9 de febrero de 2015

EN EL AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA

 El 8 de diciembre de 2013, Fiesta de la Inmaculada Concepción, el Seminario Teológico de la Inmaculada Mediadora (STIM) de los Franciscanos de la Inmaculada (FI) fue cerrado por el Comisario Apostólico, P. Fidenzio Volpi. El mismo día, uno de los frailes grabó un vídeo que presenta, junto a filmaciones complementarias, el modo de vida en aquél Seminario.
Esta filmación se ha mantenido en secreto hasta ahora. En este Año de la Vida Consagrada, Rorate Coeli, ha obtenido en exclusiva este vídeo que ha estado escondido hasta hoy por motivos de seguridad de los implicados en la grabación.
Un buen número de frailes que se ven en este vídeo han tenido que abandonar su Congregación, después de la clausura del Seminario, por razones de conciencia ante el nuevo estilo de vida que se les ha impuesto forzosamente.
Aprovechamos para pedir oraciones por el futuro de esta Congregación.

8 de febrero de 2015

CARTA ANTES DE MORIR

PARA AYUDAR A  MEDITAR
“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera. Posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen.
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres… He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrá de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.
Trata de decir siempre lo que sientes y haz siempre lo que piensas en lo más profundo de tu corazón.
Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma.
Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo, te diría “Te Quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.
Siempre hay un mañana y la vida nos da siempre otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.
El mañana no lo está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si mañana nunca llega, seguramente lamentaras el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo.
Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles, “lo siento” “perdóname”, “por favor”, “gracias” y todas las palabras de amor que conoces.
Nadie te recordará por tus nobles pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos.
Finalmente, demuestra a tus amigos y seres queridos cuanto te importan".
Gabriel García Márquez. Premio Nobel de Literatura

6 de febrero de 2015

ORACIÓN PARA BIEN DISPONERSE A COMULGAR

ORACIÓN DE SÚPLICA A SAN JOSÉ

San José, tu que tuviste la suerte -regalo de Dios- de no sólo ver y oír a Dios a quién muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron; sino que además pudiste también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo.
V. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.
Dios nuestro, te pedimos que, así como San José mereció tratar y llevar en sus brazos a Jesús con cariño, hagas que también nosotros lo arropemos con el mismo cariño en nuestro corazón cuando dentro de un momento, recibamos su Cuerpo y Sangre. Amén.

PAPA FRANCISCO: UN BUEN PADRE DE FAMILIA

El legado de un buen padre: un buen hijo
Cada familia necesita un padre ...y me gustaría hablar de su papel partiendo de algunas frases que se encuentran en el Libro de los Proverbios, palabras que un padre dirige a su hijo:
"Hijo mío, si tu corazón es sabio, también el mío se llenará de alegría. Exultaré dentro de mí, cuando tus labios hablen con rectitud´´.
No se podrían expresar mejor el orgullo y la emoción de un padre que reconoce haber transmitido a su hijo lo que realmente importa en la vida: un corazón sabio.
En la frase del Libro de los Proverbios es como si el padre dijese: "Esto es lo que quería dejarte para que se convirtiera en algo tuyo: la capacidad de sentir y actuar, de hablar y juzgar con sabiduría y rectitud. Y para que tú pudieras ser así te he enseñado cosas que no sabías y he corregido los errores que no veías … Yo, en primer lugar tuve que poner a prueba la sabiduría del corazón, y vigilar los excesos del sentimiento y el resentimiento, para soportar el peso de los malentendidos inevitables y encontrar las palabras adecuadas para hacerme entender"
Un padre sabe cuánto cuesta transmitir este legado: cuanta proximidad, cuanta dulzura y cuanta firmeza. Pero, ¡qué consuelo y que recompensa recibe, cuando los hijos rinden honor a esta herencia! Es una alegría que compensa todas las fatigas, supera cualquier malentendido y cura todas las heridas.
Consejos para llegar a ser un buen padre de familia:
  • Para ser un buen padre, lo primero es estar presente en la familia.
  • Un buen padre debe estar cerca de la esposa, para compartir todo, alegrías y tristezas, esperanzas y esfuerzos.
  • Un buen padre debe estar cerca de los hijos mientras crecen: cuando juegan y cuando se esfuerzan, cuando están alegres y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando callan, cuando se atreven, y cuando tienen miedo, cuando dan un paso en falso y cuando encuentran su camino. 
Un padre presente siempre. Pero decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres controladores anulan a sus hijos, no les dejan crecer.
Un buen padre sabe esperar, y sabe perdonar
El Evangelio nos habla del ejemplo del Padre que está en el cielo, el único, dice Jesús, que puede ser llamado verdaderamente ´´Padre bueno". Todos conocen la extraordinaria "parábola del hijo pródigo", o más bien, del "padre misericordioso", que se encuentra en el Evangelio de Lucas ¡Cuánta dignidad y cuánta ternura hay en la espera del padre que está en la puerta esperando el regreso de su hijo.
Los padres deben ser pacientes. Tantas veces no se puede hacer nada más que esperar; rezar y esperar con paciencia, dulzura, magnanimidad, misericordia. Un buen padre sabe esperar, y sabe perdonar, desde el fondo de su corazón; ciertamente también sabe corregir con firmeza... El padre que sabe cómo corregir sin humillar es el mismo que sabe proteger sin ahorrar esfuerzos.
Si hay alguien que pueda explicar hasta el fondo la oración del Padre Nuestro, que nos enseñó Jesús, es sólamente aquel que vive en primera persona la paternidad. Sin la gracia que viene del Padre que está en los cielos, los padres pierden valor, y dejan el campo. Pero los hijos necesitan encontrar un padre que los espera cuando regresan de sus fracasos. Harán de todo para no admitirlo, para no demostrarlo, pero lo necesitan; y no encontrarlo abre en ellos heridas difíciles de sanar.
La Iglesia, nuestra madre, se compromete a apoyar con todas sus fuerzas la presencia buena y generosa de los padres en las familias, porque son para las nuevas generaciones custodios y mediadores insustituibles de la fe en la bondad, de la fe en la justicia y en la protección de Dios, como San José.
*Papa Francisco
Catequesis Audiencia general, Aula Pablo VI, Ciudad del Vaticano - 04 de Febrero de 2015
PildorasdeFe.net

4 de febrero de 2015

PAPA FRANCISCO A LOS RELIGIOSOS: OBEDIENCIA Y SABIDURÍA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
FIESTA DE LA PRESENTACIÓN
XIX JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA
Pongamos ante los ojos de la mente el icono de María Madre que va con el Niño Jesús en brazos. Lo lleva al Templo, lo lleva al pueblo, lo lleva a encontrarse con su pueblo.
Los brazos de su Madre son como la «escalera» por la que el Hijo de Dios baja hasta nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios. Lo hemos oído en la primera Lectura, tomada de la Carta a los Hebreos: Cristo «tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel» (2,17). Es el doble camino de Jesús: bajó, se hizo uno de nosotros, parasubirnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él.
Este movimiento lo podemos contemplar en nuestro corazón imaginando la escena del Evangelio: María que entra en el templo con el Niño en brazos. La Virgen es la que va caminando, pero su Hijo va delante de ella. Ella lo lleva, pero es Él quien la lleva a Ella por ese camino de Dios, que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a Él.
Jesús ha recorrido nuestro camino, y nos ha mostrado el «camino nuevo y vivo» (cf. Hb 10,20) que es Él mismo. Y para nosotros, los consagrados, este es el único camino que, de modo concreto y sin alternativas, tenemos que recorrer con alegría y perseverancia. También para nosotros, los consagrados, ha abierto un camino. ¿Qué camino es ése?
Hasta en cinco ocasiones insiste el Evangelio en la obediencia de María y José a la “Ley del Señor” (cf. Lc 2,22.23.24.27.39). Jesús no vino para hacer su voluntad, sino la voluntad del Padre; y esto –dijo Él– era su «alimento» (cf. Jn 4,34). Así, quien sigue a Jesús se pone en el camino de la obediencia, imitando de alguna manera la «condescendencia» del Señor, abajándose y haciendo suya la voluntad del Padre, incluso hasta la negación y la humillación de sí mismo (cf. Flp 2,7-8). Para un religioso, caminar significa abajarse en el servicio, es decir, recorrer el mismo camino de Jesús, que «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2,6). Rebajarse haciéndose siervo para servir.
Y este camino adquiere la forma de la regla, que recoge el carisma del fundador, sin olvidar que la regla insustituible, para todos, es siempre el Evangelio. El Espíritu Santo, en su infinita creatividad, lo traduce también en diversas reglas de vida consagrada que nacen todas de la sequela Christi, es decir, de este camino de abajarse sirviendo.
Mediante esta «ley» que es la regla, los consagrados pueden alcanzar la sabiduría, que no es una actitud abstracta sino obra y don del Espíritu Santo. Y signo evidente de esa sabiduría es la alegría. Sí, la alegría evangélica del religioso es consecuencia del camino de abajamiento con Jesús… Y, cuando estamos tristes, nos vendrá bien preguntarnos: «¿Cómo estoy viviendo esta dimensión kenótica?».
En el relato de la Presentación de Jesús, la sabiduría está representada por los dos ancianos, Simeón y Ana: personas dóciles al Espíritu Santo (se los nombra 3 veces), guiadas por Él, animadas por Él. El Señor les concedió la sabiduría tras un largo camino de obediencia a su ley. Obediencia que, por una parte, humilla y aniquila, pero que por otra parte levanta y custodia la esperanza, haciéndolos creativos, porque estaban llenos de Espíritu Santo. Celebran incluso una especie de liturgia en torno al Niño cuando entra en el templo: Simeón alaba al Señor y Ana «predica» la salvación (cf. Lc 2,28-32.38). Como María, también el anciano lleva al Niño en sus brazos, pero, en realidad, es el Niño quien toma y guía al anciano. La liturgia de las primeras Vísperas de la Fiesta de hoy lo expresa con claridad y belleza: «Senex puerum portabat, puer autem senem regebat». Tanto María, joven madre, como Simeón, anciano «abuelo», llevan al Niño en brazos, pero es el mismo Niño quien los guía a ellos.
Es curioso advertir que, en esta ocasión, los creativos no son los jóvenes sino los ancianos. Los jóvenes, como María y José, siguen la ley del Señor a través de la obediencia; los ancianos, como Simeón y Ana, ven en el Niño el cumplimiento de la Ley y las promesas de Dios. Y son capaces de hacer fiesta: son creativos en la alegría, en la sabiduría.
Y el Señor transforma la obediencia en sabiduría con la acción de su Espíritu Santo.
A veces, Dios puede dar el don de la sabiduría a un joven inexperto, pero a condición de que esté dispuesto a recorrer el camino de la obediencia y de la docilidad al Espíritu. Esta obediencia y docilidad no es algo teórico, sino que está bajo el régimen de la encarnación del Verbo: docilidad y obediencia a un fundador, docilidad y obediencia a una regla concreta, docilidad y obediencia a un superior, docilidad y obediencia a la Iglesia. Se trata de una docilidad y obediencia concreta.
Perseverando en el camino de la obediencia, madura la sabiduría personal y comunitaria, y así es posible también adaptar las reglas a los tiempos: de hecho, la verdadera «actualización» es obra de la sabiduría, forjada en la docilidad y la obediencia.
El fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla, y también por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la Congregación. Así, el «depósito», el carisma de una familia religiosa, queda custodiado tanto por la obediencia como por la sabiduría. Y este camino nos salva de vivir nuestra consagración de manera “light”, desencarnada, como si fuera una gnosis, que reduce la vida religiosa a una “caricatura”, una caricatura en la que se da un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia.
También nosotros, como María y Simeón, queremos llevar hoy en brazos a Jesús para que se encuentre con su pueblo, y seguro que lo conseguiremos si nos dejamos poseer por el misterio de Cristo. Guiemos el pueblo a Jesús dejándonos a su vez guiar por Él. Eso es lo que debemos ser: guías guiados.
Que el Señor, por intercesión de nuestra Madre, de San José y de los santos Simeón y Ana, nos conceda lo que le hemos pedido en la Oración colecta: «Ser presentados delante de ti con el alma limpia». Así sea.

DEL MODO COMO HAY QUE OCUPARSE DURANTE LA SANTA MISA

Del modo como hay que ocuparse durante la santa Misa.
Uno puede ocuparse de diversas maneras durante la santa Misa, con tal que se haga de acuerdo con uno de los cuatro fines e intenciones del sacrificio, uniéndose a la Iglesia y al sacerdote. 1. Para adorar a Dios y reconocerlo como soberano Señor y dueño absoluto de todas las cosas. 2. Para dar gracias a Dios por los beneficios que de Él se han recibido. 3. Para obtener el perdón de los propios pecados. 4. Para pedir a Dios las gracias que se necesitan.
Las oraciones que hagan durante la santa Misa quienes asistan a ella con alguna de estas intenciones y con corazón bien dispuesto, siempre les serán muy provechosas, y les procurarán muchas gracias, tanto si oran con la boca, recitando algunos salmos o algunas fórmulas de oración, como si oran sólo con el corazón, pensando, por ejemplo, en la pasión de Nuestro Señor o en algún otro misterio.
Sin embargo, hay que convenir que el modo de ocuparse durante la santa Misa más conforme con el espíritu de la Iglesia, es seguir al sacerdote en las principales partes que la componen.
Se sigue al sacerdote en la santa Misa, pidiendo, por ejemplo, perdón a Dios cuando él lo pide, penetrándose de sentimientos de fe y de respeto a la palabra de Dios cuando lee la epístola y el Santo Evangelio, y ofreciendo con él el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Jesucristo.

En ese momento es muy conveniente no ocuparse más que de la víctima divina que se ofrece por nosotros en el altar, que nosotros mismos debemos ofrecer.
San Juan Bautista De la Salle

2 de febrero de 2015

VIRGEN DE CANDELARIA

Nuestra Señora de la Candelaria, Madre de la Luz,
un día en el templo nos mostraste a Jesús, Nuestro Salvador.
Hoy venimos a Vos,
nosotros que muchas veces caminamos en tinieblas,
porque sabemos que seguís mostrándolo
a todo hombre que abre su corazón.
Danos la luz de la FE
que nos ayude a seguir los pasos de tu Hijo.
Danos la luz de la ESPERANZA
para vivir el Evangelio a pesar de las dificultades.
Danos la luz del AMOR
para reconocer y servir a Cristo que vive en los hermanos.
Danos la luz de la VERDAD
para descubrir el mal que nos esclaviza y rechazarlo.
Danos la luz de la ALEGRÍA
para ser testigos de la Vida Nueva que Dios nos ofrece.
Madre buena de la Luz, tómanos de la mano,
ilumina nuestro camino, muéstranos a Jesús.
Amén

LA PURIFICACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

*Año de la Vida Consagrada
2 de febrero, Día Mundial de la Vida Consagrada
La Virgen María, pasado el tiempo que ordenaba la Ley, se dirigió al Templo a fin de purificarse. Quiso someterse a tal prescripción, y no eximirse de ella, aun cuando no le obligaba por ser Madre del Hijo de Dios y por haberle concebido y dado a luz sin detrimento de su virginidad.
Admirad la humildad de María en este misterio: se presenta en lo exterior como una de tantas, entre las otras mujeres, Ella que, por sus dos condiciones de virgen y de madre, estaba tan por encima de las demás.
Aprended de María a no querer distinguiros en nada de los otros, y a no pedir ni desear exención alguna en la práctica de las Reglas. En la medida de vuestra fidelidad y exactitud en observarlas, os colmará Dios de sus dones y os hará felices en vuestro estado.
Al mismo tiempo que se purificaba, la Santísima Virgen ofreció a Dios su Hijo, por ser primogénito, y a fin de conformarse a la Ley en toda su perfección.
Mas, el Padre Eterno, deseoso de que este Hijo suyo querido se inmolara a su tiempo en la cruz para satisfacer por nuestros pecados; lo devolvió durante algún tiempo a la potestad de su santa Madre, después que Ella lo rescató, según prescribía la Ley.
Así, la ofrenda que el Hijo de Dios hizo de Sí mismo al Padre era por entonces únicamente interior; aunque fuese exterior por parte de la Virgen Santísima. Jesús se reservaba el ofrecerse exteriormente y a vista de todos, en el árbol de la cruz.
Vosotros os ofrecisteis a Dios cuando dejasteis el mundo; ¿no os quedasteis entonces con algo de vosotros mismos? ¿Os habéis entregado ya del todo a Él? ¿No habéis revocado la ofrenda que entonces hicisteis a Dios?
Ni podéis contentaros con haberos ofrecido a Dios una sola vez: sino que debéis renovar cada día esa ofrenda, y consagrarle todas vuestras obras, haciéndolas única mente por Él.
En pago del ofrecimiento que se hizo de Jesús en este misterio, del que efectuó Él mismo de Sí, y de la humildad que en él demostró la Santísima Virgen; inspiró Dios al santo viejo Simeón que, por un lado, publicara a voces las grandezas de Jesús, diciendo de Él que había venido para ser luz que alumbrase a los gentiles, y la gloria del pueblo de Israel (1); y, por otro, que deseara toda clase de bendiciones a su santa Madre.
¡Ah! ¡Qué ventura supone el darse a Dios! Desde esta vida, recompensa Él y colma de dulcísimos consuelos sensibles al alma que se le consagra. Y hace que sean estimados y honrados de los hombres quienes se complacen en la humillación.
Cuanto más generosamente os deis a Dios, tanto más os colmará Él de sus bienes; cuanto más despreciados seáis ante los hombres, tanto más grandes seréis delante de Dios.
*Meditaciones, San Juan Bautista De la Salle

1 de febrero de 2015

LEONIA, SIERVA DE DIOS

ABIERTO EL PROCESO DE BEATIFICACIÓN DE LEONIA, HERMANA DE SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
Leonie, que tomó en vida religiosa el nombre de Hermana Françoise-Thérèse, puede ser ya tratada mediante el título de “Sierva de Dios”. Su infancia fue dura: a menudo estaba enferma, una criada la golpeaba, fue expulsada de la escuela cuatro veces y se sentía aislada...
El pasado sábado 24 de enero el obispo de Lisieux, Jean-Claude Boulanger anunció el inicio del proceso diocesano de beatificación de Léonie Martin, hermana de Santa Teresita de Lisieux. Lo hizo con una misa en el Monasterio de la Visitación de Caen, al noroeste de Francia, donde Léonie fue religiosa desde 1899 hasta su muerte con 78 años en 1941.
El obispo eligió la fiesta de San Francisco de Sales para hacer el anuncio porque es  la espiritualidad de este santo la que ella profesó... aunque al estilo del ´caminito´ de su hermana Teresa.
Leonie, que tomó en vida religiosa el nombre de Hermana Françoise-Thérèse, puede ser ya tratada mediante el título de “Sierva de Dios”.
Fue la tercera de las cinco hijas que vivieron del matrimonio de Louis Martin con Célie Guerin, beatificados conjuntamente en 2008.
Su infancia fue dura: a menudo estaba enferma, una criada la golpeaba, fue expulsada de la escuela cuatro veces y se sentía aislada en su familia. En una familia de niñas muy inteligentes, ella era poco brillante. Intentó entrar en vida religiosa tres veces antes de ser aceptada en Caen, cuando tenía ya 35 años.
Su vida empezó a llamar la atención de muchos cuando Marie Baudouin-Croix publicó en 1989 el libro “Léonie Martin: una vida difícil”.
Recibió una “hoja de ruta para la santidad” de toda una autoridad, la Santa Doctora de la Iglesia Teresa de Liseux, es decir, su hermana Teresita, que el 17 de julio de 1897, pocos meses antes de morir, le escribía así: “si quieres ser santa será fácil, porque en la profundidad de tu corazón el mundo no significa nada para ti; quiero decir que mientras te entregas devotamente a obras externas, sólo tienes un objetivo: agradar a Jesús y unirte más íntimamente a Él”. Léonie leía esas palabras cuando aún no había conseguido, pese a sus esfuerzos, entrar en ningún monasterio.
Plegaria para la Beatificación
Sor Francisca Teresa
(María Leonia Martin)
1863-1941
Oh Padre Eterno,Creador del Cielo y de la Tierra y Dador de la Vida,
Escucha mi humilde plegaria.
Gracias por la gracia que concediste a tu hija Sor Francisca Teresa.
Dígnate concederme, si es tu Voluntad, y a través de la intercesión de Sor Francisca Teresa la gracia que te pido. 
(realizar la petición)
Rezo para que  pueda ser contada entre los santos y que pueda ser glorificada dentro de la Iglesia. Humildemente, te lo pido. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén
Padre Nuestro/Ave María/Gloria

31 de enero de 2015

SÁBADO MARIANO

Amad, honrad, servid a María. Procurad hacerla conocer, amar y honrar por los demás. No sólo no perecerá un hijo que haya honrado a esta madre, sino que podrá aspirar también a una gran corona en el cielo. 
San Juan Bosco

29 de enero de 2015

DISPOSICIONES PARA OÍR BIEN LA SANTA MISA

* Por San Juan Bautista De la Salle
De la obligación de asistir a la santa Misa.
Hay obligación de asistir a la santa Misa todos los domingos y todas las fiestas.
Incluso, la intención de la Iglesia es que se oiga en la propia parroquia, y que se asista a la que se llama de ordinario misa parroquial; por esta razón manda a los pastores que den en ella una instrucción a los fieles que tienen a su cargo, explicándoles el Santo Evangelio y enseñándoles las normas de la vida cristiana.
No hay obligación de oír la misa los demás días; con todo, no se debe descuidar y, a pesar de las ocupaciones que se tenga, hay que hacer lo posible para no faltar a ella ni un solo día. Hay que convencerse de que ese tiempo no estará perdido, sino bien empleado, y de ordinario, mucho mejor que si se empleara en el trabajo; pues por medio de tan santa acción se atraerán las gracias y bendiciones de Dios sobre todo lo que hay que hacer a lo largo del día.
Quienes trabajan manualmente y cuya mente se ha de ocupar en asuntos temporales y externos durante el día, deben hacer de la santa Misa su primera preocupación y su primera acción, con el fin de no distraerse con facilidad, al asistir a ella, con los pensamientos con que se llenaría su mente si oyeran la santa Misa después de haberse dedicado a lo que es propio de su empleo; así se separa lo santo de lo profano y no se corre el peligro de perder el fruto que se pueda obtener de la práctica más santa de nuestra religión.
Quienes no pueden asistir a la santa Misa los domingos y fiestas, por estar enfermos, y aquellos a quienes asuntos necesarios y urgentes impiden oírla los demás días, deben, al menos, unirse en espíritu y en intención al sacerdote que la dice y a la asamblea de fieles que la oyen, ofrecer su corazón a Dios y ofrecerle el sacrificio de sí mismos y de todo lo que poseen, practicando, en la medida de lo posible, todas las cosas que harían si estuviesen realmente presentes.
Esta santa disposición y la unión que tengan con la Iglesia y con sus intenciones, suplirá, de algún modo, la presencia actual que no han podido tener en la santa Misa.
De las disposiciones para oír bien la santa Misa.
No es suficiente oír exteriormente la santa Misa para cumplir con la obligación que impone la Iglesia a todos los fieles, de asistir a ella los domingos y fiestas, sino que todos deben estar en ella con las disposiciones sin las que su presencia exterior sería inútil, y sin las cuales tampoco cumplirían en modo alguno lo que manda la Iglesia; pues la intención de la Iglesia, al mandar que los fieles oigan la santa Misa, es no sólo obligarlos a estar presentes en ella, sino también a que tributen a Dios sus homenajes.
Para oír debidamente la santa Misa hay tres clases de disposiciones.
1. Hay disposiciones que son necesarias para cumplir el mandamiento de la Iglesia; y estas disposiciones son oír la santa Misa completa, con atención y con espíritu de religión.
No se oye la santa Misa completa cuando no se está presente en ella, sea al comienzo, sea al final.
No se oye la santa Misa con la atención y la aplicación de la mente que se debe tener, cuando se duerme en ella, cuando se habla, cuando se mira de un lado a otro, o cuando uno se distrae voluntariamente.
No se oye la santa Misa con espíritu de religión cuando no se reza con sentimiento de piedad interior. Quienes no oyen la santa Misa entera los domingos y fiestas, no cumplen el mandamiento de la Iglesia.
 Los que no ponen atención en la santa Misa y asisten a ella sin espíritu de religión cometen dos pecados al mismo tiempo. 1. Están en la santa Misa como si no estuvieran, y ante Dios no se considera que hayan asistido a ella. 2. Incurren en cierta especie de impiedad, pues con sus inmodestias escandalosas, sea con sus posturas, con sus miradas o con sus palabras, o por su falta de aplicación o por su distracción de espíritu, profanan no sólo la Iglesia, que es lugar santo, y casa de oración, sino incluso los santos misterios que en ella se realizan, y el más augusto de todos los sacrificios. Injurian a Jesucristo, que se ofrece y se sacrifica a su Padre por ellos y por los pecados que cometen en su presencia.
2. Hay disposiciones que son necesarias para asistir provechosamente a la santa Misa y para ponerse en estado de sacar fruto de este sacrificio; y estas disposiciones son: odiar el pecado, hallarse en estado de gracia, o al menos esforzarse para volver a él, y unirse en espíritu al sacerdote que ofrece el sacrificio. Quienes se hallan actualmente en pecado mortal, o tienen voluntad de cometerlo, o se hallan en ocasión próxima de caer en él, sin querer abandonarla, no tienen las disposiciones necesarias y no pueden sacar ningún fruto del sacrificio de la santa Misa.
3. Hay disposiciones de perfección que son muy provechosas y que producen grandes frutos en las almas que las poseen. Estas disposiciones son muchas y de variadas clases; con todo se pueden reducir a dos principales, de las que dependen todas las demás. La 1ª es tener el alma desprendida de todo afecto, incluso al mínimo pecado. La 2ª es unirse al sacerdote en todas las partes y en todas las oraciones de la santa Misa, para ofrecer con él el sacrificio según la intención de la Iglesia.
Quienes deseen adquirir las disposiciones de perfección para asistir muy bien a la santa Misa y participar abundantemente en este santo sacrificio, deben aplicarse a no ofender a Dios con propósito deliberado, y vigilar mucho sobre sí mismos para no caer en pecados veniales de cierta importancia o que sean plenamente voluntarios.
También deben mostrarse en este santo sacrificio con suma modestia, con profundísima humildad, con toda la atención interior y con toda la devoción posible; y conformarse a las intenciones del mismo Jesucristo.
El cristiano, revestido de Jesucristo y animado por su Espíritu, debe ir a este sublime sacrificio con los mismos sentimientos con los que Jesucristo se ofrece como víctima a su Padre. Jesucristo se sacrifica cada día sobre nuestros altares en la santa Misa para tributar sus homenajes al Padre Eterno.
Nosotros debemos unirnos a estas santas intenciones de Jesucristo y tratar de tenerlas semejantes, para adorarlo, darle gracias, pedirle perdón por nuestros pecados y pedirle que nos obtenga las gracias que necesitamos.

25 de enero de 2015

CONVERSIÓN DE SAN PABLO

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 3 de septiembre de 2008

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO
Queridos hermanos y hermanas:
La catequesis de hoy estará dedicada a la experiencia que san Pablo tuvo en el camino de Damasco y, por tanto, a lo que se suele llamar su conversión. Precisamente en el camino de Damasco, en los inicios de la década del año 30 del siglo I, después de un período en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de san Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, comenzó a considerar "pérdida" y "basura" todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (cf. Flp 3, 7-8) ¿Qué es lo que sucedió?
Al respecto tenemos dos tipos de fuentes. El primer tipo, el más conocido, son los relatos escritos por san Lucas, que en tres ocasiones narra ese acontecimiento en los Hechos de los Apóstoles (cf.Hch 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 4-23). Tal vez el lector medio puede sentir la tentación de detenerse demasiado en algunos detalles, como la luz del cielo, la caída a tierra, la voz que llama, la nueva condición de ceguera, la curación por la caída de una especie de escamas de los ojos y el ayuno. Pero todos estos detalles hacen referencia al centro del acontecimiento: Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su "sí" definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente.
En la Iglesia antigua el bautismo se llamaba también "iluminación", porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese acontecimiento, de ese encuentro, fue muy fuerte. Ese acontecimiento cambió radicalmente la vida de san Pablo. En este sentido se puede y se debe hablar de una conversión. Ese encuentro es el centro del relato de san Lucas, que tal vez utilizó un relato nacido probablemente en la comunidad de Damasco. Lo da a entender el colorido local dado por la presencia de Ananías y por los nombres tanto de la calle como del propietario de la casa en la que Pablo se alojó (cf. Hch 9, 11).
El segundo tipo de fuentes sobre la conversión está constituido por las mismas Cartas de san Pablo. Él mismo nunca habló detalladamente de este acontecimiento, tal vez porque podía suponer que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabían que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Eso no había sucedido como fruto de su propia reflexión, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Sin dar detalles, en muchas ocasiones alude a este hecho importantísimo, es decir, al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús, cuya revelación recibió directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol.
El texto más claro sobre este punto se encuentra en su relato sobre lo que constituye el centro de la historia de la salvación: la muerte y la resurrección de Jesús y las apariciones a los testigos (cf. 1 Co15). Con palabras de una tradición muy antigua, que también él recibió de la Iglesia de Jerusalén, dice que Jesús murió crucificado, fue sepultado y, tras su resurrección, se apareció primero a Cefas, es decir a Pedro, luego a los Doce, después a quinientos hermanos que en gran parte entonces vivían aún, luego a Santiago y a todos los Apóstoles. Al final de este relato recibido de la tradición añade: "Y por último se me apareció también a mí" (1 Co 15, 8). Así da a entender que este es el fundamento de su apostolado y de su nueva vida.
Hay también otros textos en los que expresa lo mismo: "Por medio de Jesucristo hemos recibido la gracia del apostolado" (Rm 1, 5); y también: "¿Acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?" (1 Co 9, 1), palabras con las que alude a algo que todos saben. Y, por último, el texto más amplio es el de la carta a los Gálatas: "Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los Apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco" (Ga 1, 15-17). En esta "auto-apología" subraya decididamente que también él es verdadero testigo del Resucitado, que tiene una misión recibida directamente del Resucitado.
Así podemos ver que las dos fuentes, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de san Pablo, convergen en un punto fundamental: el Resucitado habló a san Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos, al mundo grecorromano. Al mismo tiempo, san Pablo aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Sólo en esta comunión con todos podía ser un verdadero apóstol, como escribe explícitamente en la primera carta a los Corintios: "Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído" (1 Co 15, 11). Sólo existe un anuncio del Resucitado, porque Cristo es uno solo.
Como se ve, en todos estos pasajes san Pablo no interpreta nunca este momento como un hecho de conversión. ¿Por qué? Hay muchas hipótesis, pero en mi opinión el motivo es muy evidente. Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo. En este sentido no fue sólo una conversión, una maduración de su "yo"; fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. De ninguna otra forma se puede explicar esta renovación de san Pablo.
Los análisis psicológicos no pueden aclarar ni resolver el problema. Sólo el acontecimiento, el encuentro fuerte con Cristo, es la clave para entender lo que sucedió: muerte y resurrección, renovación por parte de Aquel que se había revelado y había hablado con él. En este sentido más profundo podemos y debemos hablar de conversión. Este encuentro es una renovación real que cambió todos sus parámetros. Ahora puede decir que lo que para él antes era esencial y fundamental, ahora se ha convertido en "basura"; ya no es "ganancia" sino pérdida, porque ahora cuenta sólo la vida en Cristo.
Sin embargo no debemos pensar que san Pablo se cerró en un acontecimiento ciego. En realidad sucedió lo contrario, porque Cristo resucitado es la luz de la verdad, la luz de Dios mismo. Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. En ese momento no perdió cuanto había de bueno y de verdadero en su vida, en su herencia, sino que comprendió de forma nueva la sabiduría, la verdad, la profundidad de la ley y de los profetas, se apropió de ellos de modo nuevo. Al mismo tiempo, su razón se abrió a la sabiduría de los paganos. Al abrirse a Cristo con todo su corazón, se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo a todos. Así realmente podía ser el Apóstol de los gentiles.
En relación con nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿Qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que tampoco para nosotros el cristianismo es una filosofía nueva o una nueva moral. Sólo somos cristianos si nos encontramos con Cristo. Ciertamente no se nos muestra de esa forma irresistible, luminosa, como hizo con san Pablo para convertirlo en Apóstol de todas las gentes. Pero también nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de la sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad.
Por tanto oremos al Señor para que nos ilumine, para que nos conceda en nuestro mundo el encuentro con su presencia y para que así nos dé una fe viva, un corazón abierto, una gran caridad con todos, capaz de renovar el mundo.

24 de enero de 2015

SÁBADO MARIANO

MARÍA, PRESENTE EN EL SANTO SACRIFICIO
Sobre el Gólgota, sobre el Monte Calvario, se encuentra Jesús Crucificado, coronado de espinas, derramando su Sangre a través de las heridas de las manos y de los pies, perforados por los clavos de hierro. Jesús en la cruz sufre dolores inmensos, insoportables, en el cuerpo pero también en el espíritu, ya que el dolor más grande era por aquellos que habrían de condenarse porque iban a rechazar su sacrificio. Por su sufrimiento en el cuerpo y en el espíritu, Jesús en la cruz es el Señor de los Dolores. Y al pie de la cruz, está María, la Virgen Madre, Señora de los Dolores.
¿Qué hace María al pie de la cruz? Consuela, con su Presencia maternal, a su Hijo que sufre. Ella alivia la amargura y el dolor de su Hijo, con su Presencia maternal trae al Corazón de su Hijo que cuelga de la cruz en medio de terribles dolores, un poco de paz, y así Jesucristo, en medio de sus inmensos dolores, en algo se ve aliviado. La Madre consuela al Hijo con su Presencia de Amor.
Sin embargo, María al pie de la cruz no sólo consuela a su Hijo, el único consuelo en medio de ese mar de dolor que es la cruz, sino que participa de los dolores de su Hijo. La Madre comparte los dolores de su Hijo; los siente dentro suyo, como si fueran propios. Aún cuando una madre, en el exceso de amor de su hijo, por el amor que siente por su hijo, quisiera, para aliviarle sus dolores, tomar sobre sí esos dolores de su hijo, aunque lo deseara, no podría experimentarlos en sí.
En cambio María, por su unión mística con Jesús, comparte y participa de esos dolores, y los hace suyos y propios, de tal manera que se puede decir que María sufrió los mismos dolores, en su misma intensidad, que su Hijo. No en el cuerpo, pero sí en el espíritu, como si a Ella la hubieran coronado de espinas, flagelado, atravesado las manos y los pies con clavos de hierro, como a Jesús en la cruz.
Y así como Jesús es Redentor de la humanidad por sus dolores, así la Virgen es Corredentora por haber participado de esos mismos dolores. La Virgen nos salva a través de sus dolores, por eso es llamada Corredentora, Salvadora de la humanidad y de cada uno de nosotros.
Pero no sólo nos salva, sino que además, por haber participado al pie de la cruz del sacrificio supremo de su Hijo, sacrificio por el cual nos mereció la gracia de la filiación, María se vuelve, al pie de la cruz, Madre nuestra. Así como imploró el descenso del Espíritu Santo sobre su seno para que diera vida a su Hijo Niño, así implora, al pie de la cruz, el Espíritu de su Hijo, para que nos dé a nosotros su Espíritu, el Espíritu que nos hace ser hijos de Dios. En la cruz, donde Jesús muere derramando su Sangre para darnos su vida, nos hace el don de su Madre, por eso María es la Madre de todos aquellos que nacen a la vida nueva y eterna por medio de la Sangre de Jesús derramada en la cruz. Por eso María es Madre de Dios Hijo y Madre nuestra, que somos, al pie de la cruz, hijos de Dios, nacidos del dolor de María.
También es medianera de todas las gracias, porque así como Cristo con su sacrificio en la cruz se hizo intercesor y mediador por nosotros en el cielo, así María, por acompañar a su Hijo en el sacrificio del Gólgota en la tierra, se hizo medianera e intercesora de todas las gracias en el cielo. Por haber participado al pie de la cruz, por haber participado del sacrificio de su Hijo, María se volvió la depositaria y tesorera de los méritos de la redención para toda la humanidad y para todos los tiempos.
Y si como enseña la Iglesia, la Misa es la renovación sacramental, en el misterio de la liturgia, del mismo sacrificio de la cruz, si Cristo en la cruz se hace Presente en cada misa, también la Madre, que está al pie de la cruz, se hace Presente en Persona en cada misa. Así lo dice el Santo Padre Juan Pablo II: “...cuando celebramos la Eucaristía, nos encontramos cada día sobre el Gólgota, y por eso está junto a nosotros, en el Gólgota, la Virgen María”. En cada Eucaristía, nos encontramos sobre el Gólgota, delante de Jesús, a los pies de la cruz. Pero también, por eso mismo, nos encontramos a los pies de María, nuestra Madre, porque si el Hijo está en el Gólgota, allí también está la Madre Y está la Madre, como el Hijo, no en sentido figurado, sino en persona, con su persona, invisible, misteriosa, real. Como el Hijo.
A María, Madre nuestra, debemos pedirle la gracia de saber amar a Jesús como Ella lo ama, y saber amar al prójimo como Cristo lo ama desde la cruz.
P. Álvaro Sánchez Rueda

22 de enero de 2015

DEL SACRIFICIO DE LA SANTA MISA Y DE SUS EFECTOS

Del sacrificio de la santa Misa y de sus efectos
Por San Juan Bautista De La Salle
El sacrificio es una acción en la que se ofrece a Dios una criatura, que es inmolada, es decir, destruida de alguna manera, para tributar a Dios el honor que se le debe y reconocer el soberano dominio que tiene sobre las criaturas. A la criatura que se inmola y destruye en el sacrificio se la llama víctima u hostia sacrificada y ofrecida a Dios.
La misa es un sacrificio; más aún, es la continuación del que ofreció Jesucristo a Dios, su Padre, en la cruz; porque Jesucristo, que murió en el Calvario, es quien se ofrece todavía a Dios en este santo y muy augusto sacrificio.
Aunque el sacrificio de la santa Misa sea el mismo que el de la cruz, y aunque sea su continuación, entre uno y otro existe, con todo, esta diferencia: que Jesucristo se ofreció en la cruz para satisfacer a la justicia de Dios por los pecados de todos los hombres, y con ese fin derramó su preciosa sangre; mientras que en la santa Misa no derrama ya su sangre, sino que se sacrifica al Padre eterno como víctima gloriosa, para aplicar a los hombres, por la virtud de este sacrificio, las gracias que les mereció mediante sus padecimientos y su muerte.
Como Jesucristo, al morir en el Calvario, satisfizo totalmente y más que suficientemente, por los pecados cometidos o que pudieran cometerse, este sacrificio, al haber tenido plenamente su efecto, y tenerlo aún, ya no era necesario que Jesucristo satisficiera por ningún pecado; y por lo tanto hubiera sido inútil que instituyera el sacrificio de la santa Misa, si este sacrificio no tuviera otros efectos ni otros frutos que el de la cruz. Pero las gracias que Jesucristo nos mereció con su muerte no se aplicaron inmediatamente, por la virtud del sacrificio de la cruz, a los hombres, para quienes fueron obtenidas.
Este fue el motivo por el que Jesucristo instituyó el sacrificio de la santa Misa y los sacramentos, para darnos a todos los hombres el medio de aplicárnoslas por medio de la participación en este sacrificio y mediante la recepción de los sacramentos.
Estas gracias, que nos fueron adquiridas por la muerte de Jesucristo Nuestro Señor, son muy numerosas y de diferentes clases; y por esto mismo el sacrificio de la santa Misa produce también copiosos frutos y diversos efectos, que se corresponden con las gracias cuya aplicación nos procura. Los principales frutos y beneficios de este sacrificio están expresados en varios pasajes del canon de la santa Misa, y son los siguientes:
1. El sacrificio de la santa Misa honra a Dios con el máximo honor que Él pueda recibir, porque es su propio Hijo quien le tributa este honor al aniquilarse y al destruirse, en la medida que puede, para gloria de Dios. Y quienes asisten a la santa Misa y tienen la dicha de participar en ella, también honran a Dios del modo más sublime que puedan hacerlo, mediante la unión que en ella tienen con Jesucristo.
2. Este sacrificio ofrece el medio de dar gracias a Dios por sus beneficios, de la forma más perfecta que pueda hacerse, al ofrecerle a su propio Hijo en acción de gracias.
3. Nos permite obtener de la bondad de Dios nuevos beneficios.
4. Este sacrificio libera a las almas que sufren en el purgatorio, o alivia sus sufrimientos, en la medida en que esas almas son aún deudoras a la justicia de Dios.
5. Remite la pena temporal debida tanto por el pecado mortal como por el pecado venial.
6. Obtiene la remisión de los pecados y la gracia de la conversión.
7. Atrae de Dios las gracias que se necesitan para preservarse de caer en el pecado.
8. Proporciona la gracia de abandonar los malos hábitos, por inveterados que sean.
9. Da fortaleza para abandonar totalmente todas las ocasiones próximas del pecado.
10. Otorga la gracia de la unión y de la reconciliación con el prójimo, si hubiera alguien con quien no se estuviese tan unido como se debiera.
11. Alcanza poderosa ayuda para cumplir debidamente las obligaciones del propio estado y para realizar todas las acciones de manera cristiana.
12. Es medio muy eficaz para conservar y recobrar la salud del cuerpo y los demás bienes temporales, cuando son provechosos para la gloria de Dios y para nuestra salvación.
13. Y, en fin, se puede obtener más fácilmente lo que se pide a Dios, y recibir más gracias asistiendo a una sola misa bien oída, que con todas las más santas acciones que se pudieran realizar.

Todos estos son efectos muy importantes; son los bienes y beneficios que la Iglesia pide todos los días a Dios para sus hijos en su sacrificio; y que deben impulsar a los fieles que desean alcanzarlos a asistir asiduamente a ella, incluso los días en que no hay obligación; a no estar en ella sino con las disposiciones necesarias para participar en ella; y a ponerse en disposición de alcanzar todos los días algunas de esas gracias, pidiéndoselas a Dios según la necesidad que de ellas tengan.

20 de enero de 2015

ATENTOS A LAS NUEVAS COLONIZACIONES IDEOLÓGICAS

ENCUENTRO CON LAS FAMILIAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Mall of Asia Arena, Manila
Viernes 16 de enero de 2015
Estimadas familias,
queridos amigos en Cristo:

Muchas gracias por vuestra presencia aquí esta noche y por el testimonio de vuestro amor a Jesús y a su Iglesia. Agradezco a monseñor Reyes, Presidente de la Comisión Episcopal de Familia y Vida, sus palabras de bienvenida. Y, de una manera especial, doy las gracias a los que han presentado sus testimonios – gracias – y han compartido su vida de fe con nosotros. La Iglesia de Filipinas está bendecida por el apostolado de muchos movimientos que se ocupan de la familia, y yo les agradezco su testimonio.
Las Escrituras rara vez hablan de san José, pero cuando lo hacen, a menudo lo encuentran descansando, mientras un ángel le revela la voluntad de Dios en sueños. En el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, nos encontramos con José que descansa no una vez sino dos veces. Esta noche me gustaría descansar en el Señor con todos vosotros. Tengo necesidad de descansar en el Señor con las familias, y recordar mi familia: mi padre, mi madre, mi abuelo, mi abuela… Hoy descanso con vosotros y quisiera reflexionar con vosotros sobre el don de la familia.
Pero antes quisiera decir algo sobre el sueño. Mi inglés es tan pobre. Si me lo permitís, pediré a Mons. Miles de traducir y hablaré en español. A mí me gusta mucho esto de soñar en una familia. Toda mamá y todo papá soñó a su hijo durante nueve meses ¿es verdad o no?  Soñar cómo será el hijo. No es posible una familia sin soñar. Cuando en una familia se pierde la capacidad de soñar los chicos no crecen, el amor no crece, la vida se debilita y se apaga. Por eso les recomiendo que a la noche, cuando hacen el examen de conciencia, se hagan también, también, esta pregunta: ¿Hoy soñé con el futuro de mis hijos? ¿hoy soñé con el amor de mi esposo, de mi esposa? ¿hoy soñé con mis padres, mis abuelos que llevaron la historia hasta mí. ¡Es tan importante soñar! Primero de todo soñar en una familia. No pierdan esta capacidad de soñar.
Y también cuántas dificultades en la vida del matrimonio se solucionan si nos tomamos un espacio de sueño. Si nos detenemos y pensamos en el cónyuge, en la cónyuge. Y soñamos con las bondades que tiene, las cosas buenas que tiene. Por eso es muy importante recuperar el amor a través de la ilusión de todos los días. ¡Nunca dejen de ser novios!
A José le fue revelada la voluntad de Dios durante el descanso. En este momento de descanso en el Señor, cuando nos detenemos de nuestras muchas obligaciones y actividades diarias, Dios también nos habla. Él nos habla en la lectura que acabamos de escuchar, en nuestra oración y testimonio, y en el silencio de nuestro corazón. Reflexionemos sobre lo que el Señor nos quiere decir, especialmente en el Evangelio de esta tarde. Hay tres aspectos de este pasaje que me gustaría que considerásemos. Primero: descansar en el Señor. Segundo: levantarse con Jesús y María. Tercero: ser una voz profética.
Descansar en el Señor. El descanso es necesario para la salud de nuestras mentes y cuerpos, aunque a menudo es muy difícil de lograr debido a las numerosas obligaciones que recaen sobre nosotros. Pero el descanso es también esencial para nuestra salud espiritual, para que podamos escuchar la voz de Dios y entender lo que él nos pide. José fue elegido por Dios para ser el padre putativo de Jesús y el esposo de María. Como cristianos, también vosotros estáis llamados, al igual que José, a construir un hogar para Jesús. Preparar una casa para Jesús. Le preparáis un hogar en vuestros corazones, vuestras familias, vuestras parroquias y comunidades.
Para oír y aceptar la llamada de Dios, y preparar una casa para Jesús, debéis ser capaces de descansar en el Señor. Debéis dedicar tiempo cada día a descansar en el Señor, a la oración. Rezar es descansar en el Señor. Es posible que me digáis: Santo Padre, lo sabemos, yo quiero orar, pero tengo mucho trabajo. Tengo que cuidar de mis hijos; además están las tareas del hogar; estoy muy cansado incluso para dormir bien. Tenéis razón, seguramente es así, pero si no oramos, no conoceremos la cosa más importante de todas: la voluntad de Dios sobre nosotros. Y a pesar de toda nuestra actividad y ajetreo, sin la oración, lograremos realmente muy poco.
Descansar en la oración es especialmente importante para las familias. Donde primero aprendemos a orar es en la familia. No olvidéis: cuando la familia reza unida, permanece unida. Esto es importante. Allí conseguimos conocer a Dios, crecer como hombres y mujeres de fe, vernos como miembros de la gran familia de Dios, la Iglesia. En la familia aprendemos a amar, a perdonar, a ser generosos y abiertos, no cerrados y egoístas. Aprendemos a ir más allá de nuestras propias necesidades, para encontrar a los demás y compartir nuestras vidas con ellos. Por eso es tan importante rezar en familia. Muy importante. Por eso las familias son tan importantes en el plan de Dios sobre la Iglesia. Rezar juntos en familia es descansar en el Señor.
Yo quisiera decirles también una cosa personal. Yo quiero mucho a san José, porque es un hombre fuerte y de silencio y en mi escritorio tengo una imagen de san José durmiendo y durmiendo cuida a la Iglesia. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de san José, para que lo sueñe. Esto significa para que rece por ese problema.
Otra consideración: levantarse con Jesús y María. Esos momentos preciosos de reposo, de descanso con el Señor en la oración, son momentos que quisiéramos tal vez prolongar. Pero, al igual que san José, una vez que hemos oído la voz de Dios, debemos despertar, levantarnos y actuar (cf. Rm 13,11). Como familia, debemos levantarnos y actuar. La fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce más profundamente en él. Esto es muy importante. Debemos adentrarnos en el mundo, pero con la fuerza de la oración. Cada uno de nosotros tiene un papel especial que desempeñar en la preparación de la venida del reino de Dios a nuestro mundo.
Del mismo modo que el don de la sagrada Familia fue confiado a san José, así a nosotros se nos ha confiado el don de la familia y su lugar en el plan de Dios. Lo mismo que con san José. A san José el regalo de la Sagrada Familia le fue encomendado para que lo llevara adelante, a cada uno de ustedes y de nosotros – porque yo también soy hijo de una familia – nos entregaron el plan de Dios para llevarlo adelante. El ángel del Señor le reveló a José los peligros que amenazaban a Jesús y María, obligándolos a huir a Egipto y luego a instalarse en Nazaret. Así también, en nuestro tiempo, Dios nos llama a reconocer los peligros que amenazan a nuestras familias para protegerlas de cualquier daño.
Estemos atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas. Existen colonizaciones ideológicas que buscan destruir la familia. No nacen del sueño, de la oración, del encuentro con Dios, de la misión que Dios nos da. Vienen de afuera, por eso digo que son colonizaciones. No perdamos la libertad de la misión que Dios nos da, la misión de la familia. Y así como nuestros pueblos en un momento de su historia llegaron a la madurez de decirle ‘no’ a cualquier colonización política, como familia tenemos que ser muy, muy sagaces, muy hábiles, muy fuertes para decir ‘no’ a cualquier intento de colonización ideológica sobre la familia. Y pedirle a san José, que es amigo del ángel, que nos mande la inspiración para saber cuándo podemos decir ‘sí’ y cuándo debemos decir ‘no’.
Las dificultades que hoy pesan sobre la vida familiar son muchas. Aquí, en las Filipinas, multitud de familias siguen sufriendo los efectos de los desastres naturales. La situación económica ha provocado la separación de las familias  a causa de la migración y la búsqueda de empleo, y los problemas financieros gravan sobre muchos hogares. Si, por un lado, demasiadas personas viven en pobreza extrema, otras, en cambio, están atrapadas por el materialismo y un estilo de vida que destruye la vida familiar y las más elementales exigencias de la moral cristiana. Éstas son las colonizaciones ideológicas. La familia se ve también amenazada por el creciente intento, por parte de algunos, de redefinir la institución misma del matrimonio, guiados por el relativismo, la cultura de lo efímero, la falta de apertura a la vida.
Pienso en el beato Pablo VI en un momento donde se le proponía el problema del crecimiento de la población tuvo la valentía de defender la apertura a la vida de la familia. Él sabía las dificultades que había en cada familia, por eso en su Carta Encíclica era tan misericordioso con los casos particulares. Y pidió a los confesores que fueran muy misericordiosos y comprensivos con los casos particulares. Pero él miró más allá, miró a los pueblos de la tierra y vio esta amenaza de destrucción de la familia por la privación de los hijos. Pablo VI era valiente, era un buen pastor y alertó a sus ovejas de los lobos que venían. Que desde el cielo nos bendiga esta tarde.
Nuestro mundo necesita familias buenas y fuertes para superar estos peligros. Filipinas necesita familias santas y unidas para proteger la belleza y la verdad de la familia en el plan de Dios y para que sean un apoyo y ejemplo para otras familias. Toda amenaza para la familia es una amenaza para la propia sociedad. Como afirmaba a menudo san Juan Pablo II, el futuro de la humanidad pasa por la familia (cf. Familiaris Consortio, 85). El futuro pasa a través de la familia. Así pues, ¡custodiad vuestras familias! ¡proteged vuestras familias! Ved en ellas el mayor tesoro de vuestro país y sustentarlas siempre con la oración y la gracia de los sacramentos. Las familias siempre tendrán dificultades, así que no le añadáis otras. Más bien, sed ejemplo vivo de amor, de perdón y atención. Sed santuarios de respeto a la vida, proclamando la sacralidad de toda vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. ¡Qué gran don para la sociedad si cada familia cristiana viviera plenamente su noble vocación! Levantaos con Jesús y María, y seguid el camino que el Señor traza para cada uno de vosotros.
Por último, el Evangelio que hemos escuchado nos recuerda nuestro deber cristiano de ser voces proféticas en medio de nuestra sociedad. José escuchó al ángel del Señor, y respondió a la llamada de Dios a cuidar de Jesús y María. De esta manera, cumplió su papel en el plan de Dios, y llegó a ser una bendición no sólo para la sagrada Familia, sino para toda la humanidad. Con María, José sirvió de modelo para el niño Jesús, mientras crecía en sabiduría, edad y gracia (cf. Lc 2,52). Cuando las familias tienen hijos, los forman en la fe y en sanos valores, y les enseñan a colaborar en la sociedad, se convierten en una bendición para nuestro mundo. Las familias pueden llegar a ser una bendición para el mundo. El amor de Dios se hace presente y operante a través de nuestro amor y de las buenas obras que hacemos. Extendemos así el reino de Cristo en este mundo. Y al hacer esto, somos fieles a la misión profética que hemos recibido en el bautismo.
Durante este año, que vuestros obispos han establecido como el Año de los Pobres, os pediría, como familias, que fuerais especialmente conscientes de vuestra llamada a ser discípulos misioneros de Jesús. Esto significa estar dispuestos a salir de vuestras casas y atender a nuestros hermanos y hermanas más necesitados. Os pido además que os preocupéis de aquellos que no tienen familia, en particular de los ancianos y niños sin padres. No dejéis que se sientan nunca aislados, solos y abandonados; ayudadlos para que sepan que Dios no los olvida. Hoy quedé sumamente conmovido en el corazón después de la Misa, cuando visité ese hogar de niños solos, sin familia. Cuánta gente trabaja en la Iglesia para que ese hogar sea una familia. Esto significa llevar adelante proféticamente qué significa una familia. Incluso si vosotros mismos sufrís la pobreza material, tenéis una abundancia de dones cuando dais a Cristo y a la comunidad de su Iglesia. No escondáis vuestra fe, no escondáis a Jesús, llevadlo al mundo y dad el testimonio de vuestra vida familiar.
Queridos amigos en Cristo, sabed que yo rezo siempre por vosotros. Rezo por las familias, lo hago. Rezo para que el Señor siga haciendo más profundo vuestro amor por él, y que este amor se manifieste en vuestro amor por los demás y por la Iglesia. No olvidéis a Jesús que duerme. No olvidéis a san José que duerme. Jesús ha dormido con la protección de José. No lo olvidéis: el descanso de la familia es la oración. No olvidéis de rezar por la familia. No dejéis de rezar a menudo y que vuestra oración dé frutos en todo el mundo, de modo que todos conozcan a Jesucristo y su amor misericordioso. Por favor, dormid también por mí y rezad también por mí, porque necesito verdaderamente vuestras oraciones y siempre cuento con ellas. Muchas gracias.