4 de julio de 2016

BEATO PIER GIORGIO FRASSATI

Vida de Pier Giorgio Frassati
“Jesús viene a mi cada día en la comunión y yo intento corresponder a su visita, humildemente, visitando a los pobres.”
Pier Giorgio Frassati nace en Turín el Domingo de Resurrección de 1901, hijo de Adelaida Ametis y de Alfredo Frassati, director del conocido periódico La Stampa. Es educado en un ambiente familiar severo y liberal, junto con su hermana menor, Luciana. Reciben la Primera Comunión en 1910. En 1913 asiste al colegio de los jesuitas, donde inicia la comunión diaria. Desde pequeño destaca por su amor a los pobres y su preocupación por ayudar a los que lo necesitan.
Pese a su buena posición social y económica nunca fue un "hijo de papá", renunciaba a todos sus privilegios y llevaba una vida austera, dedicando lo que ahorraba a los pobres que visitaba; a veces incluso pedía prestado para poder socorrer a los que lo necesitaban.
Los padres no se llevaban bien, pero guardaban las formas exteriormente. Los niños sufrían estas divisiones y distancias. Pese a la confianza con su hermana menor, Pier Giorgio fue siempre un incomprendido en su familia, donde nadie intuía siquiera su profundidad espiritual, su heroísmo y sus sacrificios por los demás y por su propia familia. En numerosas ocasiones Pier Giorgio sacrificó sus gustos personales o incluso su vocación por no crear más tensiones o disgustos a sus padres. Renunció a su gran amor, una chica de su grupo de amigos, porque sabía que sus padres nunca consentirían ese matrimonio y que llevarles la contraria podía acelerar su separación. Asimismo, al finalizar su carrera de ingeniero, aunque quería ser misionero, se plegó a la voluntad de su padre, que le impuso un trabajo en La Stampa.
Su intensa vida espiritual, basada en la oración, la comunión diaria, la adoración nocturna y las obras de caridad, le llevó a plantearse su vocación sacerdotal. Sabía que contaba con la oposición de su madre, que se burlaba de los gestos de piedad de su hijo. En su estancia en Alemania, los contactos con los católicos de aquel país, especialmente con el sacerdote Karl Sonnenschein, el "San Francisco de Berlín", le afianzan en el convencimiento de que su vocación es la de laico: Yo lo que quiero es ayudar a la gente y eso lo puedo hacer mejor como laico que como sacerdote; porque en mi país los curas no están tan en contacto con el pueblo como en Alemania. Como ingeniero de minas puedo, dando buen ejemplo, actuar de un modo más eficaz.
Desde 1919 se incorporó a la Acción Católica, participando en congresos y numerosas actividades. La situación política de Italia en esos años le preocupó hondamente; se opuso claramente a la guerra y al fascismo desde sus convicciones cristianas, participando en manifestaciones públicas y siendo detenido varias veces.
Fue un gran deportista, amaba profundamente la montaña y sabía hacer partícipes a sus amigos de este amor por la naturaleza, que de modo espontáneo le llevaba a la alabanza del Creador. Sus excursiones eran a la vez actividades apostólicas, en las que se preocupaba por los más débiles o menos brillantes y donde destacaba siempre por su alegría.
Era estudiante de Ingeniería. Él quería estudiar para servir: deseaba entrar pronto en el mundo del trabajo para hacer su parte, para realizar aquel mundo mejor que soñaba. Esperaba contribuir a la promoción de los humildes y los pobres, especialmente con su trabajo entre los mineros, uno de los sectores más postergados y castigados de la sociedad. La profesión era un modo concreto y eficaz de trabajar por la transformación del mundo, por la vigencia de la justicia y la solidaridad.
Su capacidad de sacrificio y renuncia se manifestó especialmente en su enfermedad. Contrajo la poliomielitis a la cabecera de un enfermo y mantuvo en secreto su estado para no molestar a su familia, preocupada por la penosa agonía de la abuela. Cuando la abuela murió el 1 de julio de 1925 era ya demasiado tarde para ayudar a Pier Giorgio, que moría tres días más tarde. Su entierro fue la primera revelación para su familia de la grandeza de Pier Giorgio, ante la gran avalancha de personas desconocidas y humildes que se congregaron para rendirle homenaje. Fue casi el inicio de su proceso de canonización.

23 de junio de 2016

12 PASOS DEL OBISPO SCHNEIDER PARA SOBREVIVIR COMO FAMILIA CATÓLICA EN UN DESIERTO HERÉTICO

Mientras la batalla para el alma misma de la familia y de todos sus miembros se intensifica en todo el mundo con el empuje hacia la anarquía sexual enmascarada como “educación”, la demolición de lo que es verdaderamente masculino y femenino en nombre de los “derechos de género” y la destrucción del matrimonio enmascarada como “igualdad”, un pastor que ha sufrido bajo el terror de un régimen comunista ha expuesto un plan de supervivencia para los padres católicos que viven en un ambiente laicista, relativista y hostil y que simplemente quieren educar a sus hijos para que se conviertan en futuros ciudadanos del cielo.
El obispo Athanasius Schneider de Kazajistán, en una entrevista exclusiva dada a LifeSiteNews a principios de este mes [marzo], ha dicho que los padres católicos deben tomarse en serio su “primer deber” de educar a sus hijos en la fe para conseguir superar las influencias negativas e incluso hostiles y destructivas que aprietan por todos lados.
En una entrevista de gran alcance sobre su experiencia de niño católico crecido bajo el comunismo, sus pensamientos sobre lo que significa ser una familia católica hoy, la enseñanza, las malas parroquias y las diócesis dirigidas por sacerdotes y obispos progresistas, además de sus opiniones sobre los fieles laicos deben afrontar las preocupaciones sobre el Papa Francisco, el obispo ha indicado doce pasos que los padres católicos deben adoptar para salvaguardar a sus propias familias y a sus propios hijos.
Mons. Schneider ha dicho que para sobrevivir en un desierto herético, los padres católicos deben:
1. Ver las persecuciones como una gracia de Dios para ser purificados y reforzados, no simplemente como algo negativo.
2. Arraigarse en la fe católica a través del estudio del Catecismo.
3. Proteger la integridad de su propia familia por encima de todas las cosas.
4. Catequizar a sus propios hijos como primer deber.
5. Rezar cada día con sus propios hijos las letanías y el Rosario.
6. Transformar la casa en una iglesia doméstica.
7. En ausencia de un sacerdote y de la Misa Dominical, hacer la comunión espiritual.
8. Sacar a su propia familia de una parroquia que difunde errores y frecuentar una parroquia fiel, aunque se deba ir lejos.
9. Sacar a sus hijos de la escuela si encuentran peligros de inmoralidad en la educación sexual.
10. Si no es posible sacar a sus hijos, crear una coalición de padres que luchen por este derecho.
11. Luchar por los derechos de los padres utilizando los instrumentos democráticos a disposición.
12. Estar preparados para la persecución en la tarea de proteger a sus hijos (véase el primer punto).
El obispo ha dicho que ser una “familia” católica en el verdadero sentido de la palabra es la clave para la supervivencia. (...)
Entrevista al Obispo Athanasius Schneider en LifeSiteNews
LifeSiteNews: Las familias católicas están experimentando hoy un tipo de persecución. ¿Cómo hizo su familia para afrontar las persecuciones a pesar de vivir bajo un régimen comunista?
Obispo Athanasius Schneider: Diría que he tenido el privilegio de vivir en un tiempo de persecución de la fe y de la Iglesia, porque las persecuciones dan fundamento a toda la vida. Se trata de una gracia. Y por tanto, de algún modo, no querría caracterizar el tiempo de la persecución siempre negativamente. Dios se sirve de estas circunstancias de persecución en diversos grados para nuestro [bien], para purificar nuestra fe, para reforzarla. Es así que querría ver la persecución contra la familia proveniente de la sociedad moderna también como una posibilidad de purificación y de fortalecimiento.
Por mi experiencia en el tiempo de la persecución, fue de importancia fundamental la familia, la integridad de la familia, y el hecho de que ambos padres estén profundamente arraigados en la fe. Esto es más tarde transmitido a los hijos. Querría decir que los hijos deben recibir la fe como la leche de la madre. Y la primera tarea de los padres es la de transmitir a los hijos, de manera simple, la pureza, la belleza, la integridad de la fe católica.
Ante todo pienso que es importante que la madre o el padre impartan la primera catequesis a los hijos en la familia, en casa; no en la escuela o en la parroquia, sino en la familia. Esto no excluye naturalmente que se dé también ulteriormente -de otro modo- la catequesis en la parroquia. Pero en primer lugar en la familia. Y luego los padres deben rezar cada día en familia con sus hijos. Esta ha sido mi experiencia. Hemos rezado todos los días juntos. Por la mañana y por la noche, no mucho, pero al menos hemos rezado juntos.
LifeSiteNews: ¿Cuántos años tenía cuando sucedían estos hechos?
Obispo Athanasius Schneider: Alrededor de 12 años. El recuerdo es muy vivo. Por ejemplo, el Domingo, cuando no había sacerdotes -a veces pasaron años en los que no había sacerdotes, porque los sacerdotes estaban en la cárcel- venían a vernos en un gran secreto. Recuerdo estas visitas secretas de los sacerdotes. Era una gran fiesta. Pero teníamos que ser muy cautos porque estaba todo controlado por los servicios secretos. Por tanto, nuestros padres nos decían: “Calla, no rías, no llores, no grites”.
Cuando venía el sacerdote había un clima de gran reverencia. Ante todo estaba a disposición de las personas para la confesión, de todos, a veces incluso toda la noche. Y qué reverencia cuando había Santa Misa… Verdaderamente inolvidable. Recuerdo estos momentos.
Hemos visto en una sociedad en la que el ateísmo, bajo un régimen comunista, era difundido en la vida pública, en las escuelas. Pero gracias al hecho de que en la familia hemos estado arraigados en la oración y en la fe, eso no nos ha infectado. En la escuela, por ejemplo, teníamos una lección con el título “El ateísmo científico”. Nuestros padres, cuando éramos niños, nos decían: “Algunas palabras se oyen por una oreja y deben salir por la otra. No prestéis atención”. Y así, hemos obedecido a nuestros padres. A veces hemos tenido que tener cuidado de no ser provocadores sino prudentes.
Creo que esta sea hoy la principal tarea para las familias: establecer una cultura de iglesias domésticas.
El otro aspecto que mis padres me han enseñado es que los niños de fuera de nuestra casa, la gente, sabía que somos cristianos. [Mis padres habrían dicho] “Lo saben. Y por tanto, cuando estéis solos debéis comportaros mejor que los que no creen”. Debemos educar así hoy a nuestros hijos y jóvenes.
LifeSiteNews: ¿Cómo hizo su familia para afrontar el hecho de no poder participar en la Misa Dominical?
Obispo Athanasius Schneider: El Domingo nos reuníamos en una habitación, nos arrodillábamos -los padres y nosotros cuatro, los hijos- rezábamos oraciones simples como el Rosario, las letanías, y hacíamos la Comunión espiritual. Y estoy seguro de que el Señor ha visitado nuestras almas con las gracias de la Santa Comunión.
LifeSiteNews: Usted ha citado el papel de los padres en la educación de los hijos. Este es un tema importante para los padres en Occidente a causa del asalto de la educación sexual en las escuelas, que se impone a los niños, estén o no de acuerdo los padres. ¿Cómo deberían responder los padres?
Obispo Athanasius Schneider: Naturalmente [la educación] es el primer deber de los padres. Cuando la escuela imparte a sus hijos enseñanzas inmorales, deben sacarlos. Es su deber.
No se puede exponer a los hijos al peligro de la inmoralidad. Es imposible. Los padres católicos, al defender a sus propios hijos de esta inmoralidad, deben estar preparados a sufrir, sí, a soportar las consecuencias.
LifeSiteNews: ¿Qué deberían hacer los padres en los países donde es ilegal sacar a los hijos de la escuela?
Obispo Athanasius Schneider: Es una cuestión muy delicada, pero en este caso los padres católicos deben formar una especie de liga, una asociación -a nivel nacional- de manera que sean fuertes. [Deben] tener abogados y defenderse con cualquier medio democrático que esté a su disposición. Creo que es importante establecer una coalición de padres en este aspecto específico de la educación sexual para [garantizar] el derecho de sacar a sus hijos.
LifeSiteNews: ¿Qué deberían hacer los padres católicos cuando en una parroquia encuentran un sacerdote, o incluso un obispo, con un programa que difunde una enseñanza en contraste con la fe?
Obispo Athanasius Schneider: Los padres deben conocer muy bien su fe católica. Deben estudiar muy bien el Catecismo, porque el Catecismo es inmutable -es decir, en él encuentran la verdad. [Deben] estudiar el catecismo de sus padres y abuelos, que es muy simple y claro. Es la voz de Cristo y de la Iglesia de todos los tiempos. Deben estar arraigados con gran firmeza en la fe católica. Cuando los pastores o los miembros de la jerarquía contradigan la enseñanza de Cristo, la enseñanza del Magisterio perenne de la Iglesia, del Catecismo, se debe sacar a los hijos de estas iglesias y no frecuentarlas, aunque cueste recorrer 100 km [para frecuentar una iglesia fiel].
Cuando vivíamos en la Unión Soviética -cuando gracias a Dios nos hemos mudado a otro lugar en Estonia- teníamos allí una iglesia católica y un sacerdote en un radio de 100 km. Y nuestros padres han dicho: “¡Oh, qué afortunados somos! Está tan cerca. ¡Una iglesia a 100 km! Hemos estado muchos años sin sacerdote y sin Misa. ¡Ahora debemos ir sólo a 100 km! ¡Qué felicidad!”.
Pienso que en el mundo occidental, en los Estados Unidos, quizá es posible encontrar una iglesia a menos de 100 km en la cual haya un buen sacerdote. Por tanto, evítense las iglesias [en las que es predicado el error]. [Estos lugares] están destruyendo la fe de la gente. Estas iglesias están destruyendo. Debemos evitarlas. [Estas personas] son traidores de la fe, aunque tengan el título de sacerdote u obispo.
LifeSiteNews: Los fieles católicos, que aman al papa y no quieren dañar al papado, ¿podrían expresar preocupación por las declaraciones hechas por el Papa Francisco que no parecen en línea con la doctrina católica o sería mejor para ellos permanecer en silencio?
Obispo Athanasius Schneider: En la Iglesia no se vive en una dictadura. En una dictadura no se tiene el valor de contradecir al dictador. Pero cuando en la Iglesia se llega a una situación en la que los sacerdotes fieles y los obispos tienen miedo de hablar, como en una dictadura, esta no es la Iglesia. Esta no es la Iglesia del diálogo, de la colegialidad, de la familia. No. En una familia debe existir la posibilidad de intercambio de puntos de vista.
A veces también los buenos padres consienten expresarse a sus hijos que están creciendo. ¿Por qué no? Un buen padre acepta que un hijo suyo adulto diga “Padre, eso no es correcto”. A veces sucede.
Y así, el Santo Padre es nuestro padre. Y cuando dice a estos grupos: “No debéis hablar siempre de estas cosas” se puede decir con todo respeto: “Santo Padre, esta es una acusación injusta. Somos acusados injustamente. No vale la pena que usted vuelva cada vez, y siempre, a incidir en este punto. No hablamos siempre de esto. Hablamos del Evangelio, de la vida familiar, de la oración. Por tanto su juicio sobre nosotros es injusto. Su acusación es injusta. Y permítanos, de alguna manera, defendernos, y escuche nuestra voz”.
[Traducido por Marianus el Eremita. Artículo original.]
Fuente: adelantelafe.com

9 de junio de 2016

NOVENA DE LA CONFIANZA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Oh Dios, que en el corazón de tu Hijo herido por nuestros pecados has depositado infinitos tesoros de caridad, te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una cumplida satisfacción.
Acto de confianza: ¡Oh Corazón de Jesús, Dios y hombre verdadero, refugio de los pecadores y esperanza de los que en ti confían! Tu nos dices amablemente: “Venid a mí”; y nos repites las palabras que dijiste al paralítico: “Confía, hijo mío, tus pecados te son perdonados”; y a la mujer enferma: “Confía, hija, tu fe te ha salvado”; y a los apóstoles: “Confiad, yo soy; no temáis”.
Animado con estas palabras tuyas, acudo a ti con el corazón lleno de confianza, para decirte sinceramente y desde lo más íntimo de mi alma: Corazón de Jesús, en Vos confío.
  •   En mis alegrías y tristezas,
                 Corazón de Jesús, en Vos confío.
  •  En mis negocios y empresas,
  •  En mis prosperidades y adversidades,
  • En las necesidades de mi familia,
  • En las tentaciones del demonio,
  • En las instigaciones de mis propias pasiones,
  •  En las persecusiones de mis enemigos,
  • En las murmuraciones y calumnias,
  • En mis enfermedades y dolores,
  • En mis defectos y pecados,
  • En la santificación y salvación de mi alma,
  • Siempre y en toda ocasión,
  • En vida y muerte,
  • En tiempo y eternidad.   
Oración final: Corazón de mi amable Jesús, confío y confiaré siempre en tu bondad; y por el corazón de tu madre, te pido que no desfallezca nunca mi confianza en ti, a pesar de las contrariedades y pruebas que quieras enviarme, para que, habiendo sido mi consuelo en vida, seas mi refugio en la hora de la muerte y mi gloria por toda la eternidad. Amén.

LA IGLESIA, LA PAZ Y EL REINO DE CRISTO

La Iglesia depositaria de esta paz.
Y si se considera que todo cuanto Cristo enseñó y estableció acerca de la dignidad de la persona humana, de la inocencia de vida, de la obligación de obedecer, de la ordenación divina de la sociedad, del sacramento del matrimonio y de la santidad de la familia cristiana; si se considera, decimos, que estas y otras doctrinas que trajo del cielo a la tierra las entregó a sola su Iglesia, y con promesa solemne de su auxilio y perpetua asistencia, y que le dio el encargo, como maestra infalible que era, que no dejase nunca de anunciarlas a las gentes todas hasta el fin de los tiempos, fácilmente se entiende cuán gran parte puede y debe tener la Iglesia para poner el remedio conducente a la pacificación del mundo.
Porque, instituida por Dios única intérprete y depositaria de estas verdades y preceptos, es ella únicamente el verdadero e inexhausto poder para alejar de la vida común, de la familia y de la sociedad la lacra del materialismo, tantos daños en ellas ha causado, y para introducir en su lugar la doctrina cristiana acerca del espíritu, o sea sobre la inmortalidad del alma, doctrina muy superior a cuanto enseña la mera filosofía; también para unir entre sí las diversas clases sociales y el pueblo en general con sentimiento de elevada benevolencia y con cierta fraternidad, y para elevar hasta el mismo Dios la dignidad humana, con justicia restaurada, y, finalmente, para procurar que, corregidas las costumbres públicas y privadas, y más conformes con las leyes sanas, se someta todo plenamente a Dios que ve los corazones, y que todo se halle informado íntimamente de sus doctrinas y leyes, que, bien penetrado de la ciencia de su sagrado deber el ánimo de todos, de los particulares, de los gobernantes, y hasta de los organismos públicos de la sociedad civil, sea Cristo todo en todos.
Las enseñanzas de la Iglesia aseguran la paz.
Por lo cual, siendo propio de sola la Iglesia, por hallarse en posesión de la verdad y de la virtud de Cristo, el formar rectamente el ánimo de los hombres, ella es la única que puede, no sólo arreglar la paz por el momento, sino afirmarla para el porvenir, conjurando los peligros de nuevas guerras que dijimos nos amenazan. Porque únicamente la Iglesia es la que por orden y mandato divino enseña que los hombres deben conformarse con la ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan, lo mismo en la vida pública que en la privada, lo mismo como individuos que unidos en sociedad. Y es cosa clara que es de mucha mayor importancia y gravedad todo aquello en que va el bien y provecho de muchos.
Pues bien: cuando las sociedades y los estados miren como un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y prescripciones de Jesucristo en sus relaciones interiores y exteriores, entonces sí llegarán a gozar, en el interior, de una paz buena, tendrán entre sí mutua confianza y arreglarán pacíficamente sus diferencias, si es que algunas se originan.
La Iglesia sola tiene la autoridad de imponerla.
Cuantas tentativas se han hecho hasta ahora a este respecto han tenido ninguno muy poco éxito, sobre todo en los asuntos con más ardor debatidos. Es que no hay institución alguna humana que pueda imponer a todas las naciones un Código de leyes comunes, acomodado a nuestros campos, como fue el que tuvo en la Edad Media aquella verdadera sociedad de naciones que era una familia de pueblos cristianos. En la cual, aunque muchas veces era gravemente violado el derecho, con todo, la santidad del mismo derecho permanecía siempre en vigor, como norma segura conforme a la cual eran las naciones mismas juzgadas.
 Pero hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma  que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la guerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella más acreditada.
La paz de Cristo en el Reino de Cristo. Extensión y carácter de este reino
Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, los mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.
En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. Ya que reina Jesucristo en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma el nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret. Reina finalmente Jesucristo en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además le es reconocido a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades; es decir, tal que no disminuya la potestad de ellas -pues cada una en su orden es legítima-, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal.
De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo.
Ubi arcano; Pío XI

30 de mayo de 2016

LA CRISIS DE LA IGLESIA A LA LUZ DEL SECRETO DE FÁTIMA

El año en que se conmemora el centenario de Fátima (2016-2017) se inauguró el día de Pentecostés con una noticia que ha dado mucho que hablar. El teólogo alemán Ingo Döllinger transmitió al sitio OnePeterFive que después de la publicación del Tercer Secreto de Fátima el cardenal Ratzinger le habría confiado: «¡Todavía no se ha publicado todo!» La Oficina de Prensa vaticana intervino de inmediato publicando un mentís según el cual «el papa emérito Benedicto XVI comunica «no haber hablado nunca con el profesor Döllinger sobre este tema», y afirma de modo tajante que las declaraciones atribuidas al profesor Döllinger al respecto «son pura invención, absolutamente no verdaderas», confirmando categóricamente: «La publicación del Tercer Secreto de Fátima es completa».
Desmentida que no convence a quienes, como Antonio Socci, han sostenido siempre la existencia de una parte no divulgada del secreto, la cual hablaría del abandono de la fe en la cúpula de la Iglesia. Otros estudiosos, como el doctor Antonio Augusto Borelli Machado, consideran que secreto divulgado por la Santa Sede está completo y es trágicamente elocuente. Ateniéndonos a los datos de que disponemos, hoy por hoy es imposible afirmar con plena certeza que el texto del tercer Secreto esté completo, como tampoco que esté incompleto. Lo que sí parece totalmente cierto es que la profecía de Fátima no se ha cumplido y que su cumplimiento tiene que ver con una crisis sin precedentes en el seno de la Iglesia.
A propósito de esto, conviene recordar un importante principio hermenéutico. Por medio de revelaciones y profecías que no acrecientan nada el depósito de la fe, el Señor nos brinda en ocasiones una dirección espiritual que nos orienta en las épocas más oscuras de la historia. Y si bien es cierto que las palabras divinas arrojan luz en tiempos tenebrosos, no es menos cierto lo contrario: en su dramática evolución, los sucesos de la historia nos ayudan a entender el significado de las profecías.
Cuando el 13 de julio de 1917 la Virgen anunció en Fátima que si la humanidad no se convertía Rusia difundiría sus errores por el mundo, esas palabras resultaban incomprensibles. Los acontecimientos sacaron a la luz el significado. Después de la Revolución Bolchevique de octubre de 1917 quedó claro que la expansión del comunismo era el instrumento del que Dios quería servirse para castigar al mundo por sus pecados.
Entre 1989 y 1991, el imperio del mal soviético se desmoronó en apariencia, pero la desaparición de su envoltorio político permitió una difusión más amplia del comunismo en el mundo, difusión que tiene su núcleo ideológico en el evolucionismo filosófico y el relativismo moral. La filosofía de la praxis, que según Antonio Gramsci sintetiza la revolución cultural marxista, se ha convertido en el horizonte teológico del nuevo pontificado, trazado por teólogos como el cardenal alemán Walter Kasper y el arzobispo argentino Víctor Manuel Fernández, inspirador de la exhortación apostólica Amoris Laeititia.
En este sentido, no debemos tomar el Secreto de Fátima como punto de partida para entender que está teniendo lugar una tragedia en la Iglesia, sino partir de la crisis eclesial para entender el significado fundamental del Secreto de Fátima. Una crisis que se remonta a los años sesenta del siglo XX, y que con la abdicación de Benedicto XVI y el pontificado de Francisco ha experimentado una aceleración sin precedentes.
Mientras la Oficina de Prensa vaticana se apresuraba a desactivar el caso Döllinger, estallaba otra bomba con mucha mayor resonancia. Durante la presentación del libro de profesor Roberto Regoli, Oltre la crisi della Chiesa. Il pontificato di Benedetto XVI, que tuvo lugar en el aula magna de la Pontificia Universidad Gregoriana, monseñor Georg Gänswein ponía de relieve la renuncia al pontificado del papa Ratzinger con estas palabras: «Desde el 11 de febrero de 2013 el ministerio papal no es el mismo que antes. Es y sigue siendo el cimiento de la Iglesia Católica; no obstante, es un cimiento que Benedicto XVI ha transformado de un modo profundo y duradero en su pontificado de excepción».
Según el arzobispo Gänswein, la dimisión del papa teólogo ha hecho época, porque ha introducido en la Iglesia Católica la novedosa institución del papa emérito, transformando el concepto de munus petrinum, el ministerio petrino. «Tanto antes como después de su dimisión, Benedicto ha entendido y entiende su misión como participación en dicho ministerio petrino. Aunque abandonó el solio pontificio con su decisión del 11 de febrero de 2013, no abandonó en realidad dicho ministerio. Por el contrario, integró el cargo personal en una dimensión colegial y sinodal, casi un ministerio en común. (…) Desde la elección de su sucesor Francisco el 13 de marzo de 2013 no hay por tanto dos papa, sino un ministerio ampliado de facto, con un miembro activo y otro contemplativo. Por ese motivo, Benedicto XVI no renunció a su nombre ni a la vestidura talar blanca. Y por esa razón, la forma correcta de dirigirse a él sigue siendo el tratamiento de Santidad. También por esa razón no se ha retirado a un monasterio apartado, sino al interior del Vaticano. Como si se hubiera hecho a un lado para dejar sitio a su sucesor y a una nueva etapa en la historia del papado. (…) Con un acto de extraordinaria audacia, lo que ha hecho es renovar el cargo pontificio (contrariando la opinión de consejeros bienintencionados y sin duda competentes), y con un último esfuerzo lo ha potenciado (como espero). Esto ciertamente no lo podrà demostrar sino la historia. Pero en la historia de la Iglesia, el año 2013 quedará como aquel en que el celebre teólogo que ocupaba el trono de San Pedro se convirtió en el primer papa emérito de la historia».
Este discurso resulta chocante, y por sí solo pone de manifiesto que no hemos superado la crisis de la Iglesia, sino que nos encontramos más que nunca dentro de dicha crisis. El Papado no es un ministerio que pueda ampliarse, porque es un cargo, y un cargo atribuido personalmente por Jesucristo a un único Vicario y un único sucesor de San Pedro. Lo que distingue a la Iglesia Católica de las demás iglesias y religiones es la misma existencia de un principio unitario e indivisible encarnado en la persona del Sumo Pontífice. El discurso de monseñor Gänswein da a entender que hay una Iglesia bicéfala y aumenta la confusión en una situación ya demasiado confusa.
Una frase vincula la segunda y la tercera parte del Secreto de Fátima: «En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe». La Virgen se dirige a tres pastorcillos portugueses y les garantiza que su país no perderá la fe. ¿Y dónde se perderá la fe? Siempre se ha creído que la Virgen se refería a la apostasía de naciones enteras, pero cada vez se ve más claro que la pérdida mayor de la fe está teniendo lugar entre el clero.
Un «obispo vestido de blanco» y «varios otros obispos, sacerdotes y religiosos de ambos sexos» constituyen la parte central del Tercer Secreto, con un trasfondo de ruina y muerte, que es legítimo suponer que no sea sólo material sino también espiritual. Lo confirma la revelación que tuvo sor Lucía en Tuy el 3 de enero de 1944, antes de poner por escrito el Tercer Secreto y que por tanto está indisolublemente ligada a él. Tras la visión de un terrible cataclismo cósmico, sor Lucia cuenta que sintió en su corazón «una voz suave que le decía: “con el tiempo, habrá una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica. ¡En la eternidad, el Cielo!”»
Estas palabras suponen la negación radical de toda forma de relativismo religioso, al cual la voz celeste contrapone la exaltación de la Santa Iglesia y de la Fe católica. El humo de Satanás podrá infiltrarse en la Iglesia a lo largo de la historia, pero quien defienda la integridad de la Fe ante las potencias del infierno verá, en el tiempo y en la eternidad, el triunfo de la Iglesia y del Corazón Inmaculado de María, sello definitivo de la trágica pero entusiasmante profecía de Fátima.
Roberto de Mattei

CARDENAL SARAH: "CELEBRAR MIRANDO HACIA ORIENTE"

El jefe de la liturgia del Vaticano ha invitado a los sacerdotes para que celebren la Misa mirando hacia el oriente.
En una entrevista con la revista católica francesa Famille Chrétienne, el cardenal Robert Sarah dijo que el Concilio Vaticano II no requería que los sacerdotes celebraran la Misa de cara al pueblo.
Esta manera de celebrar la Misa, dijo, era “una posibilidad, pero no una obligación”.
Los lectores y los oyentes deben mirarse entre sí durante la Liturgia de la Palabra, dijo.
“Pero tan pronto como llegamos al momento en que uno se dirige a Dios —desde el Ofertorio en adelante— es esencial que el sacerdote y los fieles miren juntos hacia el Oriente. Esto corresponde exactamente a lo que querían los padres conciliares”.
El cardenal Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, rechazó el argumento de que los sacerdotes que celebran la misa mirando hacia el Oriente están dando la espalda a los fieles “o contra ellos”.
Más bien, dijo, todos están “vueltos en la misma dirección: hacia el Señor que viene”.
“Es legítimo y se respeta la letra y el espíritu del Concilio”, dijo. “Como prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, deseo recordar que la celebración versus orientem está autorizada por las rúbricas, que especifican los tiempos en que el celebrante debe volverse hacia el pueblo. Por ello no es necesario tener un permiso especial para celebrar mirando al Señor”.
Las declaraciones de cardenal Sarah se hacen eco de un artículo que escribió hace un año para L’Osservatore Romano, en el que dijo que era “del todo apropiado, durante el acto penitencial, el canto del Gloria, las oraciones y la plegaria eucarística, que todo el mundo, sacerdote y fiel, se vuelvan junto hacia el Oriente, con el fin de expresar su intención de participar en la obra de culto y de la redención realizada por Cristo”.
El cardenal añadió en el artículo que la Misa mirando al Oriente podría ser “implementada en las catedrales, en donde la vida litúrgica debe ser ejemplar”.
[Fuente: Secretum Meum Mihi]

29 de mayo de 2016

AL SANTÍSIMO SACRAMENTO


Entre tantas dudosas certidumbres
que me mienten, halagan los sentidos,
Tú, callado y sin nubes, tan desnudo,
tan transparente de ternura y trigo
¿qué me quieres decir -labios sellados-
desde tu oculto y cándido presidio?
¿Qué me destellas, ay, qué me insinúas,
qué me quieres, Amor, Secreto mío?
Porque las ondas que abres y propagas
desde la fresca fuente de tu círculo
me alcanzan y me anegan, me coronan,
me ciñen de suavísimos anillos.
Mas ya sé lo que quieres, lo que buscas.
Si la Esperanza es prenda de prodigios,
si el sol de Caridad arde sin tregua,
lo que pides es Fe, los ojos niños.
Quererte, sí, y creerte. ¿Tú me esperas?
¿Me quieres Tú? ¿De veras que yo existo?
¿Tú me crees, Señor? Yo creo y quiero
creer en Ti, quererte a Ti y contigo.


Sí, mi divino prisionero errante,
mi voluntario capitán cautivo,
mi disfrazado amante de imposibles,
mi cifra donde anida el infinito.
Sí. Tú eres Tú, te creo y te conozco.
Ya te aprendí y te sé, paz del Espíritu.
Prosternarse, humillarse: eso fue todo.
Deponer, abdicar cetros, designios.
Por Ti hasta la indigencia, hasta el despojo
quedarse en puros huesos desvalidos.
La reina Inteligencia hágase esclava,
sea la Voluntad sierva de siglos.
Y queden ahí devueltos, desmontados,
en su estuche de raso los sentidos.
Veo y no veo, palpo y nada palpo,
escucho sordo y flor de ausencia aspiro.
No hay más que una verdad: Tú, Rey de Reyes.
Tú, Sacramento, Corpus Christi, Cristo.


Ya me tienes vaciado,
vacante de fruto y flor,
desposeído de todo,
todo para Ti, Señor.


No soy más que tu proyecto,
tu disponibilidad.
Lléname de amor y cielo,
rebósame de piedad.


He enmudecido mi música
en silencio de tapiz.
Me negué hasta el claro sueño,
hasta la misma raíz.


Ven, ruiseñor, a habitarme.
Hazme cuna de Belén.
Ven a cantar en mi jaula
abierta, infinita, ven.

Rosas en el ocaso de la víspera,
las nubes hoy se han despertado blancas.
Es ya la aurora bajo palio de oro,
la gloria teologal de la mañana.
Deslumbradora nieve en las cortinas
que descorren dos ángeles de brasa
y en medio el pecho azul de cielo, abierto
para dar paso a un Sol que se le salta.
El Sol, el Sol de Corpus. Cómo vibran
sus rayos de oro y miel, cómo remansan
recogiéndose al centro, al hogar íntimo
donde un Cordero su toisón recama.


Pero ¿qué traslación, qué meteoro
es éste que me busca, que me abraza?
Viene por mí, cae hacia mí derecho,
y en lugar de crecer, cuanto más baja,
más se aprieta de amor, más se reduce,
se achica, se cercena, se acompasa,
hasta inscribirse humilde en la estatura
del mísero dintel de mi cabaña.


Oh sol que el cielo entero no te ciñe
y en sus collados últimos derramas
la unidad de tu ser con brío y luces
que no saben de eclipses ni distancias.
Yo no soy digno, no, de contemplarte,
de encerrarte en mi pecho, torpe casa
de la abominación, lonja del crimen
apenas hoy barrida y alfombrada.
Mas ya el milagro se consuma, y tomo,
comulgo el Pan de la divina gracia.


No soy digno, no era digno,
pero ahora un templo soy.
Ilumínanse mis bóvedas
y todo temblando estoy.


Esto que vuela en mi bosque
es un pájaro de luz,
es una flecha con alas
desclavada de una cruz.


Y se ahínca en mi madera
y me embriaga de olor.
Ya, aunque se disuelva en brisa,
me quedará el resplandor.


Quédate, fuego, conmigo.
Espera un instante, así.
Transparéntame mis huesos.
No te separes de mí.

Dentro de mí te guardo, oh Certidumbre,
como el mosto en agraz guarda el racimo.
Te siento navegando por mis venas
como la madre mar a sus navíos.
Dentro de mí, fuera de mí, impregnándome,
como a la abeja mieles y zumbidos,
como la luz al fuego o como el suave
color, calor al reflejar del vidrio.
Te oigo cantar, orillas de mi lengua,
florecer en silencio de martirios.
Dulce y concreto estás en mí encerrado.
Lo que ignoran los hombres, pajarillos
lo saben bien, lo rizan, lo gorjean,
flores lo aroman por los huertos tibios,
estrellas lo constelan, lo tachonan,
telegrafían destellando visos,
ángeles del amor lo vuelan fúlgidos,
lo velan rumorosos y purísimos.


Tierno y preciso estás, manso y sin prisa,
dulce y concreto estás, Secreto mío.
¿Qué valen todas mis verdades turbias
ante esa sola, oh Sacramento nítido?
En Ti y por Ti yo espero y creo y amo,
en Ti y por Ti, mi Pan, Misterio mío.

Gerardo Diego

19 de mayo de 2016

PRECES POR LOS SACERDOTES

A nuestro Santísimo Padre el Papa,
Dale Señor tu corazón de Buen Pastor.
A los sucesores de los Apóstoles,
Dales Señor, solicitud paternal por sus
sacerdotes.
A los Obispos puestos por el Espíritu Santo,
Compromételos con sus ovejas, Señor.
A los párrocos,
Enséñales a servir y a no desear ser
servidos, Señor.
A los confesores y directores espirituales,
Hazlos Señor, instrumentos dóciles de
tu Espíritu.
A los que anuncian tu palabra,
Que comuniquen espíritu y vida, Señor.
A los asistentes de apostolado seglar,
Que lo impulsen con su testimonio,
Señor.
A los que trabajan por la juventud,
Que la comprometan contigo, Señor.

A los que trabajan entre los pobres,
Haz que te vean y te sirvan en ellos,
Señor.
A los que atienden a los enfermos,
Que les enseñen el valor del
sufrimiento, Señor.
A los sacerdotes pobres,
Socórrelos, Señor.
A los sacerdotes enfermos,
Sánalos, Señor.
A los sacerdotes ancianos,
Dales alegre esperanza, Señor.
A los tristes y afligidos,
Consuélalos, Señor.
A los sacerdotes turbados,
Dales tu paz, Señor.
A los que están en crisis,
Muéstrales tu camino, Señor.
A los calumniados y perseguidos,
Defiende su causa, Señor
A los sacerdotes tibios,
Inflámalos, Señor.
A los desalentados,
Reanímalos, Señor.
A los que aspiran al sacerdocio,
Dales la perseverancia, Señor.
A todos los sacerdotes,
Dales fidelidad a Ti y a tu Iglesia,
Señor.
A todos los sacerdotes,
Dales obediencia y amor al Papa,
Señor.
A todos los sacerdotes,
Que vivan en comunión con su Obispo,
Señor.
Que todos los sacerdotes,
Sean uno como Tú y el Padre, Señor.
Que todos los sacerdotes,
Promuevan la justicia con que Tú eres
justo.
Que todos los sacerdotes,
Colaboren en la unidad del presbiterio,
Señor.
Que todos los sacerdotes, llenos de Ti,
Vivan con alegría en el celibato, Señor.
A todos los sacerdotes,
Dales la plenitud de tu Espíritu y
transfórmalos en Ti, Señor.
De manera especial te ruego por aquellos sacerdotes por quienes he recibido tus gracias; el sacerdote que me bautizó, los que han absuelto mis pecados reconciliándome contigo y con tu Iglesia, aquellos en cuyas Misas he participado y que me han dado tu Cuerpo en alimento, los que me han transmitido tu palabra y conducido hacia Ti.                                         

EL "SACERDOCIO" BAUTISMAL

Partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo
Dirigiéndose a los bautizados como a «niños recién nacidos», el apóstol Pedro escribe: «Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, sois utilizados en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido para que proclame los prodigios de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (...)» (1 P 2, 4-5. 9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio —sacerdotal, profético y real— de Jesucristo. Es este un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se desprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece San Agustín del Salmo 26. Escribe así: «David fue ungido rey. En aquel tiempo, se ungía sólo al rey y al sacerdote. En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro único rey y sacerdote, Cristo (y por esto "Cristo" viene de "crisma"). Pero no sólo ha sido ungida nuestra Cabeza, sino que también hemos sido ungidos nosotros, su Cuerpo (...). Por ello, la unción es propia de todos los cristianos; mientras que en el tiempo del Antiguo Testamento pertenecía sólo a dos personas. Está claro que somos el Cuerpo de Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en Él somos cristos y Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo forman el Cristo en su integridad».
Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio Vaticano II, ya desde el inicio de mi servicio pastoral, he querido exaltar la dignidad sacerdotal, profética y real de todo el Pueblo de Dios diciendo: «Aquél que ha nacido de la Virgen María, el Hijo del carpintero —como se lo consideraba—, el Hijo de Dios vivo —como ha confesado Pedro— ha venido para hacer de todos nosotros "un reino de sacerdotes". El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple misión».
Con la presente Exhortación deseo invitar nuevamente a todos los fieles laicos a releer, a meditar y a asimilar, con inteligencia y con amor, el rico y fecundo magisterio del Concilio sobre su participación en el triple oficio de Cristo. He aquí entonces, sintéticamente, los elementos esenciales de estas enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, por el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente en la celebración eucarística por la salvación de la humanidad para gloria del Padre. Incorporados a Jesucristo, los bautizados están unidos a Él y a su sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades (cf. Rm 12, 1-2). Dice el Concilio hablando de los fieles laicos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo».
La participación en el oficio profético de Cristo, «que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra», habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía. Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc 7, 16), y constituidos en el Espíritu «testigos» de Cristo Resucitado, los fieles laicos son hechos partícipes tanto del sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que «no puede equivocarse cuando cree», cuanto de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10). Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y valentía, en medio de las contradicciones de la época presente, su esperanza en la gloria «también a través de las estructuras de la vida secular».
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12); y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños (cf. Mt 25, 40).
Pero los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cf. Jn 12, 32; 1 Co 15, 28).
La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la unción del Bautismo, su desarrollo en la Confirmación, y su cumplimiento y dinámica sustentación en la Eucaristía. Se trata de una participación donada a cada uno de los fieles laicos individualmente; pero les es dada en cuanto que forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto, Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa. De este modo, cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia; tal como enseña claramente el apóstol Pedro, el cual define a los bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P 2, 9). Precisamente porque deriva de la comunión eclesial, la participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo exige ser vivida y actuada en la comunión y para acrecentar esta comunión. Escribía San Agustín: «Así como llamamos a todos cristianos en virtud del místico crisma, así también llamamos a todos sacerdotes porque son miembros del único sacerdote».
CHRISTIFIDELES LAICI, San Juan Pablo II.

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

I. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
La Epístola a los Hebreos define con exactitud al sacerdote cuando dice que es un hombre escogido entre los hombres, y está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Por eso, el sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, está íntimamente ligado al Sacrificio que ofrece, pues éste es el principal acto de culto en el que se expresa la adoración que la criatura tributa a su Creador.
En el Antiguo Testamento, los sacrificios eran ofrendas que se hacían a Dios en reconocimiento de su soberanía y en agradecimiento por los dones recibidos, mediante la destrucción total o parcial de la víctima sobre un altar. Eran símbolo e imagen del auténtico sacrificio que Jesucristo, llegada la plenitud de los tiempos, habría de ofrecer en el Calvario. Allí, constituido Sumo Sacerdote para siempre, Jesús se ofreció a Sí mismo como Víctima gratísima a Dios, de valor infinito: quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. En el Calvario, Jesús, Sumo Sacerdote, hizo la ofrenda de alabanza y acción de gracias más grata a Dios que puede concebirse. Fue tan perfecto este Sacrificio de Cristo que no puede pensarse otro mayor. A la vez, fue una ofrenda de carácter expiatorio y propiciatorio por nuestros pecados. Una gota de la Sangre derramada por Cristo hubiera bastado para redimir todos los pecados de la humanidad de todos los tiempos. En la Cruz, la petición de Cristo por sus hermanos los hombres fue escuchada con sumo agrado por el Padre, y ahora continúa en el Cielo siempre vivo para interceder por nosotros. "Jesucristo en verdad es sacerdote, pero sacerdote para nosotros, no para sí, al ofrecer al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre del género humano. Igualmente, Él es víctima, pero para nosotros, al ofrecerse a sí mismo en vez del hombre sujeto a la culpa. Pues bien, aquello del apóstol: tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo, exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio, es decir, que imiten su humildad y eleven a la Suma Majestad de Dios la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y confesando cada uno sus propios pecados (...)". Éste es hoy nuestro propósito.

II. De la misión redentora de Cristo Sacerdote participa toda la Iglesia, "y su cumplimiento se encomienda a todos los miembros del Pueblo de Dios que, por los sacramentos de iniciación, se hacen partícipes del sacerdocio de Cristo para ofrecer a Dios un sacrificio espiritual y dar testimonio de Jesucristo ante los hombres". Todos los fieles laicos participan de este sacerdocio de Cristo, aunque de un modo esencialmente diferente, y no sólo de grado, que los presbíteros. Con alma verdaderamente sacerdotal, santifican el mundo a través de sus tareas seculares, realizadas con perfección humana, y buscan en todo la gloria de Dios: la madre de familia sacando adelante sus tareas del hogar, el militar dando ejemplo de amor a la patria a través principalmente de las virtudes castrenses, el empresario haciendo progresar la empresa y viviendo la justicia social... Todos, reparando por los pecados que cada día se cometen en el mundo, ofreciendo en la Santa Misa sus vidas y sus trabajos diarios.
Los sacerdotes -Obispos y presbíteros- han sido llamados expresamente por Dios, "no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para la que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena, ni podrían servir si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos". El sacerdote ha sido entresacado de entre los hombres para ser investido de una dignidad que causa asombro a los mismos ángeles, y nuevamente devuelto a los hombres para servirles especialmente en lo que mira a Dios, con una misión peculiar y única de salvación. El sacerdote hace en muchas circunstancias las veces de Cristo en la tierra: tiene los poderes de Cristo para perdonar los pecados, enseña el camino del Cielo..., y sobre todo presta su voz y sus manos a Cristo en el momento sublime de la Santa Misa: en el Sacrificio del Altar consagra in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. No hay dignidad comparable a la del sacerdote. "Sólo la divina maternidad de María supera este divino ministerio".
El sacerdocio es un don inmenso que Jesucristo ha dado a su Iglesia. El sacerdote es "instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura".
Hoy es un día para agradecer a Jesús un don tan grande. ¡Gracias, Señor, por las llamadas al sacerdocio que cada día diriges a los hombres! Y hacemos el propósito de tratarlos con más amor, con más reverencia, viendo en ellos a Cristo que pasa, que nos trae los dones más preciados que un hombre puede desear. Nos trae la vida eterna.

III. San Juan Crisóstomo, bien consciente de la dignidad y de la responsabilidad de los sacerdotes, se resistió al principio a ser ordenado, y se justificaba con estas palabras: "Si el capitán de un gran navío, lleno de remeros y cargado de preciosas mercancías, me hiciera sentar junto al timón y me mandara atravesar el mar Egeo o el Tirreno, yo me resistiría a la primera indicación. Y si alguien me preguntara por qué, respondería inmediatamente: porque no quiero echar a pique el navío". Pero, como comprendió bien el Santo, Cristo está siempre muy cerca del sacerdote, cerca de la nave. Además, Él ha querido que los sacerdotes se vean amparados continuamente por el aprecio y la oración de todos los fieles de la Iglesia: "Amenlos con filial cariño, como a sus pastores y padres -insiste el Concilio Vaticano II-; participando de sus solicitudes, ayuden en lo posible, por la oración y de obra, a sus presbíteros, a fin de que éstos puedan superar mejor sus dificultades y cumplir más fructuosamente sus deberes": para que sean siempre ejemplares y basen su eficacia en la oración, para que celebren la Santa Misa con mucho amor y cuiden de las cosas santas de Dios con el esmero y respeto que merecen, para que visiten a los enfermos y cuiden con empeño de la catequesis, para que conserven siempre esa alegría que nace de la entrega y que tanto ayuda incluso a los más alejados del Señor...
Hoy es un día en el que podemos pedir más especialmente para que los sacerdotes estén siempre abiertos a todos y desprendidos de sí mismos, "pues el sacerdote no se pertenece a sí mismo, como no pertenece a sus parientes y amigos, ni siquiera a una determinada patria: la caridad universal es lo que ha de respirar. Los mismos pensamientos, voluntad, sentimientos, no son suyos, sino de Cristo, su vida".
El sacerdote es instrumento de unidad. El deseo del Señor es ut omnes unum sint, que todos sean uno. Él mismo señaló que todo reino dividido contra sí será desolado y que no hay ciudad ni hogar que subsista si se pierde la unidad. Los sacerdotes deben ser solícitos en conservar la unidad; y esta exhortación de San Pablo "se refiere, sobre todo, a los que han sido investidos del Orden sagrado para continuar la misión de Cristo". Es el sacerdote el que principalmente debe velar por la concordia entre los hermanos, el que vigila para que la unidad en la fe sea más fuerte que los antagonismos provocados por diferencias de ideas en cosas accidentales y terrenas. Al sacerdote corresponde, con su ejemplo y su palabra, mantener entre sus hermanos la conciencia de que ninguna cosa humana es tan importante como para destruir la maravillosa realidad del cor unum et anima una  que vivieron los primeros cristianos y que hemos de vivir nosotros. Esta misión de unidad la podrá lograr con más facilidad si está abierto a todos, si es apreciado por sus hermanos. "Pide para los sacerdotes, los de ahora y los que vendrán, que amen de verdad, cada día más y sin discriminaciones, a sus hermanos los hombres, y que sepan hacerse querer de ellos".
El Papa Juan Pablo II, dirigiéndose a todos los sacerdotes del mundo, les exhortaba con estas palabras: "Al celebrar la Eucaristía en tantos altares del mundo, agradecemos al eterno Sacerdote el don que nos ha dado en el sacramento del Sacerdocio. Y que en esta acción de gracias se puedan escuchar las palabras puestas por el evangelista en boca de María con ocasión de la visita a su prima Isabel: Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre (Lc 1, 49). Demos también gracias a María por el inefable don del Sacerdocio por el cual podemos servir en la Iglesia a cada hombre. ¡Que el agradecimiento despierte también nuestro celo (...)
"Demos gracias incesantemente por esto; con toda nuestra vida; con todo aquello de que somos capaces. Juntos demos gracias a María, Madre de los sacerdotes. ¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? La copa de salvación levantaré e invocaré el nombre del Señor (Sal 115, 12-13)"
De la misión redentora de Cristo Sacerdote participa toda la Iglesia. A través de los sacramentos de la iniciación cristiana los fieles laicos participan de este sacerdocio de Cristo y quedan capacitados para santificar el mundo a través de sus tareas seculares. Los presbíteros, de un modo esencialmente diferente y no sólo de grado, participan del sacerdocio de Cristo y son constituidos mediadores entre Dios y los hombres, especialmente a través del Sacrificio de la Misa, que realizan in Persona Christi. Hoy es un día en el que de modo particular debemos pedir por todos los sacerdotes.
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