22 de mayo de 2013

MADRE DE MISERICORDIA

Fotos de flores: lilas
Lilas 
Mes de mayo
Día 22

Entre todos los atributos de Dios, este de la misericordia es sin duda el más atractivo y consolador para el corazón humano. Pero es quizás también el más admirable.
Dios Todopoderoso se inclina hacia nosotros, se compadece de nuestras miserias y trata de aliviarlas. Su amor le lleva a perdonar y remediar nuestros pecados.
Dios nos entrega su corazón, a nosotros que somos desgraciados a consecuencia de nuestros pecados y de nuestras maldades. Y con su corazón nos rodea de compasión, de indulgencia y de perdón.
Por su infinita misericordia el Señor nos trata con amor a quienes estamos lejos de su amor y nos hemos comportado como enemigos de ese amor divino.
Es tan grande y misterioso el amor de Dios hacia el género humano que Él mismo se hace hombre para remediar nuestras desgracias, para sacarnos del hoyo mortal y elevarnos a una vida nueva. 
Dios quiere hacernos uno con Él: "Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia" (Os 2, 21).
La Sagrada Escritura nos revela cómo es la misericordia de Dios hacia nosotros. Así nos dice: "La misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión" (Lam 3, 22). Y también: "Él tiene misericordia con los que aceptan la instrucción y están siempre dispuestos a cumplir sus decretos" (Ecli 18, 14).
El Nuevo Testamento es la plenitud de la Revelación del amor de Dios y de su misericordia, hasta el punto que Jesús mismo es la misericordia encarnada. Todas sus palabras, gestos y actitudes son revelación de su corazón misericordioso. Su evangelio, es evangelio de la misericordia.
Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús exclama: "Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia" (Mt 5, 7) Y en sus invectivas contra los fariseos y los escribas les dice abiertamente: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis  el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidáis lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello" (Mt 23, 23).
La misericordia es una de las señales, o más bien la gran señal, de la llegada y de la instauración del reino de Dios: "Id  y aprended qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9, 13).
Entrar en el reino de Dios inaugurado por Cristo supone entrar en esta onda de su misericordia infinita, acogiendo con estupor y gratitud la misericordia con que Dios nos rodea y convirtiéndonos también nosotros en instrumentos de su misericordia en favor de todos los hombres, "Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia se ríe del juicio" (Sant 2, 13).
María es testigo y embajadora de la misericordia divina. Ella testimonia con sus palabras y con su vida la misericordia que Ella misma experimenta en lo profundo de su alma.
María no puede ni quiere callar el testimonio de la misericordia divina, por ello proclama abiertamente: "Su nombre es santo, y es misericordioso siempre con aquellos que le honran" (Lc 1, 49-50). "Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre" (Lc 1, 54-55)
La Santísima Virgen experimenta en su vida la misericordia del Padre. Ella acoge en su seno a Aquél que es la Misericordia divina y lo da al mundo.
El gran testimonio de la misericordia de María se realiza cuando Ella ofrece al Padre a su Hijo que se inmola en la cruz por nosotros y por nuestra salvación. Como Madre de misericordia consiente, ofrece y participa en aquél holocausto de amor y de misericordia.
María es nuestra Dulcísima Madre de misericordia porque siendo pecadores  nos acepta y nos recibe como hijos suyos.
El ejercicio de su misericordia maternal se renueva a cada momento por su intercesión constante en nuestro favor, por su mediación ante su Hijo para alcanzarnos las gracias que necesitamos y distribuirlas maternalmente.
El ejercicio de su misericordia se renueva al renovar Ella misma la ofrenda de su Hijo y su ofrenda personal cada vez que  en el altar se renueva el Sacrificio de la Cruz.
María es nuestra Madre de misericordia, siempre dispuesta a acoger a sus hijos pecadores para llevarlos hasta Jesús.
Fruto: Acoger la misericordia  divina y ser misericordiosos.
P. Manuel María de Jesús

MES DE MAYO, MES DE MARÍA, EN EL AÑO DE LA FE (22). Abandono en María, madre de nuestra fe



INVOCACIONES INICIALES
Te saludamos, María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. Tú eres templo y sagrario de la Santísima Trinidad. ¡Bendita tú que has creído!  Avemaría.
Te saludamos, María, Virgen antes, durante y después del parto, siempre santa e inmaculada, Madre de Jesús, el Hijo de Dios, y Madre de todos los hombres. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría.
Te saludamos, María, Reina de cielos y tierra, Reina y Madre nuestra, Corredentora y Mediadora de todas las gracias. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría. 

BREVE REFLEXIÓN.
Abandono en María, madre de nuestra fe
“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros... ” Con Isabel, nos maravillamos y decimos:
“¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como oró por sí misma: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: “Hágase tu voluntad”.
“Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la “Madre de la Misericordia”, a la Toda Santa. Nos ponemos en sus manos “ahora”, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, “la hora de nuestra muerte”. Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo, y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra (cf Jn 19, 27) para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.
Catecismo de la Iglesia Católica, 1

ORACIÓN FINAL
De la imitación de María, Tomas de Kempis
Oh María, hoy me entrego confiadamente a ti, y deseo que esto sea confirmado para siempre por tu medio. Para vencer mi debilidad, basta con mantenerme en es-trecha unión contigo. Por eso me alegraré y me consolaré profundamente en ti, y cantaré con júbilo las alabanzas de tu santo nombre.

21 de mayo de 2013

REPORTAJE FOTOGRÁFICO DEL DOMINGO DE PENTECOSTÉS EN LA IGLESIA DEL SALVADOR DE TOLEDO


Este reportaje fotográfico ha sido realizado en la Santa Misa Cantada celebrada en la Iglesia del Salvador de Toledo el pasado domingo 19 de mayo de 2013 -Domingo de Pentecostés- por gentileza de Dña. Marisol Carmena a quien agradecemos su esmerada labor. 
Recomendamos a nuestros lectores descargar el PPSX para su mejor visualización. 

AVISO. FIESTA DE CRISTO SACERDOTE EN LA OCTAVA DE PENTECOSTÉS


PAPA FRANCISCO: LA ORACIÓN HACE MILAGROS, ¡PERO DEBEMOS CREER!


Una oración valiente, humilde y fuerte cumple milagros: lo afirmó el Papa Francisco esta mañana en la Misa presidida en la Casa de Santa Marta. Este lunes estuvo presente otro grupo de empleados de Radio Vaticano, acompañados por nuestro director general, el P. Federico Lombardi. 
La liturgia del día nos propone el pasaje del Evangelio en el que los discípulos no logran sanar a un muchacho; el mismo Jesús debe intervenir, lamentando la incredulidad de los presentes; y al padre de aquel chico que le pide ayuda, responde que “todo es posible para el que cree”. El Santo Padre observó que a menudo también aquellos que aman a Jesús no arriesgan mucho en su fe y no se confían completamente a Él:
“Pero ¿por qué, esta incredulidad? Creo que es justamente el corazón que no se abre, el corazón cerrado, el corazón que quiere tener todo bajo control”.
Es un corazón que “no se abre” y no “deja a Jesús el control de las cosas" 
 – explicó el Papa – y cuando los discípulos le preguntan por qué no han podido sanar al joven, el Señor responde que aquel “tipo de demonio no se puede expulsar sino sólo con la oración”. “Todos nosotros – subrayó - llevamos un poco de incredulidad, dentro”. Es necesaria “una oración fuerte, y esta oración humilde y fuerte hace que Jesús pueda obrar el milagro. La oración para pedir un milagro, para pedir una acción extraordinaria – prosiguió el Obispo de Roma – debe ser una oración coral, que nos involucre a todos”. A este propósito el Papa narró un episodio ocurrido en Argentina: una niña de 7 años se enfermó y los médicos le dieron pocas horas de vida. El papá, un electricista, “hombre de fe”, “enloqueció – contó el Pontífice - y en aquella locura” tomó un autobús para ir al Santuario mariano de Lujan, distante 70 kilómetros:
“Llegó ahí pasadas las 9 de la noche, cuando todo estaba cerrado. Y comenzó a rezar a la Virgen, con las manos aferradas a la reja de hierro. Y rezaba, y rezaba, y lloraba, y rezaba … y así, permaneció toda la noche. Pero este hombre luchaba: luchaba con Dios, luchaba junto a Dios por la sanación de su hija. Luego, después de las 6 de la mañana, fue a la terminal, tomó el bus y llegó a casa, al hospital, a las 9, más o menos. Encontró a su esposa llorando. Se imaginó lo peor. ‘¿Qué ha pasado? ¡No entiendo, no entiendo! ¿Qué ha pasado?’. ‘Han venido los doctores y me han dicho que la fiebre ha pasado, que respira bien, que ¡no tiene nada! La dejarán en reposo por dos días más, pero no entienden ¡qué cosa ha pasado!’. ¡Esto todavía sucede, ¿eh?, los milagros existen!”.
Pero es necesario orar con el corazón, concluyó Francisco:
“Una oración valiente, que lucha por llegar a aquel milagro; no aquellas oraciones de circunstancia, ‘Ah, rezaré por ti’: rezo un Padre Nuestro, un Ave María y, después me olvido. No: oración valiente, como aquella de Abrahán que luchaba junto al Señor por salvar la ciudad, como aquella de Moisés que tenía las manos en alto y se cansaba, rezando al Señor; como aquella de tantas personas, de tanta gente que tiene fe y con la fe reza, reza. La oración hace milagros, pero ¡debemos creer! Creo que podemos hacer una bella oración … y decirle hoy, durante toda la jornada: ‘Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad’ ... y cuando nos piden rezar por tanta gente que sufre en las guerras, los refugiados, por todos los dramas de la actualidad, rezar al Señor, pero con el corazón: ‘¡Hazlo!’, sino decirle: ‘Creo, Señor. Ayuda a mi incredulidad’ que también está en mi oración. Hagamos esto, hoy”.
Fuente: Radio Vaticano

TRONO DE LA SABIDURÍA

Iris
Mes de mayo
Día 21

En las letanías lauretanas invocamos a María como Trono de la Sabiduría, porque engendró primero en su corazón y luego en su seno al Verbo de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
María no se limitó a ser mera portadora de la Sabiduría para en un momento determinado alumbrarla al mundo como si fuese un instrumento pasivo en las manos de Dios.
El Señor preparó el alma de Maria para ser digno Trono de la Sabiduría, porque esta "no entra en alma perversa, ni habita en cuerpo esclavo del pecado" (Sab 1, 4).
Pero María la deseó con todas sus fuerzas y se dejó modelar y hacer por Dios para ser digno trono: "Por eso rogué, y me fue dada la prudencia; supliqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría.
La he preferido a los cetros y a los tronos, y  a su lado en nada he tenido la riqueza.
Ni siquiera la he comparado a la piedra más preciosa, pues todo el oro ente ella es un poco de arena, y a su lado la plata no pasa de ser lodo.
La he amado más que a la salud y a la belleza, y la he preferido a la misma luz, porque su resplandor no tiene ocaso.
Todos los bienes me han venido con ella, tiene en sus manos riquezas innumerables.
Son fuente de gozo, porque los trae la sabiduría, aunque yo no sabía que ella era su madre.
La aprendí con sencillez, sin envidia la comparto, y no escondo a nadie sus riquezas" (Sab 7, 7-13)
Ella comparte con nosotros la Sabiduría porque de sus manos hallamos a Cristo nuestro Dios. Ella no esconde a nadie las riquezas de su Hijo, por el contrario desea que nosotros nos enriquezcamos con sus dones, con su luz, con su gracia y con su vida divina. 
En su vida, María no se conduce a merced de sus sentimientos, ni se guía apoyada únicamente en la luz de su inteligencia. Ella vive de la fe y permite que la luz de la sabiduría sea la que guíe y conduzca todos sus pasos.
Así, también nosotros hemos de conducirnos con el orden establecido por Dios: que la luz de la Sabiduría - la luz de la Revelación- ilumine nuestra inteligencia, y esta sea la que dirija nuestra voluntad hacia Dios y hacia el bien.
El cristiano ha de tener unos parámetros que no son los del mundo. No ha de dejarse llevar por opiniones de las mayorías, ni ha de dejarse conducir por los principios de las ideologías.
Cristiano es aquél que camina iluminado por Cristo que es el Camino, la Verdad y la Vida. Por Cristo que es la Sabiduría de Dios y que se nos ha revelado y manifestado para mostrarnos el camino de la verdad y de la vida.
En la medida en que nos dejamos iluminar por Cristo, dejamos de pensar como los hombres que no tienen fe y pasamos a juzgar y valorar las cosas desde el punto de vista de Dios, tal y como Él las juzga y valora. Es así, cuando entonces nuestra vida discurre toda ella bajo la luz de Dios.
Pidamos a María que despierte en nosotros el ardiente deseo de la Sabiduría, prefiriéndola y amándola más que todas las cosas.
Fruto: Dejarse guiar por la Sabiduría de Dios
P. Manuel María de Jesús

MES DE MAYO, MES DE MARÍA, EN EL AÑO DE LA FE (21). Saludamos a María, bendita porque ha creído.



INVOCACIONES INICIALES
Te saludamos, María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. Tú eres templo y sagrario de la Santísima Trinidad. ¡Bendita tú que has creído!  Avemaría.
Te saludamos, María, Virgen antes, durante y después del parto, siempre santa e inmaculada, Madre de Jesús, el Hijo de Dios, y Madre de todos los hombres. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría.
Te saludamos, María, Reina de cielos y tierra, Reina y Madre nuestra, Corredentora y Mediadora de todas las gracias. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría. 

BREVE REFLEXIÓN.
Saludamos a María, bendita porque ha creído.
Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una expresión privilegiada en la oración del Avemaría:

“Dios te salve, María (Alégrate, María)”. La salutación del ángel Gabriel abre la oración del Avemaría. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava (cf Lc 1, 48) y a alegrarnos con el gozo que Dios encuentra en ella (cf So 3, 17)
“Llena de gracia, el Señor es contigo”: Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquel que es la fuente de toda gracia. “Alégrate [...] Hija de Jerusalén [...] el Señor está en medio de ti” (So 3, 14, 17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21, 3). “Llena de gracia”, se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al mundo.
“Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. “Llena [...] del Espíritu Santo” (Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48): “Bienaventurada la que ha creído... ” (Lc 1, 45): María es “bendita [... ] entre todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las “naciones de la tierra” (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.
Catecismo de la Iglesia Católica, 2676 a

ORACIÓN FINAL
De la imitación de María, Tomas de Kempis
Tú eres la honra del cielo, el gozo y la dicha de todos los santos, la almohada  revestida de oro del Santo de los santos, el alborozo y la expectación de los  Padres antiguos. Por tu intermedio, Madre bendita y Virgen elegida de singular  manera, a los que piden la misericordia divina se les promete y concede el perdón de los pecados, la gloria de los hijos de Dios  y la bienaventuranza en el Reino de los cielos. 

20 de mayo de 2013

SANTA MISA CANTADA SEGÚN LA FORMA EXTRAORDINARIA DEL RITO ROMANO EN LA IGLESIA DEL SALVADOR DE TOLEDO


En Pentecostés, cincuenta días después de su Resurrección, Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que la Trinidad Santa queda plenamente revelada. La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria. (comCEC144)
Las tres grandes fiestas del Año litúrgico son llamadas "Pascua" -Pascua de Navidad, Pascua de Resurrección y Pascua de Pentecostés-; tres fiestas donde la Iglesia exulta de gozo y se llena de alegría. Este gozo espiritual ha de inundarnos también a cada uno de nosotros mediante la participación en la Sagrada Liturgia y hemos de intentar penetrar mediante la meditación y la oración personal en lo que la Iglesia quiere que vivamos.
Ayer, día 19 de mayo, en la Iglesia del Salvador, se celebró la santa misa cantada que fue solemnizada con la participación de la Schola de los Heraldos del Evangelio de Camarenilla (Toledo) que interpretaron los propios de la misa y el Kirial Fons Bonitatis. Agradecemos desde nuestro blog su generosa colaboración.

 
Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo. 
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse 
y danos tu gozo eterno. Amén.

MADRE Y MAESTRA

Calas
Mes de mayo
Día 20

No reparamos lo suficiente en que nuestra vida cristiana, la vida sobrenatural y divina que nos fue infundida en el santo bautismo, es eso: vida.
La vida cristiana al igual que toda forma de vida y todo cuanto existe tiene su origen en Dios que es la fuente de la vida. ¡Dios es la Vida! De sus manos ha salido todo cuanto existe.
Sin embargo, Dios ha querido hacer partícipe al género humano de su misma vida, la vida divina.
Es a esta vida divina a la que Jesús se refiere cuando dice a Nicodemo: "Yo te aseguro que el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. Nicodemo repuso:
 ¿Cómo es posible que un hombre vuelva a nacer siendo viejo? ¿Acaso puede volver a entrar en el seno materno para nacer de nuevo?
Jesús le contestó:
Yo te aseguro que nadie puede entrar en el reino de Dios, si no nace del agua y del Espíritu" (Jn 3, 3-5)
Esta vida nueva fue infundida en nuestra alma cuando recibimos el santo bautismo. Mediante él fuimos engendrados por el Espíritu y renacidos a la vida sobrenatural.
En ese nuestro renacer tuvieron parte María como Madre  y el Espíritu Santo como Señor y dador de vida.
Resulta que la vida divina es, por decir de alguna manera, nuestra vida más importante, nuestra vida verdadera, porque es vida eterna.
La vida terrenal, física, es perecedera y temporal. La vida divina no se acaba.
Pero nosotros, infelices, cuidamos y nos desvivimos por nuestra vida terrenal, por nuestras necesidades físicas y descuidamos la vida verdadera.
¡Es una aberración! Pero nos comportamos de esa forma irracional y temeraria.
María, nuestra Madre, cuida de nuestra vida sobrenatural. Intercede ante el Espíritu Santo para que con su luz y sus mociones nos haga ver la verdad y nos mueva a cuidar con mimo la vida divina que hay en nosotros.
María nos da ejemplo de prudencia, de responsabilidad, de cordura. Como Madre y Maestra nos enseña a ir a Jesús, porque en Él está la fuente de la vida eterna: "el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna" (Jn 4, 14)
Dios pone a nuestra disposición todos los medios necesarios para que podamos crecer y desarrollar la vida sobrenatural.
Esos medios Jesús los ha entregado a la Iglesia para que ella nos los dispense y así nuestra vida eterna esté asegurada.
Pidamos a María que no deje que despreciemos ni descuidemos esos medios. Que no seamos tan inconscientes como para poner en peligro la vida sobrenatural que es el fruto de la muerte de Cristo por nosotros. Él murió y resucitó "para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud"( Jn 10, 10).
Triste y dura es la queja de Jesús: "vosotros no queréis aceptarme para tener vida eterna"( Jn 5, 40). 
Por eso, nuestra Madre nos urge: "Haced lo que Él os diga"(Jn 2, 5). Porque como Madre no puede querer otra cosa que el crecimiento de nuestra vida sobrenatural.
María como Madre no permanece indiferente a nuestro destino eterno. Ella quiere que vivamos eternamente. Que la vida que Ella engendró salga adelante y llegue a buen término. El Señor nos ha confiado en sus manos maternas. No soltemos su mano. No nos alejemos de Ella. Acojamos sus llamadas maternales. Recurramos a Ella en las tentaciones, peligros y cansancios.
María quiere que acudamos frecuentemente al Sacramento de la Penitencia y a  la Sagrada Comunión. Que dediquemos cada día un tiempo para la oración. Que dediquemos tiempo a adorar a Jesús presente en la Sagrada Eucaristía. Que leamos y meditemos la Sagrada Escritura. Que recemos el Santo Rosario. Que hagamos lectura espiritual.
María quiere, en fin, que pongamos más interés en el crecimiento y cuidado  de nuestra vida sobrenatural que aquél que ponemos para cuidar nuestra vida física y terrenal.
Frutos: Poner los medios para el crecimiento de nuestra vida sobrenatural.
P. Manuel María de Jesús

MES DE MAYO, MES DE MARÍA, EN EL AÑO DE LA FE (20). Oramos en la fe a María, pura transparencia de Cristo



INVOCACIONES INICIALES
Te saludamos, María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. Tú eres templo y sagrario de la Santísima Trinidad. ¡Bendita tú que has creído!  Avemaría.
Te saludamos, María, Virgen antes, durante y después del parto, siempre santa e inmaculada, Madre de Jesús, el Hijo de Dios, y Madre de todos los hombres. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría.
Te saludamos, María, Reina de cielos y tierra, Reina y Madre nuestra, Corredentora y Mediadora de todas las gracias. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría. 

BREVE REFLEXIÓN.
Oramos en la fe a María, pura transparencia de Cristo
En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo Único, en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella, nuestra oración filial nos pone en comunión, en la Iglesia, con la Madre de Jesús (cf Hch 1, 14).

Desde el sí dado por la fe en la Anunciación y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, “que son peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias” (LG 62). Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre es pura transparencia de Él: María “muestra el Camino” [Odighitria], es su Signo, según la iconografía tradicional de Oriente y Occidente.
A partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno “engrandece” al Señor por las “maravillas” que ha hecho en su humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos (cf Lc 1, 46-55); el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de los hijos de Dios, ya que ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.
Catecismo de la Iglesia Católica, 2673-2675

ORACIÓN FINAL
De la imitación de María, Tomas de Kempis
Si tú, mi muy gloriosa Señora, estuvieras conmigo, ¿quién podría estar en contra de mí? y si me concedieras la gracia, ¿quién podría rechazarme? Abre  ampliamente tus brazos hacia mí, en este momento, y en ellos encontraré refugio. Di a mi alma: "Yo soy tu Abogada, no temas. Como una madre consuela a su hijo, así yo te consolaré". Esta es tu voz, dulce María. Pero, ¿quién ayudará a mi corazón a escucharla siempre? ¡Qué dulces son tus palabras! Habla, Señora mía, al corazón de tu servidor, pues tu servidor te escucha. Yo soy servidor tuyo y servidor de tu Hijo.  Pero digo más: tú eres mi Madre y Jesús es mi hermano. Me atrevo a añadir esto, porque tú lo has engendrado no sólo para ti, sino para todo el mundo.