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20 de octubre de 2014

MENSAJE FINAL DEL SÍNODO

''Los Padres Sinodales, reunidos en Roma junto al Papa Francisco en la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, nos dirigimos a todas las familias de los distintos continentes y en particular a aquellas que siguen a Cristo, que es camino, verdad y vida. Manifestamos nuestra admiración y gratitud por el testimonio cotidiano que ofrecen a la Iglesia y al mundo con su fidelidad, su fe, su esperanza y su amor.
Nosotros, pastores de la Iglesia, también nacimos y crecimos en familias con las más diversas historias y desafíos. Como sacerdotes y obispos nos encontramos y vivimos junto a familias que, con sus palabras y sus acciones, nos mostraron una larga serie de esplendores y también de dificultades.
La misma preparación de esta asamblea sinodal, a partir de las respuestas al cuestionario enviado a las Iglesias de todo el mundo, nos permitió escuchar la voz de tantas experiencias familiares. Después, nuestro diálogo durante los días del Sínodo nos ha enriquecido recíprocamente, ayudándonos a contemplar toda la realidad viva y compleja de las familias.
Queremos presentarles las palabras de Cristo: ''Yo estoy ante la puerta y llamo, Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré y cenaré con él y él conmigo''. Como lo hacía durante sus recorridos por los caminos de la Tierra Santa, entrando en las casas de los pueblos, Jesús sigue pasando hoy por las calles de nuestras ciudades.
En sus casas se viven a menudo luces y sombras, desafíos emocionantes y a veces también pruebas dramáticas. La oscuridad se vuelve más densa, hasta convertirse en tinieblas, cundo se insinúan el el mal y el pecado en el corazón mismo de la familia.
Ante todo, está el desafío de la fidelidad en el amor conyugal. La vida familiar suele estar marcada por el debilitamiento de la fe y de los valores, el individualismo, el empobrecimiento de las relaciones, el stress de una ansiedad que descuida la reflexión serena. Se asiste así a no pocas crisis matrimoniales, que se afrontan de un modo superficial y sin la valentía de la paciencia, del diálogo sincero, del perdón recíproco, de la reconciliación y también del sacrificio. Los fracasos dan origen a nuevas relaciones, nuevas parejas, nuevas uniones y nuevos matrimonios, creando situaciones familiares complejas y problemáticas para la opción cristiana.
Entre tantos desafíos queremos evocar el cansancio de la propia existencia. Pensamos en el sufrimiento de un hijo con capacidades especiales, en una enfermedad grave, en el deterioro neurológico de la vejez, en la muerte de un ser querido. Es admirable la fidelidad generosa de tantas familias que viven estas pruebas con fortaleza, fe y amor, considerándolas no como algo que se les impone, sino como un don que reciben y entregan, descubriendo a Cristo sufriente en esos cuerpos frágiles.
Pensamos en las dificultades económicas causadas por sistemas perversos, originados ''en el fetichismo del dinero y en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano'', que humilla la dignidad de las personas. Pensamos en el padre o en la madre sin trabajo, impotentes frente a las necesidades aun primarias de su familia, o en los jóvenes que transcurren días vacíos, sin esperanza, y así pueden ser presa de la droga o de la criminalidad.
Pensamos también en la multitud de familias pobres, en las que se aferran a una barca para poder sobrevivir, en las familias prófugas que migran sin esperanza por los desiertos, en las que son perseguidas simplemente por su fe o por sus valores espirituales y humanos, en las que son golpeadas por la brutalidad de las guerras y de distintas opresiones. Pensamos también en las mujeres que sufren violencia, y son sometidas al aprovechamiento, en la trata de personas, en los niños y jóvenes víctimas de abusos también de parte de aquellos que debían cuidarlos y hacerlos crecer en la confianza, y en los miembros de tantas familias humilladas y en dificultad.
Mientras tanto, ''la cultura del bienestar nos anestesia y [?] todas estas vidas truncadas por la falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera''. Reclamamos a los gobiernos y a las organizaciones internacionales que promuevan los derechos de la familia para el bien común.
Cristo quiso que su Iglesia sea una casa con la puerta siempre abierta, recibiendo a todos sin excluir a nadie. Agradecemos a los pastores, a los fieles y a las comunidades dispuestos a acompañar y a hacerse cargo de las heridas interiores y sociales de los matrimonios y de las familias.
También está la luz que resplandece al atardecer detrás de las ventanas en los hogares de las ciudades, en las modestas casas de las periferias o en los pueblos, y aún en viviendas muy precarias. Brilla y calienta cuerpos y almas. Esta luz, en el compromiso nupcial de los cónyuges, se enciende con el encuentro: es un don, una gracia que se expresa ?como dice el Génesis? cuando los dos rostros están frente a frente, en una ''ayuda adecuada'', es decir semejante y recíproca. El amor del hombre y de la mujer nos enseña que cada uno necesita al otro para llegar a ser él mismo, aunque se mantiene distinto del otro en su identidad, que se abre y se revela en el mutuo don. Es lo que expresa de manera sugerente la mujer del Cantar de los Cantares: ''Mi amado es mío y yo soy suya? Yo soy de mi amado y él es mío''.
El itinerario, para que este encuentro sea auténtico, comienza en el noviazgo, tiempo de la espera y de la preparación. Se realiza en plenitud en el sacramento del matrimonio, donde Dios pone su sello, su presencia y su gracia. Este camino conoce también la sexualidad, la ternura y la belleza, que perduran aun más allá del vigor y de la frescura juvenil. El amor tiende por su propia naturaleza a ser para siempre, hasta dar la vida por la persona amada. Bajo esta luz, el amor conyugal, único e indisoluble, persiste a pesar de las múltiples dificultades del límite humano, y es uno de los milagros más bellos, aunque también es el más común.
Este amor se difunde naturalmente a través de la fecundidad y la generatividad, que no es sólo la procreación, sino también el don de la vida divina en el bautismo, la educación y la catequesis de los hijos. Es también capacidad de ofrecer vida, afecto, valores, una experiencia posible también para quienes no pueden tener hijos. Las familias que viven esta aventura luminosa se convierten en un testimonio para todos, en particular para los jóvenes.
Durante este camino, que a veces es un sendero de montaña, con cansancios y caídas, siempre está la presencia y la compañía de Dios. La familia lo experimenta en el afecto y en el diálogo entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas. Además lo vive cuando se reúne para escuchar la Palabra de Dios y para orar juntos, en un pequeño oasis del espíritu que se puede crear por un momento cada día. También está el empeño cotidiano de la educación en la fe y en la vida buena y bella del Evangelio, en la santidad. Esta misión es frecuentemente compartida y ejercitada por los abuelos y las abuelas con gran afecto y dedicación. Así la familia se presenta como una auténtica Iglesia doméstica, que se amplía a esa familia de familias que es la comunidad eclesial. Por otra parte, los cónyuges cristianos son llamados a convertirse en maestros de la fe y del amor para los matrimonios jóvenes.
Hay otra expresión de la comunión fraterna, y es la de la caridad, la entrega, la cercanía a los últimos, a los marginados, a los pobres, a las personas solas, enfermas, extrajeras, a las familias en crisis, conscientes de las palabras del Señor: ''Hay más alegría en dar que en recibir''. Es una entrega de bienes, de compañía, de amor y de misericordia, y también un testimonio de verdad, de luz, de sentido de la vida.
La cima que recoge y unifica todos los hilos de la comunión con Dios y con el prójimo es la Eucaristía dominical, cuando con toda la Iglesia la familia se sienta a la mesa con el Señor. Él se entrega a todos nosotros, peregrinos en la historia hacia la meta del encuentro último, cuando Cristo ''será todo en todos''. Por eso, en la primera etapa de nuestro camino sinodal, hemos reflexionado sobre el acompañamiento pastoral y sobre el acceso a los sacramentos de los divorciados en nueva unión.
Nosotros, los Padres Sinodales, pedimos que caminen con nosotros hacia el próximo Sínodo. Entre ustedes late la presencia de la familia de Jesús, María y José en su modesta casa. También nosotros, uniéndonos a la familia de Nazaret, elevamos al Padre de todos nuestra invocación por las familias de la tierra:
Padre, regala a todas las familias la presencia de esposos fuertes y sabios, que sean manantial de una familia libre y unida.

Padre, da a los padres una casa para vivir en paz con su familia.
Padre, concede a los hijos que sean signos de confianza y de esperanza y a jóvenes el coraje del compromiso estable y fiel. 
Padre, ayuda a todos a poder ganar el pan con sus propias manos, a gustar la serenidad del espíritu y a mantener viva la llama de la fe también en tiempos de oscuridad.
Padre, danos la alegría de ver florecer una Iglesia cada vez más fiel y creíble, una ciudad justa y humana, un mundo que ame la verdad, la justicia y la misericordia''.

DISCURSO DEL PAPA AL FINALIZAR EL SÍNODO



Queridos: Eminencias, Beatitudes, Excelencias, hermanos y hermanas:
¡Con un corazón lleno de reconocimiento y de gratitud quiero agradecer junto a ustedes
al Señor que nos ha acompañado y nos ha guiado en los días pasados, con la luz del Espíritu Santo!
Agradezco de corazón a S. E. Card. Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo, S. E. Mons. Fabio Fabene, Sub-secretario, y con ellos agradezco al Relator S. E. Card. Peter Erdő y el Secretario Especial S. E. Mons. Bruno Forte, a los tres Presidentes delegados, los escritores, los consultores, los traductores, y todos aquellos que han trabajado con verdadera fidelidad y dedicación total a la Iglesia y sin descanso: ¡gracias de corazón!
Agradezco igualmente a todos ustedes, queridos Padres Sinodales, Delegados fraternos, Auditores, Auditoras y Asesores por su participación activa y fructuosa. Los llevare en las oraciones, pidiendo al Señor los ¡recompense con la abundancia de sus dones de su gracia!
Puedo decir serenamente que – con un espíritu decolegialidad y de sinodalidad – hemos vivido verdaderamente una experiencia de “sínodo”, un recorrido solidario, un“camino juntos”.
Y siendo “un camino” – como todo camino – hubo momentos de corrida veloz, casi de querer vencer el tiempo y alcanzar rápidamente la meta; otros momentos de fatiga, casi hasta de querer decir basta; otros momentos de entusiasmo y de ardor. Momentos de profunda consolación, escuchando el testimonio de pastores verdaderos (Cf. Jn. 10 y Cann. 375, 386, 387) que llevan en el corazón sabiamente, las alegrías y las lágrimas de sus fieles. Momentos de gracia y de consuelo, escuchando los testimonios de las familias que han participado del Sínodo y han compartido con nosotros la belleza y la alegría de su vida matrimonial. Un camino donde el más fuerte se ha sentido en el deber de ayudar al menos fuerte, donde el más experto se ha prestado a servir a los otros, también a través del debate. Y porque es un camino de hombres, también hubo momentos de desolación, de tensión y de tentación, de las cuales se podría mencionar alguna posibilidad:
La tentación del endurecimiento hostil, esto es el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celantes, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados “tradicionalistas” y también de los intelectualistas.
La tentación del “buenismo” destructivo, que a nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causa y las raíces. Es la tentación de los “buenistas”, de los temerosos y también de los así llamados “progresistas y liberalistas”.
La tentacion de transformar la piedra en pan para romper el largo ayuno, pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4) y también de transformar el pan en piedra , y tirárla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7) de transformarla en“fardos insoportables” (Lc 10,27).
- La tentación de descender de la cruz, para contentar a la gente, y no permanecer, para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de purificarlo y inclinarlo al Espíritu de Dios.
- La Tentación de descuidar el “depositum fidei”, considerándose no custodios, sino propietarios y patrones, o por otra parte, la tentación de descuidar la realidad utilizando ¡una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada!
Queridos hermanos y hermanas, las tentaciones no nos deben ni asustar ni desconcertar, ni mucho menos desanimar, porque ningún discípulo es más grande de su maestro; por lo tanto si Jesús fue tentado – y además llamado Belcebú (Cf. Mt 12,24) – sus discípulos no deben esperarse un tratamiento mejor.
Personalmente me hubiera preocupado mucho y entristecido si no hubieran estado estas tenciones y estas discusiones animadas; este movimiento de los espíritus, como lo llamaba San Ignacio (EE, 6) si todos hubieran estado de acuerdo o taciturnos en una falsa y quietista paz. En cambio he visto y escuchado – con alegría y reconocimiento – discursos e intervenciones llenos de fe, de celo pastoral y doctrinal, de sabiduría, de franqueza, de coraje y parresia. Y he sentido que ha sido puesto delante de sus ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la “suprema lex”: la “salus animarum” (Cf. Can. 1752). Y esto siempre sin poner jamás en discusión la verdad fundamental del Sacramento del Matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la procreatividad, o sea la apertura a la vida (Cf. Cann. 1055, 1056 y Gaudium et Spes, 48).
Esta es la Iglesia, la viña del Señor, la Madre fértil y la Maestra premurosa, que no tiene miedo de aremangarse las manos para derramar el olio y el vino sobre las heridas de los hombres (Cf. Lc 10,25-37); que no mira a la humanidad desde un castillo de vidrio para juzgar y clasificar a las personas. Esta es la Iglesia Una, Santa, Católica y compuesta de pecadores, necesitados de Su misericordia. Esta es la Iglesia, la verdadera esposa de Cristo, que busca ser fiel a su Esposo y a su doctrina. Es la Iglesia que no tiene miedo de comer y beber con las prostitutas y los publicanos (Cf. Lc 15). La Iglesia que tiene las puertas abiertas para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos o aquellos que creen ser perfectos! La Iglesia que no se avergüenza del hermano caído y no finge de no verlo, al contrario, se siente comprometida y obligada a levantarlo y a animarlo a retomar el camino y lo acompaña hacia el encuentro definitivo con su Esposo, en la Jerusalén celeste. 
¡Esta es la Iglesia, nuestra Madre! Y cuando la Iglesia, en la variedad de sus carismas, se expresa en comunión, no puede equivocarse: es la belleza y la fuerza del sensus fidei, de aquel sentido sobre natural de la fe, que viene dado por el Espíritu Santo para que, juntos, podamos todos entrar en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a Jesús en nuestra vida, y esto no debe ser visto como motivo de confusión y malestar.
Tantos comentadores han imaginado ver una Iglesia en litigio donde una parte esta contra la otra, dudando hasta del Espíritu Santo, el verdadero promotor y garante de la unidad y de la armonía en la Iglesia. El Espíritu Santo que a lo largo de la historia ha conducido siempre la barca, a través de sus Ministros, también cuando el mar era contrario y agitado y los Ministros infieles y pecadores.
Y, como he osado decirles al inicio, era necesario vivir todo esto con tranquilidad y paz interior también, porque el sínodo se desarrolla cum Petro et sub Petro, y la presencia del Papa es garantía para todos.
Por lo tanto, la tarea del Papa es aquella de garantizar la unidad de la Iglesia; es aquella de recordar a los fieles su deber de seguir fielmente el Evangelio de Cristo; es aquella de recordar a los pastores que su primer deber es nutrir la grey que el Señor les ha confiado y de salir a buscar – con paternidad y misericordia y sin falsos miedos – la oveja perdida.
Su tarea es la de recordar a todos que la autoridad en la Iglesia es servicio (Cf. Mc 9,33-35) como ha explicado con claridad el Papa Benedicto XVI con palabras que cito textualmente: “la Iglesia esta llamada y se empeña en ejercitar este tipo de autoridad que es servicio, y la ejercita no a título propio, sino en el nombre de Jesucristo… a través de los Pastores de la Iglesia, de hecho, Cristo apacienta a su grey: es Él que la guía, la protege, la corrige porque la ama profundamente. Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio Apostólico, hoy los Obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro … participaran en este misión suya de cuidar al pueblo de Dios, de ser educadores de la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana, o como dice el Concilio, “cuidando sobre todo que cada uno de los fieles sean guiados en el Espíritu santo a vivir según el Evangelio su propia vocación, a practicar una caridad sincera y operosa y a ejercitar aquella libertad con la que Cristo nos ha librado”(Presbyterorum Ordinis, 6)… Y a través de nosotros – continua el Papa Benedicto – es que el Señor llega a las almas, las instruyen las custodia, las guía. San Agustín en su Comentario al Evangelio de San Juan dice: “Sea por lo tanto un empeño de amor apacentar la grey del Señor” (123,5); esta es la suprema norma de conducta de los ministros de Dios, un amor incondicional, como aquel del buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y premuroso con los lejanos (Cf. S. Agustín, Discurso 340, 1; Discurso 46,15), delicado con los más débiles, los pequeños, los simples, los pecadores, para manifestar la infinita misericordia de Dios con las confortantes de la esperanza(Cf. Id., Carta 95,1)” (Benedicto XVI Audiencia General, miércoles, 26 de mayo de 2010).
Por lo tanto la Iglesia es de Cristo – es su esposa – y todos los Obispos del Sucesor de Pedro, tienen la tarea y el deber de custodiarla y de servirla, no como patrones sino comoservidores. El Papa en este contexto no es el señor supremosino más bien el supremo servidor – “Il servus servorum Dei”; el garante de la obediencia , de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y al Tradición de la Iglesia poniendo de parte todo arbitrio personal, siendo también – por voluntad de Cristo mismo – “el Pastor y Doctor supremo de todos los fieles” (Can. 749) y gozando “de la potestad ordinaria que es suprema, plena, inmediata y universal de la iglesia” (Cf. Cann. 331-334).
Queridos hermanos y hermanas, ahora todavía tenemos un año para madurar con verdadero discernimiento espiritual, las ideas propuestas y encontrar soluciones concretas a las tantas dificultades e innumerables desafíos que las familias deben afrontar; para dar respuesta a tantos desánimos que circundan y sofocan a las familias, un año para trabajar sobre la “Relatio Synodi” que es el reasunto fiel y claro de todo lo que fue dicho y discutido en esta aula y en los círculos menores.
¡El Señor nos acompañe y nos guie en este recorrido para gloria de Su nombre con la intercesión de la Virgen María y de San José! ¡Y por favor no se olviden de rezar por mí!.
(Traducción del italiano: Guillermo Ortiz y Renato Martinez)

18 de octubre de 2014

¿POR QUÉ EL SÁBADO ES EL DÍA DE LA VIRGEN?


¿Por qué la Iglesia consagró el sábado al culto de Nuestra Señora? Desde el principio de los tiempos, la Santa Madre del Creador ha sido amada y venerada al modo que Cristo deseó para Ella. A lo largo de su historia, la Esposa del Señor buscó formas de honrarla y servirla adecuadamente. Conozca, pues, el origen de esta costumbre instituida por el Papa Beato Urbano Segundo...

El Papa Beato Urbano Segundo, habiendo huido a Francia por causa del emperador Enrique Tercero, que le perseguía, celebró Concilio en Claramonte, y ordenando diversas cosas para la gobernación del clero, mandó que se rezase cada día el Oficio de Nuestra Señora, y los sábados, si no hubiese Doble o Semidoble, fuese rezado el de Ella. Fue el primer Pontífice que concedió Cruzada contra infieles. Lo dice San Antonio de Florencia en su Segunda Parte Historial.

¿Por qué se dio el día del sábado a la Virgen? Hay algunas razones y congruencias. Una es porque el día que padeció algún santo suele celebrarse su fiesta, y la Virgen, si padeció martirio, fue el Viernes y el Sábado Santo. El Viernes fue dedicado al martirio del Hijo, y vino bien que el Sábado siguiente se dedicase al martirio de la Madre.

Es otra razón que, así como en el día del sábado cesó Dios las obras de la Creación y descansó, en ninguna alma descansó así el Espíritu Santo, como en la de Cristo y en la de su Soberana Madre. En las otras almas hubo alguna repugnancia, a lo menos de Pecado Original, y algún venial, mas en la de Cristo y en la de la Virgen no hubo tal repugnancia, pues ni hubo pecado venial ni Original.

Es la tercera razón que Dios bendijo el día del Sábado; así la bienaventurada Virgen María fue bendita por las tres Personas: el Padre la bendijo escogiéndola por Hija, el Hijo la bendijo escogiéndola por madre y el Espíritu Santo la bendijo escogiéndola por esposa. El ángel la bendijo cuando la saludó, y todo el mundo la bendice, porque la reverencia y loa.

La quinta razón es porque el Sábado es medio entre el día del gozo, que es el Domingo, y el día penoso, que es el Viernes; así la Virgen es medianera entre Dios y los hombres.
Fuente: Cristiandad.org

LIBERTAD PARA ASIA BIBI



Si ante el tribunal de Lahore, en Pakistán, Asia Bibi hubiera dicho este jueves que renunciaba a su fe católica y se convertía al islam, hubiera sido puesta en libertad inmediatamente.
Pero no lo ha hecho. Asia Bibi sigue siendo cristiana.
Y por eso el tribunal que debía revisar su condena a muerte ha confirmado la pena de muerte.
Esta es una noticia triste, pero no es el final del proceso: la ejecución no se va a aplicar. Todavía podemos hacer cosas para tratar de salvarla.
  • Asia Bibi, madre de familia, fue condenada a muerte hace cinco años por un tribunal de primera instancia, en aplicación de la ley antiblasfemia y con la única "prueba" de un clérigo musulmán que decía que unas vecinas le habían dicho que habían visto a la acusada bebiendo de una fuente y ofendiendo a Mahoma.
  • El tribunal superior de Lahore, en el Estado del Punjab paquistaní, es el tribunal de segunda instancia. Y este jueves ha revisado el recurso contra la pena capital presentado por Asia Bibi. 
  • En lugar de dejarla en libertad a la vista de que no hay ninguna prueba que permita aplicar la ley antiblasfemia, el tribunal ha persistido en la opción más radical y talibán de la ley y ha confirmado la pena de muerte. El fallo se ha producido tras una vista en la que, sin razón que lo justifique, han aparecido en la sala una veintena de mulás (clérigos islámicos). Su presencia ha podido tener un claro efecto intimidatorio sobre los jueces, que al verlos rápidamente han suspendido todas las audiencias previstas para la mañana del jueves con el fin de tratar a la mayor velocidad posible el caso de Asia Bibi.
  • La condena a muerte se ha confirmado pero no se ejecutará de momento porque queda una tercera y última instancia a la que apelar: el tribunal supremo de Pakistán. Los abogados disponen ahora de 30 días para presentar el recurso ante el supremo paquistaní.
  • Desde Pakistán, fuentes del entorno de Asia Bibi trasladan esta petición: “Por favor, mantened vuestras oraciones y el apoyo para salvar la vida de Asia Bibi hasta que no nos queden fuerzas”.
  • Este jueves MasLibres.org se ha vuelto a poner a disposición de Asia Bibi para seguir ayudándola en esta nueva y última fase legal de su juicio: seguiremos ayudando cuanto podamos a la familia, a sus abogados, y estaremos preparados para traerla a España inmediatamente en el momento en que sea puesta en libertad por el tribunal supremo de Pakistán. ¡Porque estamos convencidos de que al final se impondrá la verdad y Asia Bibi será libre!
Como primera medida, dirígete respetuosamente al presidente de la República Islámica de Pakistán, Mamnoon Hussain: envía tu mensaje pidiendo el indulto. Entregaremos todos los mensajes al Gobierno de Pakistán.
FIRMA TU PETICIÓN Y PASA ESTA ALERTA A TODOS CUANTOS PUEDAS:
http://www.hazteoir.org/alerta/62980-aun-estas-tiempo-ayudar-asia-bibi

17 de octubre de 2014

¿QUÉ ES LA SANTA MISA?


 ¿QUÉ ES LA SANTA MISA?
En el Catecismo de San Pío X leemos que la Santa Misa es el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y de vino en memoria del Sacrificio de la Cruz. (…) El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo de la Cruz (…) 7. Por lo tanto, para comprender la esencia de la Santa Misa –en la medida que se puede comprender, ya que los misterios de fe no se pueden comprender perfectamente, sino más bien exponer y delimitar–, es necesario definir la noción de sacrificio en general y la esencia del Sacrificio de la Cruz.

¿QUÉ ES UN SACRIFICIO?

En el siglo XIII, Santo Tomás no dudaba en afirmar que en cualquier época y en cualquier nación los hombres ofrecieron siempre sacrificios 8. Sin embargo, nuestra época irreligiosa, marcada por la pérdida del sentido de Dios y su reemplazo por el culto al hombre, desconoce la misma noción de sacrificio. Inspirándose de la doctrina del Doctor Común9, el Catecismo de San Pío X enseña que el sacrificio en general consiste en ofrecer una cosa sensible a Dios y destruirla de alguna manera en reconocimiento de su supremo dominio sobre nosotros y sobre todas las cosas10. Expliquemos los elementos de esta definición.

 ¿A quién se ofrece el sacrificio, y para qué?

El destinatario del sacrificio es necesariamente Dios (el Dios verdadero o un dios falso); el sacrificio es por naturaleza un acto de adoración. Es la oblación de algo exterior como testimonio de nuestra sumisión a Dios11. Con este espíritu, el pagano Traseas en el siglo Iº, condenado por Nerón a abrirse las venas, rociaba la sala con su sangre para ofrecerla en libación a Júpiter (considerado por los romanos como el dios supremo): quería manifestar que su vida sólo le pertenece a Dios, y que nadie más puede disponer de ella.
Además de la adoración el sacrificio puede tener otros fines:
- La acción de gracias (en griego: eucaristía). Se trata de agradecer a Dios por los beneficios recibidos. Por ejemplo, los romanos celebraban las victorias importantes entrando triunfalmente en Roma y yendo al templo para ofrecer sacrificios. En el Antiguo Testamento, el sacrificio del cordero pascual conmemoraba el fin de la cautividad de Egipto y el paso del Mar Rojo12.
El pedido o imprecación. Se ofrece el sacrificio con el fin de pedir algunos beneficios. En China, por ejemplo, los emperadores de la dinastía Ming iban tres veces al año al Templo de Pekín para ofrecer animales en sacrificio, pidiendo la lluvia y la protección para gobernar durante un año.
La expiación o satisfacción. Se trata de implorar el perdón divino y ofrecer víctimas para reparar las faltas cometidas. Estos sacrificios se encontraban tanto en los ritos paganos como judíos. Un sacrificio por el pecado se ofrecía todos los días en la religión del Antiguo Testamento, y una vez al año tenía lugar el sacrificio incruento del chivo expiatorio: cargándolo con todos los pecados de Israel, se lo expulsaba al desierto13. Estos sacrificios tenían por finalidad hacer a Dios favorable y propicio a los hombres, de manera que escuche sus súplicas. Por eso se habla también de propiciación.

¿Quién lo ofrece?

Los pueblos siempre nombraron a algún encargado para ofrecer a Dios el sacrificio: el sacerdote. El sacerdote es mediador, esto es, el representante de los hombres ante Dios, y a la vez el representante de Dios ante los hombres. Generalmente es consagrado durante una ceremonia ritual particular, como lo vemos en el caso del sacerdocio judío del Antiguo Testamento14

La acción sacrificial: una oblación, con destrucción de la realidad ofrecida.

El sacrificio consiste en una oblación, cruenta o incruenta, signo del sacrificio interior espiritual, con que el alma se ofrece a sí misma a Dios15. La oblación incluye la destrucción de la víctima, para manifestar el soberano dominio de Dios sobre la creación. Generalmente se presentaban oblaciones cruentas (con efusión de la sangre) en el caso de los sacrificios de expiación y propiciación: con su pecado, el hombre había merecido la muerte y la ira divina; la inmolación del animal reemplazaba la del pecador, manifestando que el hombre reconocía la gravedad de su culpa y su deseo de repararla.

La realidad ofrecida: la víctima

Las realidades ofrecidas en sacrificios fueron muy variadas a lo largo de la historia: objetos, alimentos, animales, y hasta… personas humanas. Asombra ver que casi todos los pueblos de la Antigüedad cayeron en las prácticas abominables del sacrificio humano: aztecas, babilonios, romanos, griegos, habitantes de la India, beduinos, celtas… ofrecieron sus hijos o –más a menudo– sus presos a los dioses.
R.P. Jean-Michel Gomis
Fuente: materinmaculata.wordpress.com
Notas:
7 Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 655-656.
8 IIa IIae, c. 85, a.1, s.c.
9 IIa IIae, c.85.
10 Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 653.
11 IIa IIae, c.85, a.4.
12 Éx. 12.
13 Lev. 16, 10.
14 Éx. 29.

16 de octubre de 2014

HIMNO DEL V CENTENARIO DE SANTA TERESA DE JESÚS


HIMNO "MAESTRA DE LA LUZ"

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO


Mensaje del Papa al obispo de Ávila

Querido Hermano:

El 28 de marzo de 1515 nació en Ávila una niña que con el tiempo sería conocida como santa Teresa de Jesús. Al acercarse el quinto centenario de su nacimiento, vuelvo la mirada a esa ciudad para dar gracias a Dios por el don de esta gran mujer y animar a los fieles de la querida diócesis abulense y a todos los españoles a conocer la historia de esa insigne fundadora, así como a leer sus libros, que, junto con sus hijas en los numerosos Carmelos esparcidos por el mundo, nos siguen diciendo quién y cómo fue la Madre Teresa y qué puede enseñarnos a los hombres y mujeres de hoy.
En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida y de su obra. Ella entendió su vida como camino de perfección por el que Dios conduce al hombre, morada tras morada, hasta Él y, al mismo tiempo, lo pone en marcha hacia los hombres. ¿Por qué caminos quiere llevarnos el Señor tras las huellas y de la mano de santa Teresa? Quisiera recordar cuatro que me hacen mucho bien: el camino de la alegría, de la oración, de la fraternidad y del propio tiempo.
Teresa de Jesús invita a sus monjas a «andar alegres sirviendo» (Camino 18,5). La verdadera santidad es alegría, porque "un santo triste es un triste santo". Los santos, antes que héroes esforzados, son fruto de la gracia de Dios a los hombres. Cada santo nos manifiesta un rasgo del multiforme rostro de Dios. En santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo «soberana Majestad, eterna Sabiduría» (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor. Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya «a los principios» (Vida 13,l). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y «modesta» (cf. Fundaciones 12,l). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4). De ahí que la alegría de santa Teresa no sea egoísta ni autorreferencial. Como la del cielo, consiste en «alegrarse que se alegren todos» (Camino 30,5), poniéndose al servicio de los demás con amor desinteresado. Al igual que a uno de sus monasterios en dificultades, la Santa nos dice también hoy a nosotros, especialmente a los jóvenes: «¡No dejen de andar alegres!» (Carta 284,4). ¡El Evangelio no es una bolsa de plomo que se arrastra pesadamente, sino una fuente de gozo que llena de Dios el corazón y lo impulsa a servir a los hermanos!
La Santa transitó también el camino de la oración, que definió bellamente como un «tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabernos nos ama» (Vida 8,5). Cuando los tiempos son "recios", son necesarios «amigos fuertes de Dios» para sostener a los flojos (Vida 15,5). Rezar no es una forma de huir, tampoco de meterse en una burbuja, ni de aislarse, sino de avanzar en una amistad que tanto más crece cuanto más se trata al Señor, «amigo verdadero» y «compañero» fiel de viaje, con quien «todo se puede sufrir», pues siempre «ayuda, da esfuerzo y nunca falta» (Vida 22,6). Para orar «no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho» (Moradas IV,1,7), en volver los ojos para mirar a quien no deja de mirarnos amorosamente y sufrirnos pacientemente (cf. Camino 26,3-4). Por muchos caminos puede Dios conducir las almas hacia sí, pero la oración es el «camino seguro» (Vida 213). Dejarla es perderse (cf. Vida 19,6). Estos consejos de la Santa son de perenne actualidad. ¡Vayan adelante, pues, por el camino de la oración, con determinación, sin detenerse, hasta el fin! Esto vale singularmente para todos los miembros de la vida consagrada. En una cultura de lo provisorio, vivan la fidelidad del «para siempre, siempre, siempre» (Vida 1,5); en un mundo sin esperanza, muestren la fecundidad de un «corazón enamorado» (Poesía 5); y en una sociedad con tantos ídolos, sean testigos de que «solo Dios basta» (Poesía 9).
Este camino no podemos hacerlo solos, sino juntos. Para la santa reformadora la senda de la oración discurre por la vía de la fraternidad en el seno de la Iglesia madre. Esta fue su respuesta providencial, nacida de la inspiración divina y de su intuición femenina, a los problemas de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo: fundar pequeñas comunidades de mujeres que, a imitación del "colegio apostólico", siguieran a Cristo viviendo sencillamente el Evangelio y sosteniendo a toda la Iglesia con una vida hecha plegaria. «Para esto os junto El aquí, hermanas» (Camino 2,5) y tal fue la promesa: «que Cristo andaría con nosotras» (Vida 32,11). ¡Que linda definición de la fraternidad en la Iglesia: andar juntos con Cristo como hermanos! Para ello no recomienda Teresa de Jesús muchas cosas, simplemente tres: amarse mucho unos a otros, desasirse de todo y verdadera humildad, que «aunque la digo a la postre es la base principal y las abraza todas» (Camino 4,4). ¡Cómo desearía, en estos tiempos, unas comunidades cristianas más fraternas donde se haga este camino: andar en la verdad de la humildad que nos libera de nosotros mismos para amar más y mejor a los demás, especialmente a los más pobres! ¡Nada hay más hermoso que vivir y morir como hijos de esta Iglesia madre!
Precisamente porque es madre de puertas abiertas, la Iglesia siempre está en camino hacia los hombres para llevarles aquel «agua viva» (cf. Jn 4,10) que riega el huerto de su corazón sediento. La santa escritora y maestra de oración fue al mismo tiempo fundadora y misionera por los caminos de España. Su experiencia mística no la separo del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción y los deberes de cada día, porque también «entre los pucheros anda el Señor» (Fundaciones 5,8). Ella vivió las dificultades de su tiempo -tan complicado- sin ceder a la tentación del lamento amargo, sino más bien aceptándolas en la fe como una oportunidad para dar un paso más en el camino. Y es que, «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo» (Fundaciones 4,6). Hoy Teresa nos dice: Reza más para comprender bien lo que pasa a tu alrededor y así actuar mejor. La oración vence el pesimismo y genera buenas iniciativas (cf. Moradas VII, 4,6). ¡Éste es el realismo teresiano, que exige obras en lugar de emociones, y amor en vez de ensueños, el realismo del amor humilde frente a un ascetismo afanoso! Algunas veces la Santa abrevia sus sabrosas cartas diciendo: «Estamos de camino» (Carta 469,7.9), como expresión de la urgencia por continuar hasta el fin con la tarea comenzada. Cuando arde el mundo, no se puede perder el tiempo en negocios de poca importancia. ¡Ojalá contagie a todos esta santa prisa por salir a recorrer los caminos de nuestro propio tiempo, con el Evangelio en la mano y el Espíritu en el corazón!
«¡Ya es tiempo de caminar! » (Ana de San Bartolomé, Últimas acciones de la vida de santa Teresa). Estas palabras de santa Teresa de Ávila a punto de morir son la síntesis de su vida y se convierten para nosotros, especialmente para la familia carmelitana, sus paisanos abulenses y todos los españoles, en una preciosa herencia a conservar y enriquecer.
Querido Hermano, con mi saludo cordial, a todos les digo: ¡Ya es tiempo de caminar, andando por los caminos de la alegría, de la oración, de la fraternidad, del tiempo vivido como gracia! Recorramos los caminos de la vida de la mano de santa Teresa. Sus huellas nos conducen siempre a Jesús.
Les pido, por favor, que recen por mí, pues lo necesito. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.
Fraternalmente, Francisco

15 de octubre de 2014

LOS VERDADEROS FIELES


“Cuando el pastor se muda en lobo, toca desde luego al rebaño el defenderse. Por regla, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel y los súbditos no deben juzgar a sus jefes en su fe. Mas hay en el tesoro de la revelación ciertos puntos esenciales de los que, todo cristiano, por el hecho mismo de llevar tal título, tiene el conocimiento necesario y la obligación de guardarlos. El principio no cambia, ya se trate de ciencia o de conducta, de moral o de dogma. Traiciones semejantes a la de Nestorio, son raras en la Iglesia; pero puede suceder que los pastores permanezcan en silencio, por tal o tal causa, en ciertas circunstancias en que la religión se vería comprometida. Los verdaderos fieles son aquellos hombres que, en tales ocasiones, sacan de su solo bautismo, la inspiración de una línea de conducta; no los pusilánimes que bajo pretexto engañoso de sumisión a los poderes establecidos, esperan, para correr contra el enemigo u oponerse a sus proyectos, un programa que no es necesario y que no se les debe dar”.
Dom Prósper Guéranger

UNA ESPECIAL INTENCIÓN POR RUSIA


Muchos de nosotros recordamos cómo, antes de la reforma litúrgica debida al Concilio Vaticano II, el celebrante y los fíeles se arrodillaban al final de la misa para rezar una oración a la Virgen y otra a san Miguel Arcángel. Reproducimos aquí el texto de esta última, porque es una hermosa plegaria que todos pueden rezar con provecho:

San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla; contra las maldades y las insidias del diablo sé nuestra ayuda. Te lo rogamos suplicantes: ¡que el Señor lo ordene! Y tú, príncipe de las milicias celestiales, con el poder que te viene de Dios, vuelve a lanzar al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para perdición de las almas.

¿Cómo nació esta oración? Transcribo lo publicado por la revista Ephemerides Liturgicae en 1955 (pp. 58-59).

El padre Domenico Pechenino escribe: «No recuerdo el año exacto. Una mañana el Sumo Pontífice León XIII había celebrado la santa misa y estaba asistiendo a otra, de agradecimiento, como era habitual. De pronto, le vi levantar enérgicamente la cabeza y luego mirar algo por encima del celebrante. Miraba fijamente, sin parpadear, pero con un aire de terror y de maravilla, demudado. Algo extraño, grande, le ocurría.

»Finalmente, como volviendo en sí, con un ligero pero enérgico ademán, se levanta. Se le ve encaminarse hacia su despacho privado. Los familiares le siguen con premura y ansiedad. Le dicen en voz baja: "Santo Padre, ¿no se siente bien? ¿Necesita algo?" Responde: "Nada, nada." Al cabo de media hora hace llamar al secretario de la Congregación de Ritos y, dándole un folio, le manda imprimirlo y enviarlo a todos los obispos diocesanos del mundo. ¿Qué contenía? La oración que rezamos al final de la misa junto con el pueblo, con la súplica a María y la encendida invocación al príncipe de las milicias celestiales, implorando a Dios que vuelva a lanzar a Satanás al infierno.»

En aquel escrito se ordenaba también rezar esas oraciones de rodillas. Lo antes escrito, que también había sido publicado en el periódico La settimana del clero el 30 de marzo de 1947, no cita las fuentes de las que se tomó la noticia. Pero de ello resulta el modo insólito en que se ordenó rezar esa plegaria, que fue expedida a los obispos diocesanos en 1886. Como confirmación de lo que escribió el padre Pechenino tenemos el autorizado testimonio del cardenal Nasalli Rocca que, en su carta pastoral para la cuaresma, publicada en Bolonia en 1946, escribe:

«León XIII escribió él mismo esa oración. La frase [los demonios] "que vagan por el mundo para perdición de las almas” tiene una explicación histórica, que nos fue referida varias veces por su secretario particular, monseñor Rinaldo Angelí. León XIII experimentó verdaderamente la visión de los espíritus infernales que se concentraban sobre la Ciudad Eterna (Roma); de esa experiencia surgió la oración que quiso hacer rezar en toda la Iglesia. Él la rezaba con voz vibrante y potente: la oímos muchas veces en la basílica vaticana. No sólo esto, sino que escribió de su puño y letra un exorcismo especial contenido en el Ritual romano (edición de 1954, tit. XII, c. III, pp. 863 y ss.). Él recomendaba a los obispos y los sacerdotes que rezaran a menudo ese exorcismo en sus diócesis y parroquias. Él, por su parte, lo rezaba con mucha frecuencia a lo largo del día.»

Resulta interesante también tener en cuenta otro hecho, que enriquece aún más el valor de aquellas oraciones que se rezaban después de cada misa. Pío XI quiso que, al rezarlas, se hiciese con una especial intención por Rusia (alocución del 30 de junio de 1930). En esa alocución, después de recordar las oraciones por Rusia a las que había instado también a todos los fieles en la festividad del patriarca san José (19 de marzo de 1930), y después de recordar la persecución religiosa en Rusia, concluyó como sigue:

«Y a fin de que todos puedan sin fatiga ni incomodidad continuar en esta santa cruzada, disponemos que esas oraciones que nuestro antecesor de feliz memoria, León XIII, ordenó que los sacerdotes y los fíeles rezaran después de la misa, sean dichas con esta intención especial, es decir, por Rusia. De lo cual los obispos y el clero secular y regular tendrán cuidado de mantener informados a su pueblo y a cuantos estén presentes en el santo sacrificio, sin dejar de recordar a menudo lo antedicho» (Civiltá Cattolica, 1930, vol. III).

Como se ve, los pontífices tuvieron presente con mucha claridad la tremenda presencia de Satanás: la intención añadida por Pío XI apuntaba al centro de las falsas doctrinas sembradas en nuestro siglo y que todavía hoy envenenan la vida no sólo de los pueblos, sino de los mismos teólogos. Si luego las disposiciones de Pío XI no han sido observadas, es culpa de aquellos a quienes habían sido confiadas; desde luego, se integraban perfectamente en los acontecimientos carismáticos que el Señor había dado a la humanidad mediante las apariciones de Fátima, aun siendo independientes de ellas: a la sazón Fátima todavía era desconocida en el mundo.

Padre Gabriele Amorth. Narraciones de un exorcista.

MADRE DE BONDAD


Desearía ilustrarles sobre una gran verdad sirviéndome de una sencilla analogía.
¿Se acuerdan de alguna vez que les haya recomendado su madre no tocar la pasta con la que hacía alguna torta?
Sabía muy bien que podía sentarles mal, y por experiencia quería evitar que les doliera el estómago. Tal vez pensáramos en semejante ocasión, o que nuestra madre no quería complacernos, o que no eran buenos los ingredientes de la torta.
Esto es, en pequeño, lo que sucedió en los orígenes de la humanidad; y ésta es, con algunas variantes, la historia que viene repitiéndose en lo más íntimo de toda alma que pasa por la tierra.
Dios quiere que seamos buenos y hagamos el bien. No quiere la incoherencia de mezclar el bien y el mal, que apega el corazón a las cosas imperfectas de aquí abajo y vive buscando un compromiso entre el cielo y la tierra, entre Dios y sus enemigos. La pasta blanda no es una torta que esté ya dispuesta. Y si Dios nos quiere desapegados, si nos prohíbe lo malo, no es porque pretenda destruir la libertad que nos ha concedido, sino porque quiere hacernos felices, como nos lo tiene prometido.
Hemos hablado de un dolor de estómago. Era por tratarse de un chiquillo.
A un adulto le hablaríamos mejor de complejos, es decir, del contraste entre lo que somos y lo que deberíamos ser.
Un complejo se reduce con frecuencia a una tensión exagerada entre nuestras preferencias y las de Dios, entre nuestros deseos y los suyos.
Una navaja se ha hecho para cortar, pero no para cortar el mármol. Si se le emplea para partir piedras, pronto la romperemos.
Hemos sido hechos para Dios, para la Vida, el Amor y la Verdad. Cuando no vivimos para Dios, nuestra conciencia se rebela y empiezan para nosotros las crisis que desembocan en neurosis y psicosis espantosas. 
Podemos trazar un gráfico que les dará idea de un complejo.
Tracen sobre una hoja una vertical. Esta línea representará la voluntad de Dios. Completen el gráfico un una abscisa transversal, símbolo de la voluntad humana. Resulta, de ambas líneas, una cruz. La psicología la llama complejo.
Teológicamente se define con el concepto de una cruz la voluntad del hombre que se opone a la de Dios.
Por eso, quienes han pretendido negar la naturaleza recibida de Dios se encuentran cogidos en el nudo de las cruces y de las desilusiones.
El hombre sin Dios es un turrón sin almendra; es una torta sin harina. Le faltan los ingredientes de la felicidad. Experimenta un vacío desolador, el vacío de Dios; siente el grave peso, lleno de remordimientos, del pasado que irrumpe en el corazón como una sombra negra, muy negra. Priven de oxígeno sus pulmones, y su cara se inflamará, le faltará la respiración; quítenle al corazón el amor de Dios y le negaréis la vida. El infierno debe ser una cosa parecida, sólo que eterna.
El remedio para estos males, para estas desilusiones, es aún el mismo que puede tener el chico que haya comido la pasta blanda: el de una madre. La madre no abandona a sus hijos aunque éstos se hayan causado el mal voluntariamente. Quien tenga una madre, no tiene por qué desesperarse, pues siempre tendrá ella una buena palabra que sea capaz de calmar el enojo de los hombres.
Invoquen, pues, a María, ustedes, mujeres que no han querido sustraerse a las consecuencias penosas de la culpa que queda expiada al presente con sus sufrimientos. Y ustedes también, madres que tienen hijos bajo las armas, invoquen a María.
También fue llamado el Hijo de María a combatir contra las fuerzas del mal, y ella lo acompañó en el campo de batalla, recibiendo una herida en el corazón. La Virgen hizo lo mismo que han hecho ustedes, madres que han dado un hijo a la Patria. ¡Qué ella las libre de pasar por el dolor de perderlo!
Madres que sienten el corazón oprimido por una pena muy grande, sin nombre, cual es la de tener quizá un hijo nacido con mal incurable, de cuerpo enfermizo, retrasado mental, incapaz de hablar, de entenderlas; ustedes que advierten como se abaten sobre ustedes y sobre sus hijos las alas de la muerte, cada día más próxima, de manera inexorable, confíen sus penas a María, díganle que les escuche ella, que vivió en angustiosa espera de esa misma marea cuajada de dolores.
La Virgen María sabe perfectamente lo que significa tener un hijo que sea una cruz que pesa cada día sobre el corazón. El día en que Jesús vino al mundo, los Magos de Oriente le ofrecieron mirra, que es símbolo de su muerte. Cuando el Niñito sólo contaba cuarenta días, al anunciar el anciano Simeón que sería signo de contradicción, le anticipaba la crucifixión y profetizaba a María la lanzada que, al traspasar el Corazón del Hijo, atravesaría también su alma de madre. Haga la Virgen, que conoce su dolor, que abracen la voluntad de Dios oculta en su cruz y la conviertan en merecimiento para el cielo.
Déjenme luego que, por mi parte, pida a María que todos los pueblos conozcan pronto a Su Jesús.

El arte indígena va pintado a la Virgen como si hubiera nacido en el país, como una mujer de su tierra. Y muy acertadamente, desde luego. De la misma manera que en las rosas de Chartres y en la gruta de Lourdes se aparece como una francesa, y se la ve en Fátima como una portuguesa, así también resplandece con Su Cara de Bondad, negra como el azabache, ante las gentes del África Ecuatorial; espléndida y luminosa como la gloria del sol naciente, ante los japoneses; transforma, en fin, Su Belleza sin ocaso, conforme a los gustos de cada país, como una señora elegante que no pierde ni altera su atractiva hermosura aunque se cambie de vestido.
Todas las almas desilusionadas, inquietas, temerosas, deben recobrar ánimos pensando en la bondad de María.
Cuéntase que, dando una vuelta por el Cielo, vio el Señor un día bastantes almas que habían entrado en él con demasiada facilidad. Al momento fue a verse con San Pedro, al que le dijo: “Te entregué las llaves del Paraíso para que la usaras pensando con la cabeza y haciendo las cosas con juicio. Dime cómo ha sido el entrar esas almas aquí en mi Reino.”
San Pedro, un poco amoscado, le repuso: “Señor, no debes tomarla conmigo. Cuando yo cierro la puertas, tu Madre abre la ventana.”
Bernard Shaw debía pensar en esto mismo, pues, según nos ha descubierto el escritor y poeta W.T. Titterton, el célebre Shaw, apreciaba mucho a una monja que todos los días rezaba por su conversión.
Un día quiso explicarle a la monja las dificultades que tenía para creer en la Divinidad de Cristo. Antes de marcharse, le dio Shaw unas amables palmaditas en la espalda y le añadió: “Pienso que al fin me verá Su Madre entrar en Su casa.”
Para la Virgen, siempre seremos nosotros unos chicos no bien conocidos que otra vez seremos mejores.
El corazón de una madre piensa más en el hijo que se ha caído y se ha causado mal.
El padre ofendido se fija más en la culpa, pero la madre, en la persona.
María vela por nosotros, débiles y pequeños hijos suyos, del mismo modo que velaba por su Jesús, y siendo, como es, la Madre del Juez, puede susurrarle al oído alguna palabra de piedad y de perdón para nosotros.
El pecado y la Redención encuentran en la Virgen la posible armonía de la esperanzas. La Virgen no puede perdonarnos; pero puede, sin embargo, interceder por nosotros, conciliando la Justicia y la Misericordia de Dios con su ruego de Madre.
Sin la misericordia, la justicia sería extremadamente rigurosa; y si no hubiese justicia, la misericordia permanecería indiferente ante la culpa.
Hay un dulce matiz en el perdón obtenido por una madre y no deja ningún amargor en el perdonado.
La justicia puede castigar con mano dura nuestro delito; la misericordia nos deja en el corazón el disgusto de no haber estimado convenientemente a quien nos apreciaba.
Por ese motivo es quizá por lo que un delincuente castigado por la justicia recae en el mismo delito; pero un hijo salvado por las lágrimas de su madre promete en su corazón ser mejor en lo sucesivo.
Hay otro misterioso poder en el corazón de una madre: el de aminorar la culpa de los hijos. Los deshonestos no podrán nunca tolerar a los castos; pero los limpios de corazón comprenden a los metidos en el fango; por eso un buen confesor siente especial afecto por el pobre pecador y está siempre predispuesto a disminuir la gravedad de la culpa; por eso mismo Dios no agrava las conciencias, sino que las libera del pecado.
Nathanael Hawthorne ha dicho: “Siempre les he envidiado a los católicos su dulce y Santa Virgen Madre que campea entre ellos y la Divinidad. La Virgen intercepta lo que, procedente de la Divinidad, podría ser demasiado intenso para nuestros ojos mortales y sólo permite que todo el amor de Dios riegue el corazón de sus fieles después de haberse vuelto más humano y más inteligible por la ternura de la Señora.”
Para San Efrén, la Virgen es la Patrona de los abocados a la perdición.
Dejen, pues que les describa alguna de las almas heridas y desilusionadas que pueden invocar a María y pueden ser salvadas por Ella.

Hay dolores en la vida que son propios de las mujeres, y que no entienden los hombres. Tal vez por eso, lo mismo que hubo un Adán y una Eva en el día del primer pecado, debía haber un nuevo Adán y una nueva Eva en la Redención. Adán, Eva, el árbol del paraíso.
Cristo, María, el árbol de la Cruz.
Cristo padeció mentalmente todas las agonías de la humanidad; pero las ansias y los espasmos que sólo puede pasar una mujer las soportó María en unión de Él.
Hay una pena muy amarga que sólo puede experimentar el corazón de una mujer: la vergüenza de una madre no casada. La Virgen María estaba desposada con San José; pero mientras no advirtió el Ángel al esposo que la Virgen había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y no por obra de varón, María hubo de sufrir el atroz suplicio de las mujeres que llevan en su regazo el fruto de un pecado.
Tal vez sin saberlo, Bernardo Shaw ha hecho resaltar con su conclusión una verdad sublime y consoladora. Quienes no se hallan aún dispuestos a aceptar a Cristo como Mediador entre Dios y el hombre, quizá lleguen a la Fe por medio de María que será la Mediadora entre esas almas infelices y Cristo; Virgen de la Esperanza, para quienes están muy próximos a la desesperación.
Marcelo Proust, siendo joven, contó un día a su madre todas las bestialidades que había cometido. La madre no pudo comprender todo lo que su hijo le contaba; pero con una bondad a la par suave e impresionante, le habló con ternura al corazón, le hizo más liviana la carga de su responsabilidad, y Marcelo Proust pudo entender el íntimo sentido encerrado en el título dado a la Virgen, mediante la bondad de su madre.
¿Pero cómo podrá la Virgen María identificarse con las penas de los que todavía no se han acercado a Jesucristo? ¿Cómo podrá sentir en Ella el sangrar de las heridas de los pecadores? La Virgen María es como la azucena en el barro de una charca cenagosa: es inmaculada, pero comprende lo que les pasa a los que han caído. El pecado nos separa de Dios. La Virgen perdió también a Su Jesús, Su Dios, si bien no lo perdió moralmente, sino físicamente, durante tres días inacabables. Y su Hijo sólo tenía doce años. ¡Cuántas preguntas hizo, cuántas indagaciones realizó y cuanto rezó para encontrarlo! María nunca pecó, pero experimentó en sí el efecto, el desesperado vacío que acongoja el corazón de todo pecador que ha perdido a Dios. Los que han pecado, acuérdense de que la Virgen María irá en su busca, y cuando los haya encontrado les dirá unas suaves palabritas: “Hijo mío, te hemos buscado apenados.” La Virgen les comprende y puede llevarles a su Hijo.
No está escrito en el Evangelio, pero creo que Judas evitó encontrarse con la Virgen antes de traicionar a Jesús y después de su traición, cuando, con el cabestro en mano, fue a colgarse de un árbol. Nadie habría encontrado nunca un perdón más cordial.
Si Judas está hoy en el infierno, ello lo debe al hecho de haber vuelto la espalda voluntariamente a la Virgen María. Si no está allí, será porque en el instante en que, desde su colina, miró la del Calvario, vería en ella a la Madre con su Hijo y moriría con la siguiente plegaria en los labios: “Refugio de pecadores, ruga por mí.” No perdamos nunca la esperanza de salvación.
Recen el Rosario y no olviden que el último acto realizado por el Señor en la tierra fue dejarnos a Su Madre como Madre nuestra.
¡He ahí a tu Madre!
¿Y no van a quererla aceptar?
Jesús se la ha ofrecido.
Un hijo tiene necesidad de su madre.
Una madre no puede desentenderse de su hijo.
Quisiera proporcionar un consuelo a las almas que se encuentran solas, insatisfechas y apenadas, dejándoles un recuerdo: el hijo que recibe más besos de la madre es el que más veces se cae.
Puede darse el caso de que tenga también alguno para ustedes.
¡Por el amor de Jesús!
Monseñor Fulton Sheen