XXXIV, nos muestra el contraste de la vida humilde del Salvador con los aires amenazadores y arrogantes de sus enemigos.
GRADUAL
Pero yo, cuando ellos me molestaban, me vestía de cilicio, y humillaba mi alma con el ayuno: y mi oración se revolvía en mi seno. V/. Juzga, Señor, a los que me dañan, vence a los que me combaten, empuña las armas, y el escudo, y levántate en mi ayuda.
La Pasión según San Marcos se canta después del Gradual con los mismos ritos que se observaron en la de San Mateo.
En el Ofertorio, el Mesías pide a su Padre socorro contra las asechanzas de sus enemigos que se disponen a hacerle morir.
OFERTORIO
Guárdame, Señor, de la mano del pecador: y líbrame de los hombres inicuos.
En la Secreta, la Iglesia presenta a la divina Majestad el tributo de nuestros ayunos con la hostia santa de la cual toman su mérito y eficacia.
SECRETA
Suplicámoste, Señor, hagas que estos sacrificios, santificados con saludables ayunos, nos restauren eficazmente. Por el Señor.
Las palabras del salmista, que la Iglesia toma para la Antífona de la Comunión nos muestran la audacia siempre creciente de los enemigos del Salvador y las disposiciones de su alma en los días que precedieron a su sacrificio.
COMUNIÓN
Hablan contra mí los que se sientan en la puerta: y cantan coplas contra mí los que beben vino: pero yo, Señor, dirijo a ti mi oración en el tiempo de tu voluntad, fiado, oh Dios, en la muchedumbre de tus misericordias.
En la Poscomunión la Iglesia pide, por los méritos del Sacrificio que acaba de renovar, el perdón completo de todos nuestros males, cuyo remedio es la sangre del Cordero divino.
POSCOMUNIÓN
Haz, oh Dios omnipotente, que con tus santos Misterios se curen nuestros vicios, y alcancemos los remedios sempiternos. Por el Señor.
Humillad vuestras cabezas delante de Dios.
ORACIÓN
Haz, Señor, que tu misericordia nos purifique de todo rastro de vejez, y nos haga capaces de la santa novedad. Por el Señor.
Dom Prosper Gueranger O.S.B.

25 de marzo de 2015

EL SÍ DEL HIJO Y EL SÍ DE LA MADRE

Celebramos en este día el Sí del Hijo de Dios y el Sí de la Madre de Dios.
Ambos acogen con veneración la voluntad amorosa del Padre eterno y responden con un Sí que destapa el divino frasco de perfume que contiene las fragancias del amor hasta el extremo, de la entrega de sí mismo,de la piedad filial y de la obediencia libre y perfecta.
Con el Sí del Hijo y de la Madre se inicia la Obra redentora del género humano;la nueva creación, más maravillosa e imponente todavía que la primera; la Nueva y Eterna Alianza de Dios con los hombres, creados a su imagen y semejanza, redimidos por la Sangre Preciosa del Hijo a quien la Madre se asocia lena y perfectamente con sus Dolores y con su transfixión al pie de la Cruz.
La íntima unión de voluntades entre el Hijo y la Madre hace posible el milagro de la Encarnación del Verbo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, que al asumir la naturaleza humana de la carne de María y por la Unción del Espíritu Santo es ungido y consagrado como Sumo y eterno Sacerdote, Único Mediador entre Dios y los hombres, Pontífice entre el cielo y la tierra,Redentor del género humano, Rey de Reyes y Señor de los que gobiernan.
Al tiempo que la Virgen Madre, cubierta por la sombra del Espíritu Santo, es ungida y consagrada como Madre de Dios, Esposa del Espíritu Santo, Templo y morada de la Trinidad Santísima, Mediadora y Dispensadora universal de todas las gracias, Corredentora del género humano, Madre de todos los hombres y Reina de los cielos y de la tierra.
La Obra redentora comienza con el Sí del Hijo: "Aquí estoy , oh Dios, para hacer tu voluntad". Y con el Sí de la Madre: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".
Se trata de un Sí incondicional que entraña un abandono completo y confiado en las manos del Padre. No es un abandono a ciegas, ni inconsciente, ni tampoco temeroso. Se trata de un abandono filial, amoroso, repleto de confianza, igual que el niño se entrega en los bazos de su madre.
Un Sí responsable y consciente, sabedores de que el camino no estará exento de sufrimientos y profundas amarguras.
Un Sí dado en la intimidad y en el silencio del propio corazón, pero que terminará resonando en la tierra entera, como testimonio público de amor sin medida cuando desde lo alto del Calvario y en la cátedra de la cruz haya que pronunciar el "Consummatum est".
Se trata de un Sí que va a desencadenar una batalla terrible entre el Bien y el Mal. Un Sí que va a movilizar a todas las fuerzas infernales hasta la consumación de los siglos contra el Ungido de Dios, contra la Madre y contra los redimidos.
Pero al fin y al cabo, el Sí de ambos es el Sí de la victoria suprema.
Victoria de la Vida sobre la muerte; victoria del amor sobre el odio; victoria de la gracia sobre el pecado; victoria de la justicia sobre la opresión.
El Sí de la victoria suprema de la Verdad sobre la mentira. La victoria del cielo sobre el infierno.
Una victoria que ya es tal, pero que se irá evidenciando a través de mil batallas a lo largo de los siglos, con la sola arma de la fe.
El Sí del Hijo y de la Madre es el Sí de la humildad que aplastará la soberbia, el Sí de la Paz que ahogará el odio y la violencia, el Sí de la vida que vencerá a la muerte, el Sí del Bien que derrotará el Mal.
En el Sí del Hijo y de la Madre está el Sí del Padre a la humanidad, que conlleva su perdón y su gracia, la potencia infinita de su amor y de su misericordia.
Manuel María de Jesús F.F.

21 de marzo de 2015

SÁBADO MARIANO

¡Santísima y muy afligida Madre, Virgen de los Dolores y Reina de los Mártires! Estuviste de pie, inmóvil, bajo la Cruz, mientras moría tu Hijo.
Por la espada de dolor que te traspasó entonces, por el incesante sufrimiento de tu vida dolorosa y el gozo con que ahora eres recompensada de tus pruebas y aflicción, mírame con ternura Madre, ten compasión de mí que vengo a tu presencia para venerar tus dolores. Deposito mi petición con infantil confianza en el santuario de tu Corazón herido.
Te suplico que presentes a Jesucristo, en unión con los méritos infinitos de su Pasión y Muerte, lo que sufriste junto a la Cruz, y por vuestros méritos me sea concedida esta petición (Mencione el favor que desea).
¿A quién acudiré yo en mis necesidades y sufrimientos sino a ti, Madre de misericordia? Tan hondo bebiste del cáliz de tu Hijo que puedes compadecerte de los sufrimientos de quienes están todavía en este valle de lágrimas.
Ofrece a nuestro divino Salvador lo que Él sufrió en la Cruz para que su recuerdo le mueva a compadecerse de mí, pecador. Refugio de pecadores y esperanza de la humanidad, acepta mi petición y escúchala favorablemente, si es conforme a la voluntad de Dios.
Señor Jesucristo, te ofrezco los méritos de María, Madre tuya y nuestra, que ganó bajo la Cruz. Por su amable intercesión pueda yo obtener los deliciosos frutos de tu Pasión y Muerte.

19 de marzo de 2015

EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRO SANTO PATRÓN

La Solemnidad del Santo Patrón de la Fraternidad, San José, siempre estará asociada en la mente y en el corazón de cuantos  conocieron y trataron a la Madre María Elvira.
Se cumple hoy el 9º aniversario del fallecimiento de la Madre María Elvira de la Santa Cruz, Cofundadora de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina y de las Hermanas Misioneras de la Fraternidad.
Esa asociación entre la Solemnidad de San José y la Madre María Elvira está muy por encima de una coincidencia de fechas, si bien estoy plenamente convencido de que su partida de este mundo, coincidente con la fiesta de nuestro Santo Padre y Guardián San José, fue providentemente escogida por Dios nuestro Señor como una gracia para ella y también para cuantos compartíamos con ella el don del mismo carisma vocacional y apostólico en el seno de la Santa Iglesia.
Las decisiones de la Divina Providencia, que en ocasiones llegan a traspasar y romper de dolor nuestro pobre corazón humano, meditadas y guardadas día a día en lo más íntimo de nuestra alma al calor de la fe y de la esperanza terminan por ser plenamente aceptadas y estimadas como un don, fruto de la Sabiduría infinita de Dios, pero también como fruto de su amor y de su misericordia sin límites. Porque el mismo que hiere es quien venda la herida de los corazones y los acaba sanando. Y porque el Señor, en su Providencia amorosa, es el único que sabe y puede sacar de los males bienes incontables.
Humanamente la pérdida de la Madre María Elvira puede ser justamente considerada como una pérdida irreparable. Cada persona es única en su personalidad y en aquellas cualidades y gracias que ha recibido de Dios, y se convierte en un don para los otros cuando comparte su vida y su corazón con ellos.
Sin embargo, esa pérdida irreparable a nivel humano Dios la puede transformar en una gracia inmensa. Una gracia que ilumina, que fortalece, que acompaña a cuantos abren su corazón y aceptan superar ese drama apoyados en la fe, en la esperanza y en el amor de Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos.
No puedo menos, por deber y por un agradecimiento sin medida a Dios y a la Madre María Elvira, dejar de cantar y de contar las maravillas del Señor, siempre bajo mi limitada y pobre perspectiva, aunque consciente de que lo que percibimos de las obras del Señor en lo íntimo de sus hijos más fieles y que corresponden a su gracia es siempre tan sólo la punta del iceberg.
Soy testigo privilegiado del alto grado hasta el que nuestra Hermana se entregó con el fin de corresponder al don y a la vocación que recibió del Señor para vivir como Esposa y Madre.
Esposa de Cristo, cuya aspiración más alta consistía para ella en participar de la Cruz del Esposo uniendo a la oblación de su vida a la oblación que el Sumo y Eterno Sacerdote hizo de Sí mismo desde su Encarnación hasta la consumación de su entrega en el Calvario- Consummatum est-.
La oblación comprendida y plenamente aceptada como la prueba y manifestación del amor más grande hacia el Esposo y hacia el género humano - Pro eis ego sanctifico meipsum-.
Es el culmen, el broche de oro, la coronación de la sublime vocación recibida del Amado.
Esposa de Cristo para ser al mismo tiempo Madre por la fecundidad espiritual de la acción del Espíritu, Señor y dador de vida. Un maternidad espiritual que se alimenta y se ejerce en el seno de la Iglesia Madre.
Esta maternidad fecunda, la Madre María Elvira la fue aprendiendo y desarrollando en una intimidad maravillosa de la mano de Aquella que es Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre de todos los hombres.
La Madre María Elvira fue alumna aventajada en la Escuela de María, como lo fueron las santas vírgenes cristianas. Como lo fue nuestra Santa Protectora Teresa del Niño Jesús. De tal forma que María Elvira aprendió velozmente que su vocación también consistía en ser el amor en el seno de su Madre la Iglesia. Sólo así podía corresponder a sus esponsales con Cristo y ejercitar su maternidad espiritual.
Ser el amor en el seno de la Madre Iglesia se concretizó para ella en una entrega sin reservas a Cristo vivo y victimado en la Eucaristía y a María Corredentora del género humano. Siempre con la santa pretensión de colaborar con la gracia para conformarse y asemejarse más y más al Esposo y a la Madre de misericordia.Y como fruto de ese amor, la entrega sin reservas a cuantos el Señor fue poniendo en el camino de su vida.
En su corazón maternal ocupaban un lugar especialísimo los niños, los ancianos y los más pobres. Un lugar muy particular reservaba en su corazón para los sacerdotes de Jesucristo.
Nunca he encontrado a nadie que superase a la Madre María Elvira respecto de la veneración hacia los sacerdotes. Su oración más inflamada y acompañada del ofrecimiento de sus mayores sacrificios eran especialmente reservados por ella para los ministros de Jesucristo.
En la Escuela de María aprendió a volar y voló bien alto.
Comprendió que no se es madre si no se engendra  no se transmite y no se comparte la propia  vida.
En la Escuela de María aprendió las lecciones divinas del Esposo y de la Madre: hay que morir para vivir; hay que entregar la propia vida para que otros tengan vida y la tengan en abundancia.
De esta forma quiso ofrecer su vida y aceptar con infinita paz su muerte. Como un acto de amor, como un ejercicio divino de amor maternal.
Su amor esponsal a Cristo y su amor maternal vivido hasta la consumación en el seno de la Iglesia han quedado sellados para toda la eternidad.
El vacío inmenso que ha dejado humanamente se compensa con la certeza personal de que su amor acrisolado y transfigurado es una llama viva que intercede constantemente ante Cristo Sacerdote por todos nosotros.
Ese vacío inmenso se va llenando con la esperanza de participar un día con ella y con todos los que mueren en el Señor de las alegrías de la Jerusalén celestial.
Quiera Dios y la Virgen Santísima que muchas jóvenes se decidan a seguir sus pasos, vivir su espiritualidad y ser continuadoras de su obra en el seno de la Iglesia.
Manuel María de Jesús F.F.

GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ

ORACIÓN
Oh glorioso Patriarca, San José, a Vos vengo para veneraros de corazón como al más fiel esposo de la Madre de Dios, como cabeza de la familia más santa, como padre nutricio del Hijo de Dios, y como el leal depositario de los tesoros de la Santísima Trinidad.
En vuestra persona honro la elección del Padre que quiso compartir con Vos la autoridad sobre su Unigénito Hijo; venero la elección del Hijo divino quien quería obedeceros y recibir su sustento ganado por el trabajo de vuestras manos; la elección del Espíritu Santo, quien os confió su castísima esposa.
Os ensalzo porque habéis llevado en vuestras manos al Niño Dios, estrechándole a vuestro pecho, transportado de alegría. Amén

PATRONO DE LA IGLESIA DE NUESTRO TIEMPO

28. En tiempos difíciles para la Iglesia, Pío IX, queriendo ponerla bajo la especial protección del santo patriarca José, lo declaró «Patrono de la Iglesia Católica». El Pontífice sabía que no se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de la excelsa dignidad concedida por Dios a este su siervo fiel, «la Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias».
¿Cuáles son los motivos para tal confianza? León XIII los expone así: «Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial Patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús (...). José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia (...). Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo».
29. Este patrocinio debe ser invocado y todavía es necesario a la Iglesia no sólo como defensa contra los peligros que surgen, sino también y sobre todo como aliento en su renovado empeño de evangelización en el mundo y de reevangelización en aquellos «países y naciones, en los que —como he escrito en la Exhortación Apostólica Post-Sinodal Christifideles laici— la religión y la vida cristiana fueron florecientes y» que «están ahora sometidos a dura prueba». Para llevar el primer anuncio de Cristo y para volver a llevarlo allí donde está descuidado u olvidado, la Iglesia tiene necesidad de un especial «poder desde lo alto» (cf. Lc 24, 49; Act 1, 8), don ciertamente del Espíritu del Señor, no desligado de la intercesión y del ejemplo de sus Santos.
30. Además de la certeza en su segura protección, la Iglesia confía también en el ejemplo insigne de José; un ejemplo que supera los estados de vida particulares y se propone a toda la Comunidad cristiana, cualesquiera que sean las condiciones y las funciones de cada fiel.
Como se dice en la Constitución Dogmática del Concilio Vaticano II sobre la divina Revelación, la actitud fundamental de toda la Iglesia debe ser de «religiosa escucha de la Palabra de Dios», esto es, de disponibilidad absoluta para servir fielmente a la voluntad salvífica de Dios revelada en Jesús. Ya al inicio de la redención humana encontramos el modelo de obediencia —después del de María— precisamente en José, el cual se distingue por la fiel ejecución de los mandatos de Dios.
Pablo VI invitaba a invocar este patrocinio «como la Iglesia, en estos últimos tiempos suele hacer; ante todo, para sí, en una espontánea reflexión teológica sobre la relación de la acción divina con la acción humana, en la gran economía de la redención, en la que la primera, la divina, es completamente suficiente, pero la segunda, la humana, la nuestra, aunque no puede nada (cf. Jn 15, 5), nunca está dispensada de una humilde, pero condicional y ennoblecedora colaboración. Además, la Iglesia lo invoca como protector con un profundo y actualísimo deseo de hacer florecer su terrena existencia con genuinas virtudes evangélicas, como resplandecen en san José».
31. La Iglesia transforma estas exigencias en oración. Y recordando que Dios ha confiado los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, le pide que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación, que le dé un corazón puro, como san José, que se entregó por entero a servir al Verbo Encarnado, y que «por el ejemplo y la intercesión de san José, servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados en justicia y santidad».
Hace ya cien años el Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel «amor paterno» que José «profesaba al niño Jesús»; a él, «próvido custodio de la Sagrada Familia» recomendaba la «heredad que Jesucristo conquistó con su sangre». Desde entonces, la Iglesia —como he recordado al comienzo— implora la protección de san José en virtud de «aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María», y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana.
Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las mismas palabras de León XIII: «Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios... Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas...; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad». Aún hoy existen suficientes motivos para encomendar a todos los hombres a san José.
32. Deseo vivamente que el presente recuerdo de la figura de san José renueve también en nosotros la intensidad de la oración que hace un siglo mi Predecesor recomendó dirigirle. Esta plegaria y la misma figura de José adquieren una renovada actualidad para la Iglesia de nuestro tiempo, en relación con el nuevo Milenio cristiano.
El Concilio Vaticano II ha sensibilizado de nuevo a todos hacia «las grandes cosas de Dios», hacia la «economía de la salvación» de la que José fue ministro particular. Encomendándonos, por tanto, a la protección de aquel a quien Dios mismo «confió la custodia de sus tesoros más preciosos y más grandes» aprendamos al mismo tiempo de él a servir a la «economía de la salvación». Que san José sea para todos un maestro singular en el servir a la misión salvífica de Cristo, tarea que en la Iglesia compete a todos y a cada uno: a los esposos y a los padres, a quienes viven del trabajo de sus manos o de cualquier otro trabajo, a las personas llamadas a la vida contemplativa, así como a las llamadas al apostolado.
El varón justo, que llevaba consigo todo el patrimonio de la Antigua Alianza, ha sido también introducido en el «comienzo» de la nueva y eterna Alianza en Jesucristo. Que él nos indique el camino de esta Alianza salvífica, ya a las puertas del próximo Milenio, durante el cual debe perdurar y desarrollarse ulteriormente la «plenitud de los tiempos», que es propia del misterio inefable de la encarnación del Verbo.
Que san José obtenga para la Iglesia y para el mundo, así como para cada uno de nosotros, la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Redemptoris Custos. San Juan Pablo II

16 de marzo de 2015

EL SANTO PADRE ANUNCIA AÑO SANTO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

«También este año, la víspera del cuarto domingo de Cuaresma, nos hemos reunido para celebrar la liturgia penitencial. Estamos unidos a muchos cristianos que hoy, en todas las partes del mundo, han acogido la invitación de vivir este momento como signo de la bondad del Señor. El sacramento de la Reconciliación, en efecto, permite acercarnos con confianza al Padre para tener la certeza de su perdón. Él es verdaderamente «rico en misericordia» y la extiende en abundancia sobre quienes recurren a Él con corazón sincero.
Estar aquí para experimentar su amor, en cualquier caso, es ante todo fruto de su gracia. Como nos ha recordado el apóstol Pablo, Dios nunca deja de mostrar la riqueza de su misericordia a lo largo de los siglos. La transformación del corazón que nos lleva a confesar nuestros pecados es «don de Dios». Nosotros solos no podemos. Poder confesar nuestros pecados es un don de Dios, es un regalo, es «obra suya» (cf. Ef 2, 8-10). Ser tocados con ternura por su mano y plasmados por su gracia nos permite, por lo tanto, acercarnos al sacerdote sin temor por nuestras culpas, pero con la certeza de ser acogidos por él en nombre de Dios y comprendidos a pesar de nuestras miserias; e incluso sin tener un abogado defensor: tenemos sólo uno, que dio su vida por nuestros pecados. Es Él quien, con el Padre, nos defiende siempre. Al salir del confesionario, percibiremos su fuerza que nos vuelve a dar vida y restituye el entusiasmo de la fe. Después de la confesión renacemos.
El Evangelio que hemos escuchado (cf. Lc 7, 36-50) nos abre un camino de esperanza y de consuelo. Es bueno percibir sobre nosotros la mirada compasiva de Jesús, así como la percibió la mujer pecadora en la casa del fariseo. En este pasaje vuelven con insistencia dos palabras: amor y juicio.
Está el amor de la mujer pecadora que se humilla ante el Señor; pero antes aún está el amor misericordioso de Jesús por ella, que la impulsa a acercarse. Su llanto de arrepentimiento y de alegría lava los pies del Maestro, y sus cabellos los secan con gratitud; los besos son expresión de su afecto puro; y el ungüento perfumado que derrama abundantemente atestigua cuán precioso es Él ante sus ojos. Cada gesto de esta mujer habla de amor y expresa su deseo de tener una certeza indestructible en su vida: la de haber sido perdonada. ¡Esta es una certeza bellísima! Y Jesús le da esta certeza: acogiéndola le demuestra el amor de Dios por ella, precisamente por ella, una pecadora pública. El amor y el perdón son simultáneos: Dios le perdona mucho, le perdona todo, porque «ha amado mucho» (Lc 7, 47); y ella adora a Jesús porque percibe que en Él hay misericordia y no condena. Siente que Jesús la comprende con amor, a ella, que es una pecadora. Gracias a Jesús, sus muchos pecados Dios los carga sobre sí, ya no los recuerda (cf. Is 43, 25). Porque también esto es verdad: cuando Dios perdona, olvida. ¡Es grande el perdón de Dios! Para ella ahora comienza un nuevo período; renació en el amor a una vida nueva.
Esta mujer encontró verdaderamente al Señor. En el silencio, le abrió su corazón; en el dolor, le mostró el arrepentimiento por sus pecados; con su llanto, hizo un llamamiento a la bondad divina para recibir el perdón. Para ella no tendrá lugar ningún juicio si no es el que viene de Dios, y es el juicio de la misericordia. El protagonista de este encuentro es ciertamente el amor, la misericordia que va más allá de la justicia.
Simón, el dueño de casa, el fariseo, al contrario, no logra encontrar el camino del amor. Todo está calculado, todo pensado... Él permanece inmóvil en el umbral de la formalidad. Es algo feo el amor formal, no se entiende. No es capaz de dar el paso sucesivo para ir al encuentro de Jesús que le trae la salvación. Simón se limitó a invitar a Jesús a comer, pero no lo acogió verdaderamente. En sus pensamientos invoca sólo la justicia y obrando así se equivoca. Su juicio acerca de la mujer lo aleja de la verdad y no le permite ni siquiera comprender quién es su huésped. Se detuvo en la superficie –en la formalidad–, no fue capaz de mirar al corazón. Ante la parábola de Jesús y la pregunta sobre cuál servidor amó más, el fariseo respondió correctamente: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y Jesús no deja de hacerle notar: «Has juzgado rectamente» (Lc 7, 43). Sólo cuando el juicio de Simón se dirige al amor, entonces él está en lo correcto.
La llamada de Jesús nos impulsa a cada uno de nosotros a no detenerse jamás en la superficie de las cosas, sobre todo cuando estamos ante una persona. Estamos llamados a mirar más allá, a centrarnos en el corazón para ver de cuánta generosidad es capaz cada uno. Nadie puede ser excluido de la misericordia de Dios; todos conocen el camino para acceder a ella y la Iglesia es la casa que acoge a todos y no rechaza a nadie. Sus puertas permanecen abiertas de par en par, para que quienes son tocados por la gracia puedan encontrar la certeza del perdón. Cuanto más grande es el pecado, mayor debe ser el amor que la Iglesia expresa hacia quienes se convierten. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Con cuánto amor cura nuestro corazón pecador! Jamás se asusta de nuestros pecados. Pensemos en el hijo pródigo que, cuando decidió volver al padre, pensaba en hacer un discurso, pero el padre no lo dejó hablar, lo abrazó (cf. Lc 15, 17-24). Así es Jesús con nosotros. «Padre, tengo muchos pecados...». –«Pero Él estará contento si tu vas: ¡te abrazará con mucho amor! No tengas miedo».
Queridos hermanos y hermanas, he pensado con frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la Palabra del Señor: «Sed misericordiosos como el Padre» (cf. Lc 6, 36). Esto especialmente para los confesores: ¡mucha misericordia!
Este Año santo iniciará en la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción y se concluirá el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y rostro vivo de la misericordia del Padre. Encomiendo la organización de este Jubileo al Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, para que pueda animarlo como una nueva etapa del camino de la Iglesia en su misión de llevar a cada persona el Evangelio de la misericordia.
Estoy convencido de que toda la Iglesia, que tiene una gran necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podrá encontrar en este Jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo. No olvidemos que Dios perdona todo, y Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón. Encomendemos desde ahora este Año a la Madre de la misericordia, para que dirija su mirada sobre nosotros y vele sobre nuestro camino: nuestro camino penitencial, nuestro camino con el corazón abierto, durante un año, para recibir la indulgencia de Dios, para recibir la misericordia de Dios.