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29 de enero de 2015

DISPOSICIONES PARA OÍR BIEN LA SANTA MISA

* Por San Juan Bautista De la Salle
De la obligación de asistir a la santa Misa.
Hay obligación de asistir a la santa Misa todos los domingos y todas las fiestas.
Incluso, la intención de la Iglesia es que se oiga en la propia parroquia, y que se asista a la que se llama de ordinario misa parroquial; por esta razón manda a los pastores que den en ella una instrucción a los fieles que tienen a su cargo, explicándoles el Santo Evangelio y enseñándoles las normas de la vida cristiana.
No hay obligación de oír la misa los demás días; con todo, no se debe descuidar y, a pesar de las ocupaciones que se tenga, hay que hacer lo posible para no faltar a ella ni un solo día. Hay que convencerse de que ese tiempo no estará perdido, sino bien empleado, y de ordinario, mucho mejor que si se empleara en el trabajo; pues por medio de tan santa acción se atraerán las gracias y bendiciones de Dios sobre todo lo que hay que hacer a lo largo del día.
Quienes trabajan manualmente y cuya mente se ha de ocupar en asuntos temporales y externos durante el día, deben hacer de la santa Misa su primera preocupación y su primera acción, con el fin de no distraerse con facilidad, al asistir a ella, con los pensamientos con que se llenaría su mente si oyeran la santa Misa después de haberse dedicado a lo que es propio de su empleo; así se separa lo santo de lo profano y no se corre el peligro de perder el fruto que se pueda obtener de la práctica más santa de nuestra religión.
Quienes no pueden asistir a la santa Misa los domingos y fiestas, por estar enfermos, y aquellos a quienes asuntos necesarios y urgentes impiden oírla los demás días, deben, al menos, unirse en espíritu y en intención al sacerdote que la dice y a la asamblea de fieles que la oyen, ofrecer su corazón a Dios y ofrecerle el sacrificio de sí mismos y de todo lo que poseen, practicando, en la medida de lo posible, todas las cosas que harían si estuviesen realmente presentes.
Esta santa disposición y la unión que tengan con la Iglesia y con sus intenciones, suplirá, de algún modo, la presencia actual que no han podido tener en la santa Misa.
De las disposiciones para oír bien la santa Misa.
No es suficiente oír exteriormente la santa Misa para cumplir con la obligación que impone la Iglesia a todos los fieles, de asistir a ella los domingos y fiestas, sino que todos deben estar en ella con las disposiciones sin las que su presencia exterior sería inútil, y sin las cuales tampoco cumplirían en modo alguno lo que manda la Iglesia; pues la intención de la Iglesia, al mandar que los fieles oigan la santa Misa, es no sólo obligarlos a estar presentes en ella, sino también a que tributen a Dios sus homenajes.
Para oír debidamente la santa Misa hay tres clases de disposiciones.
1. Hay disposiciones que son necesarias para cumplir el mandamiento de la Iglesia; y estas disposiciones son oír la santa Misa completa, con atención y con espíritu de religión.
No se oye la santa Misa completa cuando no se está presente en ella, sea al comienzo, sea al final.
No se oye la santa Misa con la atención y la aplicación de la mente que se debe tener, cuando se duerme en ella, cuando se habla, cuando se mira de un lado a otro, o cuando uno se distrae voluntariamente.
No se oye la santa Misa con espíritu de religión cuando no se reza con sentimiento de piedad interior. Quienes no oyen la santa Misa entera los domingos y fiestas, no cumplen el mandamiento de la Iglesia.
 Los que no ponen atención en la santa Misa y asisten a ella sin espíritu de religión cometen dos pecados al mismo tiempo. 1. Están en la santa Misa como si no estuvieran, y ante Dios no se considera que hayan asistido a ella. 2. Incurren en cierta especie de impiedad, pues con sus inmodestias escandalosas, sea con sus posturas, con sus miradas o con sus palabras, o por su falta de aplicación o por su distracción de espíritu, profanan no sólo la Iglesia, que es lugar santo, y casa de oración, sino incluso los santos misterios que en ella se realizan, y el más augusto de todos los sacrificios. Injurian a Jesucristo, que se ofrece y se sacrifica a su Padre por ellos y por los pecados que cometen en su presencia.
2. Hay disposiciones que son necesarias para asistir provechosamente a la santa Misa y para ponerse en estado de sacar fruto de este sacrificio; y estas disposiciones son: odiar el pecado, hallarse en estado de gracia, o al menos esforzarse para volver a él, y unirse en espíritu al sacerdote que ofrece el sacrificio. Quienes se hallan actualmente en pecado mortal, o tienen voluntad de cometerlo, o se hallan en ocasión próxima de caer en él, sin querer abandonarla, no tienen las disposiciones necesarias y no pueden sacar ningún fruto del sacrificio de la santa Misa.
3. Hay disposiciones de perfección que son muy provechosas y que producen grandes frutos en las almas que las poseen. Estas disposiciones son muchas y de variadas clases; con todo se pueden reducir a dos principales, de las que dependen todas las demás. La 1ª es tener el alma desprendida de todo afecto, incluso al mínimo pecado. La 2ª es unirse al sacerdote en todas las partes y en todas las oraciones de la santa Misa, para ofrecer con él el sacrificio según la intención de la Iglesia.
Quienes deseen adquirir las disposiciones de perfección para asistir muy bien a la santa Misa y participar abundantemente en este santo sacrificio, deben aplicarse a no ofender a Dios con propósito deliberado, y vigilar mucho sobre sí mismos para no caer en pecados veniales de cierta importancia o que sean plenamente voluntarios.
También deben mostrarse en este santo sacrificio con suma modestia, con profundísima humildad, con toda la atención interior y con toda la devoción posible; y conformarse a las intenciones del mismo Jesucristo.
El cristiano, revestido de Jesucristo y animado por su Espíritu, debe ir a este sublime sacrificio con los mismos sentimientos con los que Jesucristo se ofrece como víctima a su Padre. Jesucristo se sacrifica cada día sobre nuestros altares en la santa Misa para tributar sus homenajes al Padre Eterno.
Nosotros debemos unirnos a estas santas intenciones de Jesucristo y tratar de tenerlas semejantes, para adorarlo, darle gracias, pedirle perdón por nuestros pecados y pedirle que nos obtenga las gracias que necesitamos.

25 de enero de 2015

CONVERSIÓN DE SAN PABLO

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 3 de septiembre de 2008

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO
Queridos hermanos y hermanas:
La catequesis de hoy estará dedicada a la experiencia que san Pablo tuvo en el camino de Damasco y, por tanto, a lo que se suele llamar su conversión. Precisamente en el camino de Damasco, en los inicios de la década del año 30 del siglo I, después de un período en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de san Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, comenzó a considerar "pérdida" y "basura" todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (cf. Flp 3, 7-8) ¿Qué es lo que sucedió?
Al respecto tenemos dos tipos de fuentes. El primer tipo, el más conocido, son los relatos escritos por san Lucas, que en tres ocasiones narra ese acontecimiento en los Hechos de los Apóstoles (cf.Hch 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 4-23). Tal vez el lector medio puede sentir la tentación de detenerse demasiado en algunos detalles, como la luz del cielo, la caída a tierra, la voz que llama, la nueva condición de ceguera, la curación por la caída de una especie de escamas de los ojos y el ayuno. Pero todos estos detalles hacen referencia al centro del acontecimiento: Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su "sí" definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente.
En la Iglesia antigua el bautismo se llamaba también "iluminación", porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese acontecimiento, de ese encuentro, fue muy fuerte. Ese acontecimiento cambió radicalmente la vida de san Pablo. En este sentido se puede y se debe hablar de una conversión. Ese encuentro es el centro del relato de san Lucas, que tal vez utilizó un relato nacido probablemente en la comunidad de Damasco. Lo da a entender el colorido local dado por la presencia de Ananías y por los nombres tanto de la calle como del propietario de la casa en la que Pablo se alojó (cf. Hch 9, 11).
El segundo tipo de fuentes sobre la conversión está constituido por las mismas Cartas de san Pablo. Él mismo nunca habló detalladamente de este acontecimiento, tal vez porque podía suponer que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabían que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Eso no había sucedido como fruto de su propia reflexión, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Sin dar detalles, en muchas ocasiones alude a este hecho importantísimo, es decir, al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús, cuya revelación recibió directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol.
El texto más claro sobre este punto se encuentra en su relato sobre lo que constituye el centro de la historia de la salvación: la muerte y la resurrección de Jesús y las apariciones a los testigos (cf. 1 Co15). Con palabras de una tradición muy antigua, que también él recibió de la Iglesia de Jerusalén, dice que Jesús murió crucificado, fue sepultado y, tras su resurrección, se apareció primero a Cefas, es decir a Pedro, luego a los Doce, después a quinientos hermanos que en gran parte entonces vivían aún, luego a Santiago y a todos los Apóstoles. Al final de este relato recibido de la tradición añade: "Y por último se me apareció también a mí" (1 Co 15, 8). Así da a entender que este es el fundamento de su apostolado y de su nueva vida.
Hay también otros textos en los que expresa lo mismo: "Por medio de Jesucristo hemos recibido la gracia del apostolado" (Rm 1, 5); y también: "¿Acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?" (1 Co 9, 1), palabras con las que alude a algo que todos saben. Y, por último, el texto más amplio es el de la carta a los Gálatas: "Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los Apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco" (Ga 1, 15-17). En esta "auto-apología" subraya decididamente que también él es verdadero testigo del Resucitado, que tiene una misión recibida directamente del Resucitado.
Así podemos ver que las dos fuentes, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de san Pablo, convergen en un punto fundamental: el Resucitado habló a san Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos, al mundo grecorromano. Al mismo tiempo, san Pablo aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Sólo en esta comunión con todos podía ser un verdadero apóstol, como escribe explícitamente en la primera carta a los Corintios: "Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído" (1 Co 15, 11). Sólo existe un anuncio del Resucitado, porque Cristo es uno solo.
Como se ve, en todos estos pasajes san Pablo no interpreta nunca este momento como un hecho de conversión. ¿Por qué? Hay muchas hipótesis, pero en mi opinión el motivo es muy evidente. Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo. En este sentido no fue sólo una conversión, una maduración de su "yo"; fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. De ninguna otra forma se puede explicar esta renovación de san Pablo.
Los análisis psicológicos no pueden aclarar ni resolver el problema. Sólo el acontecimiento, el encuentro fuerte con Cristo, es la clave para entender lo que sucedió: muerte y resurrección, renovación por parte de Aquel que se había revelado y había hablado con él. En este sentido más profundo podemos y debemos hablar de conversión. Este encuentro es una renovación real que cambió todos sus parámetros. Ahora puede decir que lo que para él antes era esencial y fundamental, ahora se ha convertido en "basura"; ya no es "ganancia" sino pérdida, porque ahora cuenta sólo la vida en Cristo.
Sin embargo no debemos pensar que san Pablo se cerró en un acontecimiento ciego. En realidad sucedió lo contrario, porque Cristo resucitado es la luz de la verdad, la luz de Dios mismo. Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. En ese momento no perdió cuanto había de bueno y de verdadero en su vida, en su herencia, sino que comprendió de forma nueva la sabiduría, la verdad, la profundidad de la ley y de los profetas, se apropió de ellos de modo nuevo. Al mismo tiempo, su razón se abrió a la sabiduría de los paganos. Al abrirse a Cristo con todo su corazón, se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo a todos. Así realmente podía ser el Apóstol de los gentiles.
En relación con nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿Qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que tampoco para nosotros el cristianismo es una filosofía nueva o una nueva moral. Sólo somos cristianos si nos encontramos con Cristo. Ciertamente no se nos muestra de esa forma irresistible, luminosa, como hizo con san Pablo para convertirlo en Apóstol de todas las gentes. Pero también nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de la sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad.
Por tanto oremos al Señor para que nos ilumine, para que nos conceda en nuestro mundo el encuentro con su presencia y para que así nos dé una fe viva, un corazón abierto, una gran caridad con todos, capaz de renovar el mundo.

24 de enero de 2015

SÁBADO MARIANO

MARÍA, PRESENTE EN EL SANTO SACRIFICIO
Sobre el Gólgota, sobre el Monte Calvario, se encuentra Jesús Crucificado, coronado de espinas, derramando su Sangre a través de las heridas de las manos y de los pies, perforados por los clavos de hierro. Jesús en la cruz sufre dolores inmensos, insoportables, en el cuerpo pero también en el espíritu, ya que el dolor más grande era por aquellos que habrían de condenarse porque iban a rechazar su sacrificio. Por su sufrimiento en el cuerpo y en el espíritu, Jesús en la cruz es el Señor de los Dolores. Y al pie de la cruz, está María, la Virgen Madre, Señora de los Dolores.
¿Qué hace María al pie de la cruz? Consuela, con su Presencia maternal, a su Hijo que sufre. Ella alivia la amargura y el dolor de su Hijo, con su Presencia maternal trae al Corazón de su Hijo que cuelga de la cruz en medio de terribles dolores, un poco de paz, y así Jesucristo, en medio de sus inmensos dolores, en algo se ve aliviado. La Madre consuela al Hijo con su Presencia de Amor.
Sin embargo, María al pie de la cruz no sólo consuela a su Hijo, el único consuelo en medio de ese mar de dolor que es la cruz, sino que participa de los dolores de su Hijo. La Madre comparte los dolores de su Hijo; los siente dentro suyo, como si fueran propios. Aún cuando una madre, en el exceso de amor de su hijo, por el amor que siente por su hijo, quisiera, para aliviarle sus dolores, tomar sobre sí esos dolores de su hijo, aunque lo deseara, no podría experimentarlos en sí.
En cambio María, por su unión mística con Jesús, comparte y participa de esos dolores, y los hace suyos y propios, de tal manera que se puede decir que María sufrió los mismos dolores, en su misma intensidad, que su Hijo. No en el cuerpo, pero sí en el espíritu, como si a Ella la hubieran coronado de espinas, flagelado, atravesado las manos y los pies con clavos de hierro, como a Jesús en la cruz.
Y así como Jesús es Redentor de la humanidad por sus dolores, así la Virgen es Corredentora por haber participado de esos mismos dolores. La Virgen nos salva a través de sus dolores, por eso es llamada Corredentora, Salvadora de la humanidad y de cada uno de nosotros.
Pero no sólo nos salva, sino que además, por haber participado al pie de la cruz del sacrificio supremo de su Hijo, sacrificio por el cual nos mereció la gracia de la filiación, María se vuelve, al pie de la cruz, Madre nuestra. Así como imploró el descenso del Espíritu Santo sobre su seno para que diera vida a su Hijo Niño, así implora, al pie de la cruz, el Espíritu de su Hijo, para que nos dé a nosotros su Espíritu, el Espíritu que nos hace ser hijos de Dios. En la cruz, donde Jesús muere derramando su Sangre para darnos su vida, nos hace el don de su Madre, por eso María es la Madre de todos aquellos que nacen a la vida nueva y eterna por medio de la Sangre de Jesús derramada en la cruz. Por eso María es Madre de Dios Hijo y Madre nuestra, que somos, al pie de la cruz, hijos de Dios, nacidos del dolor de María.
También es medianera de todas las gracias, porque así como Cristo con su sacrificio en la cruz se hizo intercesor y mediador por nosotros en el cielo, así María, por acompañar a su Hijo en el sacrificio del Gólgota en la tierra, se hizo medianera e intercesora de todas las gracias en el cielo. Por haber participado al pie de la cruz, por haber participado del sacrificio de su Hijo, María se volvió la depositaria y tesorera de los méritos de la redención para toda la humanidad y para todos los tiempos.
Y si como enseña la Iglesia, la Misa es la renovación sacramental, en el misterio de la liturgia, del mismo sacrificio de la cruz, si Cristo en la cruz se hace Presente en cada misa, también la Madre, que está al pie de la cruz, se hace Presente en Persona en cada misa. Así lo dice el Santo Padre Juan Pablo II: “...cuando celebramos la Eucaristía, nos encontramos cada día sobre el Gólgota, y por eso está junto a nosotros, en el Gólgota, la Virgen María”. En cada Eucaristía, nos encontramos sobre el Gólgota, delante de Jesús, a los pies de la cruz. Pero también, por eso mismo, nos encontramos a los pies de María, nuestra Madre, porque si el Hijo está en el Gólgota, allí también está la Madre Y está la Madre, como el Hijo, no en sentido figurado, sino en persona, con su persona, invisible, misteriosa, real. Como el Hijo.
A María, Madre nuestra, debemos pedirle la gracia de saber amar a Jesús como Ella lo ama, y saber amar al prójimo como Cristo lo ama desde la cruz.
P. Álvaro Sánchez Rueda

22 de enero de 2015

DEL SACRIFICIO DE LA SANTA MISA Y DE SUS EFECTOS

Del sacrificio de la santa Misa y de sus efectos
Por San Juan Bautista De La Salle
El sacrificio es una acción en la que se ofrece a Dios una criatura, que es inmolada, es decir, destruida de alguna manera, para tributar a Dios el honor que se le debe y reconocer el soberano dominio que tiene sobre las criaturas. A la criatura que se inmola y destruye en el sacrificio se la llama víctima u hostia sacrificada y ofrecida a Dios.
La misa es un sacrificio; más aún, es la continuación del que ofreció Jesucristo a Dios, su Padre, en la cruz; porque Jesucristo, que murió en el Calvario, es quien se ofrece todavía a Dios en este santo y muy augusto sacrificio.
Aunque el sacrificio de la santa Misa sea el mismo que el de la cruz, y aunque sea su continuación, entre uno y otro existe, con todo, esta diferencia: que Jesucristo se ofreció en la cruz para satisfacer a la justicia de Dios por los pecados de todos los hombres, y con ese fin derramó su preciosa sangre; mientras que en la santa Misa no derrama ya su sangre, sino que se sacrifica al Padre eterno como víctima gloriosa, para aplicar a los hombres, por la virtud de este sacrificio, las gracias que les mereció mediante sus padecimientos y su muerte.
Como Jesucristo, al morir en el Calvario, satisfizo totalmente y más que suficientemente, por los pecados cometidos o que pudieran cometerse, este sacrificio, al haber tenido plenamente su efecto, y tenerlo aún, ya no era necesario que Jesucristo satisficiera por ningún pecado; y por lo tanto hubiera sido inútil que instituyera el sacrificio de la santa Misa, si este sacrificio no tuviera otros efectos ni otros frutos que el de la cruz. Pero las gracias que Jesucristo nos mereció con su muerte no se aplicaron inmediatamente, por la virtud del sacrificio de la cruz, a los hombres, para quienes fueron obtenidas.
Este fue el motivo por el que Jesucristo instituyó el sacrificio de la santa Misa y los sacramentos, para darnos a todos los hombres el medio de aplicárnoslas por medio de la participación en este sacrificio y mediante la recepción de los sacramentos.
Estas gracias, que nos fueron adquiridas por la muerte de Jesucristo Nuestro Señor, son muy numerosas y de diferentes clases; y por esto mismo el sacrificio de la santa Misa produce también copiosos frutos y diversos efectos, que se corresponden con las gracias cuya aplicación nos procura. Los principales frutos y beneficios de este sacrificio están expresados en varios pasajes del canon de la santa Misa, y son los siguientes:
1. El sacrificio de la santa Misa honra a Dios con el máximo honor que Él pueda recibir, porque es su propio Hijo quien le tributa este honor al aniquilarse y al destruirse, en la medida que puede, para gloria de Dios. Y quienes asisten a la santa Misa y tienen la dicha de participar en ella, también honran a Dios del modo más sublime que puedan hacerlo, mediante la unión que en ella tienen con Jesucristo.
2. Este sacrificio ofrece el medio de dar gracias a Dios por sus beneficios, de la forma más perfecta que pueda hacerse, al ofrecerle a su propio Hijo en acción de gracias.
3. Nos permite obtener de la bondad de Dios nuevos beneficios.
4. Este sacrificio libera a las almas que sufren en el purgatorio, o alivia sus sufrimientos, en la medida en que esas almas son aún deudoras a la justicia de Dios.
5. Remite la pena temporal debida tanto por el pecado mortal como por el pecado venial.
6. Obtiene la remisión de los pecados y la gracia de la conversión.
7. Atrae de Dios las gracias que se necesitan para preservarse de caer en el pecado.
8. Proporciona la gracia de abandonar los malos hábitos, por inveterados que sean.
9. Da fortaleza para abandonar totalmente todas las ocasiones próximas del pecado.
10. Otorga la gracia de la unión y de la reconciliación con el prójimo, si hubiera alguien con quien no se estuviese tan unido como se debiera.
11. Alcanza poderosa ayuda para cumplir debidamente las obligaciones del propio estado y para realizar todas las acciones de manera cristiana.
12. Es medio muy eficaz para conservar y recobrar la salud del cuerpo y los demás bienes temporales, cuando son provechosos para la gloria de Dios y para nuestra salvación.
13. Y, en fin, se puede obtener más fácilmente lo que se pide a Dios, y recibir más gracias asistiendo a una sola misa bien oída, que con todas las más santas acciones que se pudieran realizar.

Todos estos son efectos muy importantes; son los bienes y beneficios que la Iglesia pide todos los días a Dios para sus hijos en su sacrificio; y que deben impulsar a los fieles que desean alcanzarlos a asistir asiduamente a ella, incluso los días en que no hay obligación; a no estar en ella sino con las disposiciones necesarias para participar en ella; y a ponerse en disposición de alcanzar todos los días algunas de esas gracias, pidiéndoselas a Dios según la necesidad que de ellas tengan.

20 de enero de 2015

ATENTOS A LAS NUEVAS COLONIZACIONES IDEOLÓGICAS

ENCUENTRO CON LAS FAMILIAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Mall of Asia Arena, Manila
Viernes 16 de enero de 2015
Estimadas familias,
queridos amigos en Cristo:

Muchas gracias por vuestra presencia aquí esta noche y por el testimonio de vuestro amor a Jesús y a su Iglesia. Agradezco a monseñor Reyes, Presidente de la Comisión Episcopal de Familia y Vida, sus palabras de bienvenida. Y, de una manera especial, doy las gracias a los que han presentado sus testimonios – gracias – y han compartido su vida de fe con nosotros. La Iglesia de Filipinas está bendecida por el apostolado de muchos movimientos que se ocupan de la familia, y yo les agradezco su testimonio.
Las Escrituras rara vez hablan de san José, pero cuando lo hacen, a menudo lo encuentran descansando, mientras un ángel le revela la voluntad de Dios en sueños. En el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, nos encontramos con José que descansa no una vez sino dos veces. Esta noche me gustaría descansar en el Señor con todos vosotros. Tengo necesidad de descansar en el Señor con las familias, y recordar mi familia: mi padre, mi madre, mi abuelo, mi abuela… Hoy descanso con vosotros y quisiera reflexionar con vosotros sobre el don de la familia.
Pero antes quisiera decir algo sobre el sueño. Mi inglés es tan pobre. Si me lo permitís, pediré a Mons. Miles de traducir y hablaré en español. A mí me gusta mucho esto de soñar en una familia. Toda mamá y todo papá soñó a su hijo durante nueve meses ¿es verdad o no?  Soñar cómo será el hijo. No es posible una familia sin soñar. Cuando en una familia se pierde la capacidad de soñar los chicos no crecen, el amor no crece, la vida se debilita y se apaga. Por eso les recomiendo que a la noche, cuando hacen el examen de conciencia, se hagan también, también, esta pregunta: ¿Hoy soñé con el futuro de mis hijos? ¿hoy soñé con el amor de mi esposo, de mi esposa? ¿hoy soñé con mis padres, mis abuelos que llevaron la historia hasta mí. ¡Es tan importante soñar! Primero de todo soñar en una familia. No pierdan esta capacidad de soñar.
Y también cuántas dificultades en la vida del matrimonio se solucionan si nos tomamos un espacio de sueño. Si nos detenemos y pensamos en el cónyuge, en la cónyuge. Y soñamos con las bondades que tiene, las cosas buenas que tiene. Por eso es muy importante recuperar el amor a través de la ilusión de todos los días. ¡Nunca dejen de ser novios!
A José le fue revelada la voluntad de Dios durante el descanso. En este momento de descanso en el Señor, cuando nos detenemos de nuestras muchas obligaciones y actividades diarias, Dios también nos habla. Él nos habla en la lectura que acabamos de escuchar, en nuestra oración y testimonio, y en el silencio de nuestro corazón. Reflexionemos sobre lo que el Señor nos quiere decir, especialmente en el Evangelio de esta tarde. Hay tres aspectos de este pasaje que me gustaría que considerásemos. Primero: descansar en el Señor. Segundo: levantarse con Jesús y María. Tercero: ser una voz profética.
Descansar en el Señor. El descanso es necesario para la salud de nuestras mentes y cuerpos, aunque a menudo es muy difícil de lograr debido a las numerosas obligaciones que recaen sobre nosotros. Pero el descanso es también esencial para nuestra salud espiritual, para que podamos escuchar la voz de Dios y entender lo que él nos pide. José fue elegido por Dios para ser el padre putativo de Jesús y el esposo de María. Como cristianos, también vosotros estáis llamados, al igual que José, a construir un hogar para Jesús. Preparar una casa para Jesús. Le preparáis un hogar en vuestros corazones, vuestras familias, vuestras parroquias y comunidades.
Para oír y aceptar la llamada de Dios, y preparar una casa para Jesús, debéis ser capaces de descansar en el Señor. Debéis dedicar tiempo cada día a descansar en el Señor, a la oración. Rezar es descansar en el Señor. Es posible que me digáis: Santo Padre, lo sabemos, yo quiero orar, pero tengo mucho trabajo. Tengo que cuidar de mis hijos; además están las tareas del hogar; estoy muy cansado incluso para dormir bien. Tenéis razón, seguramente es así, pero si no oramos, no conoceremos la cosa más importante de todas: la voluntad de Dios sobre nosotros. Y a pesar de toda nuestra actividad y ajetreo, sin la oración, lograremos realmente muy poco.
Descansar en la oración es especialmente importante para las familias. Donde primero aprendemos a orar es en la familia. No olvidéis: cuando la familia reza unida, permanece unida. Esto es importante. Allí conseguimos conocer a Dios, crecer como hombres y mujeres de fe, vernos como miembros de la gran familia de Dios, la Iglesia. En la familia aprendemos a amar, a perdonar, a ser generosos y abiertos, no cerrados y egoístas. Aprendemos a ir más allá de nuestras propias necesidades, para encontrar a los demás y compartir nuestras vidas con ellos. Por eso es tan importante rezar en familia. Muy importante. Por eso las familias son tan importantes en el plan de Dios sobre la Iglesia. Rezar juntos en familia es descansar en el Señor.
Yo quisiera decirles también una cosa personal. Yo quiero mucho a san José, porque es un hombre fuerte y de silencio y en mi escritorio tengo una imagen de san José durmiendo y durmiendo cuida a la Iglesia. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de san José, para que lo sueñe. Esto significa para que rece por ese problema.
Otra consideración: levantarse con Jesús y María. Esos momentos preciosos de reposo, de descanso con el Señor en la oración, son momentos que quisiéramos tal vez prolongar. Pero, al igual que san José, una vez que hemos oído la voz de Dios, debemos despertar, levantarnos y actuar (cf. Rm 13,11). Como familia, debemos levantarnos y actuar. La fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce más profundamente en él. Esto es muy importante. Debemos adentrarnos en el mundo, pero con la fuerza de la oración. Cada uno de nosotros tiene un papel especial que desempeñar en la preparación de la venida del reino de Dios a nuestro mundo.
Del mismo modo que el don de la sagrada Familia fue confiado a san José, así a nosotros se nos ha confiado el don de la familia y su lugar en el plan de Dios. Lo mismo que con san José. A san José el regalo de la Sagrada Familia le fue encomendado para que lo llevara adelante, a cada uno de ustedes y de nosotros – porque yo también soy hijo de una familia – nos entregaron el plan de Dios para llevarlo adelante. El ángel del Señor le reveló a José los peligros que amenazaban a Jesús y María, obligándolos a huir a Egipto y luego a instalarse en Nazaret. Así también, en nuestro tiempo, Dios nos llama a reconocer los peligros que amenazan a nuestras familias para protegerlas de cualquier daño.
Estemos atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas. Existen colonizaciones ideológicas que buscan destruir la familia. No nacen del sueño, de la oración, del encuentro con Dios, de la misión que Dios nos da. Vienen de afuera, por eso digo que son colonizaciones. No perdamos la libertad de la misión que Dios nos da, la misión de la familia. Y así como nuestros pueblos en un momento de su historia llegaron a la madurez de decirle ‘no’ a cualquier colonización política, como familia tenemos que ser muy, muy sagaces, muy hábiles, muy fuertes para decir ‘no’ a cualquier intento de colonización ideológica sobre la familia. Y pedirle a san José, que es amigo del ángel, que nos mande la inspiración para saber cuándo podemos decir ‘sí’ y cuándo debemos decir ‘no’.
Las dificultades que hoy pesan sobre la vida familiar son muchas. Aquí, en las Filipinas, multitud de familias siguen sufriendo los efectos de los desastres naturales. La situación económica ha provocado la separación de las familias  a causa de la migración y la búsqueda de empleo, y los problemas financieros gravan sobre muchos hogares. Si, por un lado, demasiadas personas viven en pobreza extrema, otras, en cambio, están atrapadas por el materialismo y un estilo de vida que destruye la vida familiar y las más elementales exigencias de la moral cristiana. Éstas son las colonizaciones ideológicas. La familia se ve también amenazada por el creciente intento, por parte de algunos, de redefinir la institución misma del matrimonio, guiados por el relativismo, la cultura de lo efímero, la falta de apertura a la vida.
Pienso en el beato Pablo VI en un momento donde se le proponía el problema del crecimiento de la población tuvo la valentía de defender la apertura a la vida de la familia. Él sabía las dificultades que había en cada familia, por eso en su Carta Encíclica era tan misericordioso con los casos particulares. Y pidió a los confesores que fueran muy misericordiosos y comprensivos con los casos particulares. Pero él miró más allá, miró a los pueblos de la tierra y vio esta amenaza de destrucción de la familia por la privación de los hijos. Pablo VI era valiente, era un buen pastor y alertó a sus ovejas de los lobos que venían. Que desde el cielo nos bendiga esta tarde.
Nuestro mundo necesita familias buenas y fuertes para superar estos peligros. Filipinas necesita familias santas y unidas para proteger la belleza y la verdad de la familia en el plan de Dios y para que sean un apoyo y ejemplo para otras familias. Toda amenaza para la familia es una amenaza para la propia sociedad. Como afirmaba a menudo san Juan Pablo II, el futuro de la humanidad pasa por la familia (cf. Familiaris Consortio, 85). El futuro pasa a través de la familia. Así pues, ¡custodiad vuestras familias! ¡proteged vuestras familias! Ved en ellas el mayor tesoro de vuestro país y sustentarlas siempre con la oración y la gracia de los sacramentos. Las familias siempre tendrán dificultades, así que no le añadáis otras. Más bien, sed ejemplo vivo de amor, de perdón y atención. Sed santuarios de respeto a la vida, proclamando la sacralidad de toda vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. ¡Qué gran don para la sociedad si cada familia cristiana viviera plenamente su noble vocación! Levantaos con Jesús y María, y seguid el camino que el Señor traza para cada uno de vosotros.
Por último, el Evangelio que hemos escuchado nos recuerda nuestro deber cristiano de ser voces proféticas en medio de nuestra sociedad. José escuchó al ángel del Señor, y respondió a la llamada de Dios a cuidar de Jesús y María. De esta manera, cumplió su papel en el plan de Dios, y llegó a ser una bendición no sólo para la sagrada Familia, sino para toda la humanidad. Con María, José sirvió de modelo para el niño Jesús, mientras crecía en sabiduría, edad y gracia (cf. Lc 2,52). Cuando las familias tienen hijos, los forman en la fe y en sanos valores, y les enseñan a colaborar en la sociedad, se convierten en una bendición para nuestro mundo. Las familias pueden llegar a ser una bendición para el mundo. El amor de Dios se hace presente y operante a través de nuestro amor y de las buenas obras que hacemos. Extendemos así el reino de Cristo en este mundo. Y al hacer esto, somos fieles a la misión profética que hemos recibido en el bautismo.
Durante este año, que vuestros obispos han establecido como el Año de los Pobres, os pediría, como familias, que fuerais especialmente conscientes de vuestra llamada a ser discípulos misioneros de Jesús. Esto significa estar dispuestos a salir de vuestras casas y atender a nuestros hermanos y hermanas más necesitados. Os pido además que os preocupéis de aquellos que no tienen familia, en particular de los ancianos y niños sin padres. No dejéis que se sientan nunca aislados, solos y abandonados; ayudadlos para que sepan que Dios no los olvida. Hoy quedé sumamente conmovido en el corazón después de la Misa, cuando visité ese hogar de niños solos, sin familia. Cuánta gente trabaja en la Iglesia para que ese hogar sea una familia. Esto significa llevar adelante proféticamente qué significa una familia. Incluso si vosotros mismos sufrís la pobreza material, tenéis una abundancia de dones cuando dais a Cristo y a la comunidad de su Iglesia. No escondáis vuestra fe, no escondáis a Jesús, llevadlo al mundo y dad el testimonio de vuestra vida familiar.
Queridos amigos en Cristo, sabed que yo rezo siempre por vosotros. Rezo por las familias, lo hago. Rezo para que el Señor siga haciendo más profundo vuestro amor por él, y que este amor se manifieste en vuestro amor por los demás y por la Iglesia. No olvidéis a Jesús que duerme. No olvidéis a san José que duerme. Jesús ha dormido con la protección de José. No lo olvidéis: el descanso de la familia es la oración. No olvidéis de rezar por la familia. No dejéis de rezar a menudo y que vuestra oración dé frutos en todo el mundo, de modo que todos conozcan a Jesucristo y su amor misericordioso. Por favor, dormid también por mí y rezad también por mí, porque necesito verdaderamente vuestras oraciones y siempre cuento con ellas. Muchas gracias.

19 de enero de 2015

LA ACTIVIDAD SINIESTRA DE SATANÁS

Según revela Mª Virginia Olivera de Gristelli en InfoCatólica, la sección femenina de los Franciscanos de la Inmaculada ha sido objeto de peculiares acusaciones por parte de los actuales responsables de la congregación, designados por la Santa Sede. A las religiosas se les achaca el no comprender lo que rezan, por hacerlo en latín, el tipo de pobreza que practican, el no recibir formación en la «teología de género» y su voto mariano.
Estas serían las recientes acusaciones, plenamente acreditadas, contra las religiosas:
«Las hermanas no comprenden lo que rezan», aludiendo a la elección del rito tradicional para el rezo del Oficio, en latín.
«Es inconveniente la práctica de la pobreza tal como las Hermanas lo viven», es decir, según Regla original de S. Francisco –aprobada y alabada por Tradición y Magisterio reiteradamente-, renunciando absolutamente a toda posesión, pues sus bienes son de quienes las acogen (obispos y bienhechores). El argumento que se ha esgrimido es que contribuyen al enriquecimiento de familiares o amigos al testar a su favor.
«Se mantiene a las hermanas en la ignorancia», pues en su formación no se incluye la teología de género.
Se les ha planteado finalmente que es inadmisible su «voto mariano» (cuarto voto en la Congregación), manifestándoseles que «no se puede obedecer a la Virgen, sino a Dios».
Esta última acusación es concorde con el sorprendente disgusto manifestado por Sor Fernanda Barbiero (ex directora del Inst. Pontificio Regina Mundi), la Comisaria designada para las Franciscanas, quien refiriéndose a la imagen de la Inmaculada que estaba sobre la mesa para presidir una de sus visitas, le dijo a las hermanas «por favor, saquen a ‘Esta’ de aquí», para comenzar a conversar
Fuente: Infocatólica
Comentario: Desde este blog y ante los acontecimientos arriba mencionados, no podemos menos que manifestar nuestra absoluta solidaridad con los Institutos Religiosos de los Franciscanos y Franciscanas de la Inmaculada ante la diabólica persecución de que vienen siendo objeto.
Tristemente parecen estar cumpliéndose las palabras proféticas del Papa León XIII, después de la terrible visión que tuvo el Pontífice respecto a la tenebrosa actividad de Satanás y de las legiones infernales, así como de los enemigos de la Santa Iglesia que desde su interior confabulan contra ella:
"Donde fueron establecidas la Sede de San Pedro y la Cátedra de la Verdad como luz para las naciones, ellos han erigido el trono de la abominación de la impiedad, de suerte que, golpeado el Pastor, pueda dispersarse la grey".
Si el Papa Pablo VI denunció que "el humo de Satanás ha entrado por alguna fisura en el templo de Dios", hoy parecería que él mismo en persona estuviese llevando a cabo su labor siniestra en el corazón mismo de la Iglesia militante.
Los lamentables hechos arriba mencionados son una blasfemia contra la Madre de Dios. Eso no puede ser inspirado por nadie más que por el Maligno, enemigo eterno de la Inmaculada.
Siguiendo el sabio consejo de León XIII recemos cada día la Oración de San Miguel Arcángel y vivamos más unidos que nunca al Corazón Inmaculado de María.
P. Manuel María de Jesús

17 de enero de 2015

SÁBADO MARIANO

ORACIÓN MARIANA
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Santuario de Nuestra Señora del Rosario, Madhu , Sri Lanka
Miércoles 14 de enero de 2015

Queridos hermanos y hermanas
Estamos en la casa de nuestra Madre. Aquí ella nos da la bienvenida. En este santuario de Nuestra Señora de Madhu, todo peregrino se puede sentir en su casa, porque aquí María nos lleva a la presencia de su Hijo Jesús. Aquí vienen los habitantes de Sri Lanka, tamiles y cingaleses por igual, como miembros de una sola familia. Encomiendan a María sus alegrías y tristezas, sus esperanzas y necesidades. Aquí, en su casa, se sienten seguros. Saben que Dios está muy cerca; sienten su amor; conocen su ternura y misericordia, la tierna misericordia de Dios.
Se encuentran hoy aquí familias que han sufrido mucho en el largo conflicto que rasgó el corazón de Sri Lanka. Muchas personas, tanto del norte como del sur, fueron asesinadas en la terrible violencia y derramamiento de sangre de aquellos años. Los habitantes de Sri Lanka no pueden olvidar los trágicos acontecimientos ocurridos en este mismo lugar, o el triste día en que la venerada imagen de María, que data de la llegada de los primeros cristianos a Sri Lanka, fue arrancada de su santuario.
Pero la Virgen permanece siempre con vosotros. Ella es la madre de todo hogar, de toda familia herida, de todos los que están tratando de volver a una existencia pacífica. Hoy le damos las gracias por haber protegido a la población de Sri Lanka de tantos peligros pasados y presentes. María nunca olvida a sus hijos en esta isla resplandeciente. Al igual que nunca se apartó del lado de su Hijo en la cruz, así nunca se aparta de sus hijos que sufren en Sri Lanka.
Hoy queremos dar las gracias a la Virgen por su presencia. Ante tanto odio, violencia y destrucción, queremos darle las gracias porque sigue llevándonos a Jesús, el único que tiene el poder para curar las heridas abiertas y devolver la paz a los corazones desgarrados. Pero también queremos pedirle que implore para nosotros la gracia de la misericordia de Dios. Pedimos también la gracia de reparar por nuestros pecados y por todo el mal que esta tierra ha conocido.
No es fácil hacer esto. Sin embargo, cuando llegamos a entender, a la luz de la Cruz, el mal que somos capaces de hacer, y del que incluso formamos parte, podremos experimentar el auténtico remordimiento y el verdadero arrepentimiento. Sólo entonces podremos recibir la gracia de acercarnos unos a otros, con una verdadera contrición, dando y recibiendo el perdón verdadero. En esta difícil tarea de perdonar y tener paz, María siempre está presente para animarnos, para guiarnos, para mostrarnos el camino. De la misma manera que perdonó a los verdugos de su Hijo al pie de la cruz, y luego recibió su cuerpo exánime entre sus manos, así ahora quiere guiar al pueblo de Sri Lanka a una mayor reconciliación, para que el bálsamo del perdón y la misericordia de Dios proporcione una verdadera curación para todos.
Por último, queremos pedir a María Madre que acompañe con su intercesión los esfuerzos de ambas comunidades de Sri Lanka, tamiles y cingaleses, por reconstruir la unidad que se había perdido. Al igual que su imagen volvió a su santuario de Madhu después de la guerra, pedimos al Señor que todos sus hijos e hijas de Sri Lanka puedan volver ahora a la casa de Dios con un renovado espíritu de reconciliación y comunión.
Queridos hermanos y hermanas, me siento feliz de estar con vosotros en la casa de María. Oremos unos por otros. Sobre todo, pidamos que este santuario sea siempre una casa de oración y un remanso de paz. Que, por intercesión de Nuestra Señora de Madhu, todos los hombres encuentren aquí el ánimo y la fuerza para construir un futuro de reconciliación, justicia y paz para todos los hijos de esta querida tierra. Amén.

16 de enero de 2015

EL PECADO DE BLASFEMIA

DE LA BLASFEMIA
Cum ergo videritis abominationem desolationis.
Cuando veréis la abominación desoladora.
(Matth. XXIV. 15)
Dios abomina todos los pecados; pero, especialmente, el de la blasfemia; porque, aunque todos ofenden a Dios, y ceden en deshonra del Señor, como dice el Apóstol: Per prœvaricationem legis Deus inhonoras. (Rom. II, 23). Sin embargo, si bien los demás pecados le deshonran indirectamente, quebrantando su ley, la blasfemia le deshonra directamente, maldiciendo su santo nombre. Nihil ita exacerbat Deum, sicut quando nomen ejus blasphematur. Permitidme, pues, amados cristianos, que os haga ver en este día:
CUAN GRANDE PECADO ES LA BLASFEMIA
1. ¿Qué cosa es blasfemia? Es un dicho injurioso a Dios: Est contumeliosa in Deum locutio; así la definen los doctores. ¡Pero Dios mío! ¿Con quién se las ha el hombre cuando blasfema? Se la ha directamente con el mismo Dios: Contra Omnipotentem roboratus est. (Job. XV, 25). Y ¿cómo, -dice San Efrén- no temes, ¡oh blasfemo! que baje el fuego del Cielo y te devore? ¿Que se abra bajo tus plantas la tierra y se te trague? Los demonios tiemblan al oír el nombre de Cristo, exclama San Gregorio Nacianceno, y ¿cómo no temblamos nosotros de injuriarle? El vengativo se las ha con un igual suyo; más el que blasfema, quiere vengarse de Dios mismo, que hace o permite aquella cosa que disgusta al hombre blasfemo. Hay una gran diferencia ente ofender al retrato del rey y ofender a su misma persona. El que ofende al hombre, ofende a la imagen de Dios; pero el blasfemo ofende al mismo Dios, dice San Atanasio: Qui blasphemat, contra ipsam Deidate agit. El que quebranta la ley del rey, peca; pero el que ofende a la misma persona del rey, comete delito de lesa majestad, que es castigado con mayores castigos, y no puede ser indultado. ¿Qué diremos, pues, del blasfemo, que injuria a la majestad divina? Decía en su cántico Ana la profetisa: Si un hombre peca contra otro, se puede alcanzar de Dios el perdón, más si peca contra Dios, ¿quién rogará por él? (I. Reg. II, 25). Con efecto, es tan enorme el pecado de blasfemia, que parece que ni los mismos santos están dispuestos a interceder a favor de un blasfemo.
2. Además: las bocas sacrílegas blasfeman contra un Dios que las sostiene. Con razón exclama San Juan Crisóstomo: Tu Deo benefacienti tibi, et tui curam agenti maledicis? ¿Tú te atreves a maldecir a Dios, que te llenó de beneficios y te conserva? Señal es que ya está uno de tus pies en el Infierno, y que si Dios no te conservase la vida por su divina misericordia, estarías ya condenado para siempre; y en lugar de darle gracias, le maldices al propio tiempo que Él te está llenando de beneficios. De esto se queja por David (Psal. LIV, 13), diciendo: En verdad, que si me hubiese llenado de maldiciones un enemigo mío, hubieralo sufrido con paciencia; pero tú me maldices al mismo tiempo que yo te estoy bendiciendo. ¡Oh lengua diabólica! exclama San Bernardo de Sena, ¿qué cosa te irrita hasta el punto de blasfemar  de tu Dios, que te creó y redimió con su sangre? Algunos blasfeman hasta de Jesucristo, que murió por su amor en una cruz; siendo así que, aunque no estuviésemos condenados a morir, deberíamos desear morir por amor a Jesucristo, para mostrar, de algún modo, nuestro agradecimiento a un Dios que dio su vida por nosotros. Digo de algún modo, porque no hay comparación entre la muerte de una vil criatura y la de un Dios; y, sin embargo, tú, pecador, tú, blasfemo, en lugar de amarle y bendecirle, le maldices, como dice San Agustín: Los judíos azotaron a Jesucristo, pero no le azotan menos los malos cristianos con sus blasfemias. Otros han blasfemado contra la Santísima Virgen María, Madre de Dios, que tanto nos ama, y que siempre está rogando por nosotros: sin embargo, alguno de esos hombres malvados han sido castigados terriblemente por Dios. Refiere Surio (en el día 7 de agosto) que un impío blasfemó de la Virgen, y en seguida hirió con un puñal su santísima imagen que estaba en una iglesia; pero, al punto que salió de allí, cayó un rayo y le redujo a cenizas. El infame Nestorio, que había blasfemado también y movido a otros a blasfemar de María santísima, diciendo que no era verdadera Madre de Dios, murió desesperado con la lengua comida de gusanos.
3Quis loquitur blasphemias? (Luc. V, 21). Y ¿quién es el blasfemo? Un cristiano, uno que ha recibido el santo Bautismo, por el cual quedó consagrada su lengua. Se pone dice un santo doctor, sal bendecida en la lengua del que va a ser bautizado, para que la legua del cristiano quede consagrada y se acostumbre a bendecir a Dios. Y ¿es posible, que esta misma lengua se convierta después en una espada que traspase el corazón de Dios? pregunta San Bernardino: Lingua blasphemantis efficitur quasi gladius cor Dei penetrans? (Tom. 4 ser. 33). Luego añade el mismo Santo, que ningún pecado contiene tanta malicia como la blasfemia. Y antes que él lo dijo San Juan Crisóstomo con distintas palabras: Nullem hoc peccato deterius, nam in eo accesio est omnium malorum et omne supplicium. Del mismo modo se explicó San Jerónimo, diciendo que: Cualquier otro pecado es leve, comparado con la blasfemia. Y aquí debemos advertir, que la blasfemia contra los santos y los cosas santas, como la misa, los sacramentos, los misterios, etc., son de la misma especie que las blasfemias contra Dios, que es la fuente de la santidad.
4. Decimos, pues, con San Jerónimo, que la blasfemia es un pecado más grave que el hurto y que el adulterio, porque como todos los otros pecados como dice San Bernardino, dimanan, o de la fragilidad, o de la ignorancia; pero el pecado de la blasfemia proviene de la propia malicia. Porque, en efecto procede de una mala voluntad y de cierto odio concebido contra Dios; y así, el blasfemo se hace semejante a los réprobos, los cuales, como dice Santo Tomás, no blasfeman con la boca, porque no tienen cuerpo; pero blasfeman con el corazón, maldiciendo la divina justicia que los castiga. Y añade el santo Doctor: que es creíble, que después de la resurrección, así como los Santos en el Cielo alabarán a Dios también con la voz, así los réprobos en el Infierno le blasfemarán igualmente con ella. Con razón, pues, llama un autor a la blasfemia, lenguaje del Infierno, diciendo que: el demonio habla por la boca de los blasfemos, así como Dios habla por la boca de los santos. Cuando San Pedro negaba a Jesucristo en el palacio de Caifás, jurando que no le conocía, le dijeron los judíos que su acento descubría que era discípulo suyo, porque pronunciaba lo mismo que su Maestro. (Matth XXVI, 73). Lo mismo podemos decir del blasfemo: Tú eres del Infierno, y verdadero discípulo de Lucifer, porque hablas el lenguaje de los condenados. Escribe San Antonio, que los condenados en el Infierno no se ocupan en otra cosa que en blasfemar y maldecir a Dios. Y en prueba de esto, aduce el texto del Apocalipsis: Y se despedazaron las lenguas en el exceso de su dolor, y blasfemaron del Dios del Cielo. (Apoc. XVI, 10 et 11). San Antonio, en fin, añade que el que tiene el vicio de blasfemar, pertenece, aún en ésta vida, a la clase de los réprobos, cuyas funciones desempeña.
5.  A la malicia de la blasfemia, debemos añadir el escándalo, que, de ordinario, causa este infame pecado por cuanto suele siempre cometerse externamente y en presencia de otros. San Pablo reprendía a los judíos, cuyos pecados daban motivo a que los gentiles blasfemasen de Dios y se burlasen de su Ley. ¿Cuánto, pues, más culpables son los cristianos que inducen a los demás a imitar sus blasfemias? Pero ¿cómo sucede, pregunto yo, que en ciertas provincias no se oye blasfemar a ninguno, o se oye raras veces; y en otras, al contrario, reina escandalosamente la blasfemia, de manera, que se puede decir de ellas lo que decía Dios por Isaías: Todo el día sin cesar está blasfemándose mi Nombre?. Por las plazas, por las casas, por las ciudades, y por las aldeas, no se oye otras cosas que blasfemias. ¿En qué consiste esto? Consiste en que los unos aprenden de los otros; los hijos de los padres, los criados de los amos, los jóvenes de los ancianos. Especialmente en ciertas familias, parece que el vicio de la blasfemia pasa por herencia de padres a hijos: el padre es blasfemo y por esto lo son después los hijos, los nietos y todos sus descendientes. ¡Oh padre maldito, causa de tanto mal, que en vez de enseñar a tus hijos a bendecir a Dios, les enseñas a blasfemar de Dios y de sus Santos! Dirá alguno: Yo los reprendo cuando los oigo blasfemar. ¿Pero de que sirven esas tus reprensiones, si tú mismo les das el mal ejemplo con la boca? Por el amor de Dios y por el de tus hijos mismos, no blasfemes en adelante, ¡oh padre de familia! y guárdate de blasfemar, especialmente delante de tus hijos, repréndelos con aspereza, como encarga San Juan Crisóstomo, diciendo: Castiga su boca, y santifica tu mano con este castigo. Hay algunos padres que castigan bárbaramente a sus hijos, si no hacen al punto lo que les mandan; empero, si les oyen blasfemar de los Santos, o se ríen, o no los reprenden. San Gregorio refiere: que un niño de cinco años, hijo de un noble romano, acostumbraba a poner en ridículo el nombre de Dios, y que el padre no le reprendía. Un día que se vio el niño asaltado por ciertos hombres negros, y, espantado, corrió a los brazos de su padre; pero aquellos hombres negros eran demonios salidos del Infierno, le mataron entre los brazos del padre, y se lo llevaron al abismo.


CON CUANTO RIGOR CASTIGA DIOS EL PECADO DE LA BLASFEMIA
6. Dice Isaías: ¡Ay de la gente pecadora que blasfema del Santo de Israel! ¡Ay de los blasfemos, que serán eternamente infelices! porque, según Tobías, todos los que blasfeman serán condenados. (Tob. XIII, 16). Y por boca de Job dice Dios: Si imitas el habla de los blasfemos, serán tus propias palabras y no yo, las que te condenarán. (Job. XV, 5 et 6). Dirá pues el Señor al tiempo de condenarle: No soy yo quien te condena al Infierno, sino tu misma boca, con la que te atreviste a maldecirme a mí y a mis Santos. Los infelices blasfemos seguirán blasfemando en el Infierno para mayor tormento suyo; porque  las mismas blasfemias les recordarán sin cesar, que por este pecado se perdieron para siempre.
7. Mas los blasfemos, no solamente serán castigados en el Infierno, sino también en éste mundo. En la ley antigua eran condenados a muerte por estas palabras: El que blasfemare el nombre del Señor, muera apedreado por todo el pueblo.(Lev. XXIV, 16). También en la ley nueva eran condenados a muerte, después del emperador Justiniano. San Luis, rey de Francia, los castigaba, haciéndoles agujerear la lengua, y marcar la frente con hierro candente; y si alguno, después de este castigo volvía a blasfemar, mandó que muriera irremisiblemente ajusticiado. Cierto autor refiere, que la ley civil les privaba del derecho de poder ser testigos en tela de juicio; y por la constitución de Gregorio XIV, quedaban excluidos del derecho de sepultura. Y todavía se queja y se lamenta el blasfemo de lo que le sucede: “Yo no sé en qué consiste, dice, pero me veo siempre en la mayor miseria. Alguna excomunión ha caído sobre mi casa”. La verdadera excomunión es la maldita blasfemia que siempre tiene en la boca: ésta es la que te hace estar siempre pobre y maldecido de Dios. 
8. ¡Cuántos ejemplos pudiera yo citaros de hombres blasfemos que han tenido una muerte desastrada! Cuenta el P. Segneri (Tom. 1, pág. 8), que dos hombres que habían blasfemado de la sangre de Jesucristo en la Gascuña, fueron muertos en una riña poco después, y despedazados por los perros. Un habitante de Méjico, reprendido por sus blasfemias, respondió: “En adelante he de blasfemar más”; pero aquella misma noche su lengua quedó pegada al paladar, y murió el infeliz sin dar señales de arrepentimiento. Omito otros muchos casos terribles por no molestar, y que podréis leer en el libro Contra la blasfemia del Padre Sarnelli.
9. Para concluir, decidme, blasfemos que me escucháis ¿qué utilidad sacáis es esta detestable costumbre? Ella no os proporciona placer alguno, porque como dice el cardenal Belarmino, es un pecado sin placer. Ella no os enriquece, porque las riquezas huyen de los blasfemos. Tampoco os acarrea honor, porque cuando blasfemáis, llenáis de horror a cuantos oyen, aún a aquellos mismos que tienen la misma costumbre de vosotros, pues todos os llaman boca de condenados. Decidme, pues, ¿por qué blasfemáis? -Padre es una costumbre. ¿Y creéis que la costumbre os excusará delante de Dios? Si un hijo apalease a su padre, y le dijese después: Padre mío, perdonadme, porque esto es una costumbre, ¿os parece que su padre le excusaría? Decís que blasfemáis por la cólera que os excitan los hijos, la mujer o el amo. Más ¿es cosa justa que descarguéis contra Dios y sus Santos, la cólera que aquellos causaron? Pero el demonio me tienta, añade el blasfemo. Si el demonio te tienta, haz lo que hacía cierto joven, que viéndose tentado de la blasfemia, fue a pedir consejo al abad Pemene, quien le dijo: que cuando el demonio le volviese a tentar le respondiera: ¿Y para que he de blasfemar de aquel Dios que me creó y me hizo tanto bien? Yo quiero alabarle y bendecirle sin cesar. Y con esta medicina, el demonio dejó de tentarle. Cuando sientas algún rapto de cólera, ¿no puedes desahogarte con otras palabras que no sean blasfemias? Por ejemplo Maldito sea el pecado; Señor, ayudadme; Virgen María dadme paciencia. Y si hasta ahora has tenido el vicio de blasfemar, desde hoy en adelante, renueva cada día, al tiempo de levantarte, el propósito de hacerte violencia para no blasfemar, y además, rezarás a María Santísima tres Aves Marías, para que te ayude a conseguir la gracia de resistir a las tentaciones de blasfemia que te asalte. Sí católicos, detestad este vicio, que os conduce al Infierno, y os hace ingratos contra el mismo Creador, que os dio la vida, y contra Jesucristo, que os redimió con su preciosa sangre. De este modo evitaréis la mala muerte que os espera si continuáis blasfemando, y disfrutaréis de la gloria de Dios por toda la eternidad. Amén.
San Alfonso María de Ligorio

15 de enero de 2015

SAN JOSÉ VAZ

PAPA FRANCISCO CANONIZA A SAN JOSÉ VAZ,
 PRIMER SANTO DE SRI LANKA
Homilía del Santo Padre:
«Verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios» (Is 52,10).
Ésta es la extraordinaria profecía que hemos escuchado en la primera lectura de hoy. Isaías anuncia la predicación del Evangelio de Jesucristo a todos los confines de la tierra. Esta profecía tiene un significado especial para nosotros al celebrar la canonización de un gran misionero del Evangelio, San José Vaz.
Al igual que muchos misioneros en la historia de la Iglesia, él respondió al mandato del Señor resucitado de hacer discípulos de todas las naciones (cf. Mc 16,15). Con sus palabras, pero más aún, con el ejemplo de su vida, ha llevado al pueblo de este país a la fe que nos hace partícipes de «la herencia de los santos» (Hch 20,32).
En San José Vaz vemos un signo espléndido de la bondad y el amor de Dios para con el pueblo de Sri Lanka. Pero vemos también en él un estímulo para perseverar en el camino del Evangelio, para crecer en santidad, y para dar testimonio del mensaje evangélico de la reconciliación al que dedicó su vida.
Sacerdote del Oratorio en su Goa natal, San José Vaz llegó a este país animado por el celo misionero y un gran amor por sus gentes. Debido a la persecución religiosa, vestía como un mendigo y ejercía sus funciones sacerdotales en los encuentros secretos de los fieles, a menudo por la noche. Sus desvelos dieron fuerza espiritual y moral a la atribulada población católica.
Se entregó especialmente al servicio de los enfermos y cuantos sufren. Su atención a los enfermos, durante una epidemia de viruela en Kandy, fue tan apreciada por el rey que se le permitió una mayor libertad de actuación. Desde Kandy pudo llegar a otras partes de la isla. Se desgastó en el trabajo misionero y murió, extenuado, a la edad de cincuenta y nueve años, venerado por su santidad.
San José Vaz sigue siendo un modelo y un maestro por muchas razones, pero me gustaría centrarme en tres. En primer lugar, fue un sacerdote ejemplar. Hoy aquí, hay muchos sacerdotes y religiosos, hombres y mujeres que, al igual que José Vaz, están consagrados al servicio de Dios y del prójimo. Los animo a encontrar en San José Vaz una guía segura. Él nos enseña a salir a las periferias, para que Jesucristo sea conocido y amado en todas partes.
Él es también un ejemplo de sufrimiento paciente a causa del Evangelio, de obediencia a los superiores, de solicitud amorosa para la Iglesia de Dios (cf.Hch 20,28). Como nosotros, vivió en un período de transformación rápida y profunda; los católicos eran una minoría, y a menudo divididos entre sí; externamente sufrían hostilidad ocasional, incluso persecución. Sin embargo, y debido a que estaba constantemente unido al Señor crucificado en la oración, llegó a ser para todas las personas un icono viviente del amor misericordioso y reconciliador de Dios.
En segundo lugar, San José Vaz nos muestra la importancia de ir más allá de las divisiones religiosas en el servicio de la paz. Su amor indiviso a Dios lo abrió al amor del prójimo; sirvió a los necesitados, quienquiera que fueran y dondequiera que estuvieran. Su ejemplo sigue siendo hoy una fuente de inspiración para la Iglesia en Sri Lanka, que sirve con agrado y generosidad a todos los miembros de la sociedad.
No hace distinción de raza, credo, tribu, condición social o religión, en el servicio que ofrece a través de sus escuelas, hospitales, clínicas, y muchas otras obras de caridad. Lo único que pide a cambio es libertad para llevar a cabo su misión. La libertad religiosa es un derecho humano fundamental.
Toda persona debe ser libre, individualmente o en unión con otros, para buscar la verdad, y para expresar abiertamente sus convicciones religiosas, libre de intimidaciones y coacciones externas. Como la vida de San José Vaz nos enseña, el verdadero culto a Dios no lleva a la discriminación, al odio y la violencia, sino al respeto de la sacralidad de la vida, al respeto de la dignidad y la libertad de los demás, y al compromiso amoroso por todos.
Por último, San José Vaz nos da un ejemplo de celo misionero. A pesar de que llegó a Ceilán para ayudar y apoyar a la comunidad católica, en su caridad evangélica llegó a todos. Dejando atrás su hogar, su familia, la comodidad de su entorno familiar, respondió a la llamada a salir, a hablar de Cristo dondequiera que fuera.
San José Vaz sabía cómo presentar la verdad y la belleza del Evangelio en un contexto multirreligioso, con respeto, dedicación, perseverancia y humildad. Éste es también hoy el camino para los que siguen a Jesús. Estamos llamados a salir con el mismo celo, el mismo ardor, de San José Vaz, pero también con su sensibilidad, su respeto por los demás, su deseo de compartir con ellos esa palabra de gracia (cf.Hch 20,32), que tiene el poder de edificarles. Estamos llamados a ser discípulos misioneros.
Queridos hermanos y hermanas, pido al Señor que los cristianos de este país, siguiendo el ejemplo de San José Vaz, se mantengan firmes en la fe y contribuyan cada vez más a la paz, la justicia y la reconciliación en la sociedad de Sri Lanka. Esto es lo que el Señor quiere de vosotros. Esto es lo que San José Vaz les enseña. Esto es lo que la Iglesia necesita de vosotros.
Los encomiendo a todos a la intercesión del nuevo santo, para que, en unión con la Iglesia extendida por todo el mundo, puedan cantar un canto nuevo al Señor y proclamar su gloria a todos los confines de la tierra. Porque grande es el Señor, y muy digno de alabanza (cf. Sal 96,1-4). Amén.

13 de enero de 2015

IV PEREGRINACIÓN "POPULUS SUMMORUM PONTIFICUM"

SOBRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN


LIBERTAD DE EXPRESIÓN, por Juan Manuel de Prada
Muchos lectores me han expresado su perplejidad ante la exaltación y defensa absolutista de la libertad de expresión que en estos días se ha hecho, incluso desde medios de inspiración cristiana o declaradamente confesionales, para justificar las caricaturas del pasquín Charlie Hebdo en las que se blasfemaba contra Dios de modos aberrantes. A estos lectores les digo que no se dejen confundir: quienes hayan hecho tales defensas no profesan la religión católica, ni se inspiran en la filosofía cristiana, aunque finjan hacerlo, aprovechando la consternación causada por los viles asesinatos de los caricaturistas; sino que son jenízaros de la “religión democrática”, perversión que consiste en sustituir la sana defensa de la democracia como forma de gobierno –que, mediante la representación política, facilita la participación popular en el ejercicio del poder—por la defensa de la democracia como fundamento de gobierno, como religión demente que subvierte cualquier principio moral, amparándose en supuestas mayorías, en realidad masas cretinizadas y sugestionadas por la repetición de sofismas.
Los jenízaros de esta religión necesitan que las masas cretinizadas acepten como axiomas (proposiciones que parecen evidentes por sí mismas)  sus sofismas, entre los que se halla la llamada “libertad de expresión” en su versión absolutista. Para crear tales axiomas recurren al método anticipado por Aldous Huxley en Un mundo feliz, que consiste en la repetición, por millares o millones de veces, de una misma afirmación. En la novela de Huxley, tal repetición se lograba mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente, durante las horas del sueño; en nuestra época se logra a través de la saturación mental lograda a través de la bazofia que nos sirven los mass media, infestados de jenízaros de la religión democrática que defienden una libertad de expresión absolutista: libertad sin responsabilidad; libertad para dañar, injuriar, calumniar, ofender y blasfemar; libertad para sembrar el odio y extender la mentira entre las masas cretinizadas; libertad para condicionar los espíritus e inclinarlos al mal. Quienes defienden esta “libertad de expresión”  como derecho ilimitado son los mismos que también defienden una “libertad de conciencia” entendida no como libertad para elegir moralmente y obrar con rectitud,  sino como libertad para elegir las ideas más perversas, las pasiones más torpes y las ambiciones más egoístas y ponerlas en práctica, pretendiendo además que el Estado asegure su realización. No nos dejemos  engañar: quienes defienden la libertad para publicar caricaturas blasfemas están defendiendo una libertad destructiva que sólo lleva a la decadencia y al nihilismo.
El pensamiento cristiano nos enseña que la libertad no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar la verdad. Si a la palabra libertad no se le añade un “para qué”, se convierte en una palabra sin sentido, una palabra asquerosamente ambigua que puede amparar las mayores aberraciones. Como decía Castellani, “la libertad no es un movimiento, sino un poder moverse; y en el poder moverse lo que importa es el hacia dónde, el para qué”. No puede haber una libertad para ofender, para enviscar odios, para jalear bajas pasiones; no puede haber libertad para ultrajar la fe del prójimo y blasfemar contra Dios. Los cristianos se distinguen porque rezan una oración en la que se pide: «Santificado sea tu Nombre». Los jenízaros de la libertad de expresión quieren que ese Nombre sea eliminado, envilecido y escarnecido, para mayor honra de su religión democrática. No les hagan caso: vistan con traje y corbata, o con sotana y solideo, les están engañando, quieren convertirles en masa cretinizada.
Publicado en  ABC