Páginas

20 de diciembre de 2014

SUPLICAMOS UNIDOS A NUESTRA MADRE CELESTIAL

ANTÍFONAS DE LA O
17
Oh Sabiduría,que brotaste de los labios del
Altísimo,abarcando del uno al otro confín y
ordenándolo todo con firmeza y suavidad
ven y muéstranos el camino de la salvación.

18
Oh Adonai,Pastor de la casa de Israel,que
te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y
en el Sinaí le diste tu ley,ven y líbranos con
el poder de tu brazo.

19
Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas
como un signo para los pueblos,ante quien
los reyes enmudecen y cuyo auxilio
imploran las naciones,ven a librarnos,no
tardes más.

20
Oh llave de David y Cetro de la casa de
Israel,que abres  nadie puede cerrar,
cierras y nadie puede abrir,ven y libra a los
cautivos que viven en tinieblas y en sombra
de muerte.

21
Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de
la luz eterna,Sol de justicia,ven ahora a
iluminar a los que viven en tinieblas y en 
sombra de muerte.

22
Oh Rey de las naciones y Deseado de los 
pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que
haces de dos pueblos uno solo; ven y salva
al hombre que formaste del barro de la 
tierra.

23
Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro,
esperanza de las naciones y salvador de los
pueblos,ven a salvarnos, Señor Dios
nuestro.

SÁBADO MARIANO

EXPECTAClÓN DEL PARTO
DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
o
NUESTRA SEÑORA DE LA O
Esperar al Señor que ha de venir es el tema principal del santo tiempo de Adviento que precede a la gran fiesta de Navidad. La liturgia de este período está llena de deseos de la venida del Salvador y recoge los sentimientos de expectación, que empezaron en el momento mismo de la caída de nuestros primeros padres. En aquella ocasión Dios anunció la venida de un Salvador. La humanidad estuvo desde entonces pendiente de esta promesa y adquiere este tema tal importancia que la concreción religiosa del pueblo de Israel se reduce en uno de sus puntos principales a esta espera del Señor. Esperaban los patriarcas, los profetas, los reyes y los justos, todas las almas buenas del Antiguo Testamento. De este ambiente de expectación toma la Iglesia las expresiones anhelantes, vivas y adecuadas para la preparación del misterio de la "nueva Natividad" del salvador Jesús.
En el punto culminante de esta expectación se halla la Santísima Virgen María. Todas aquellas esperanzas culminan en Ella, la que fue elegida entre todas las mujeres para formar en su seno el verdadero Hijo de Dios.
Sobre Ella se ciernen los vaticinios antiguos, en concreto los de Isaías; Ella es la que, como nadie, prepara los caminos del Señor.
Invócala sin cesar la Iglesia en el devotísimo tiempo de Adviento, auténtico mes de María, ya que por Ella hamos de recibir a Cristo.
Con una profunda y delicada visión de estas verdades y del ambiente del susodicho período litúrgico, los padres del décimo concilio de Toledo (656) instituyeron la fiesta que se llamó muy pronto de la Expectación del Parto, y que debía celebrarse ocho días antes de la solemnidad natalicia de nuestro Redentor, o sea el 18 de diciembre.
La razón de su institución la dan los padres del concilio: no todos los años se puede celebrar con el esplendor conveniente la Anunciación de la Santísima Virgen, al coincidir con el tiempo de Cuaresma o la solemnidad pascual, en cuyos días no siempre tienen cabida las fiestas de santos ni es conveniente celebrar un misterio que dice relación con el comienzo de nuestra salvación. Por esto, speciali constitutione sancitur, ut ante octavum diem, quo natus est Dominus, Genitricis quoque eius dies habeatur celeberrimus, et praeclarus "Se establece por especial decreto que el día octavo antes de la Natividad del Señor se tenga dicho día como celebérrimo y preclaro en honor de su santísima Madre".
En este decreto se alude a la celebración de tal fiesta en "muchas otras Iglesias lejanas" y se ordena que se retenga esta costumbre; aunque, para conformarse con la Iglesia romana, se celebrará también la fiesta del 25 de marzo. De hecho, fue en España una de las fiestas más solemnes, y consta que de Toledo pasó a muchas otras iglesias, tanto de la Península como de fuera de ella. Fue llamada también "día de Santa María", y, como hoy, de Nuestra Señora de la O, por empezar en la víspera de esta fiesta las grandes antífonas de la O en las Vísperas.
Además de los padres que estuvieron presentes en el décimo concilio de Toledo, en especial del entonces obispo de aquella sede, San Eugenio III, intervino en su expansión—y también a él se debe el título concreto de Expectación del Parto—aquel otro gran prelado de la misma sede San Ildefonso, que tanto se distinguió por su amor a la Señora.
La fiesta de hoy tenía en los antiguos breviarios y misales su rezo y misa propios. Los textos del oficio, de rito doble mayor, tienen, además de su sabor mariano, el carácter peculiar del tiempo de Adviento, a base de las profecías de Isaías y de otros textos apropiados como los himnos. Nuestro Misal conserva todavía para la presente fecha una misa, toda a base de textos del Adviento. Es un resumen del ardiente suspiro de María, del pueblo de Israel, de la Iglesia y del alma por el Mesías que ha de venir. Sus textos—casi coinciden con la misa del miércoles de las témporas de Adviento, y todavía más con la misa votiva de la Virgen, propia de este período—son de Isaías (introito, epístola y comunión ) y del evangelio de la Anunciación. Las oraciones son las propias de la Virgen en el tiempo de Adviento.
Precisamente en la víspera de este día dan comienzo las antífonas mayores de la O, por empezar todas ellas con esta exclamación de esperanza. Y así continúa la Iglesia por espacio de siete días, del 17 al 23, en este ambiente de santa expectación y demanda de la venida del Salvador.
Nada, pues, más a propósito que la contemplación de María en los sentimientos que Ella tendría en los días inmediatos a la natividad de su divino Hijo. "Si todos los santos del Antiguo Testamento—escribe el padre Giry (Les petits Bollandistes t. 14 p.373 )—desearon con ardor la aparición del Salvador del mundo, ¿cuáles no serían los deseos de Aquella que había sido elegida para ser su Madre, que conocía mejor que ninguna otra criatura la necesidad que tenia la humanidad, la excelencia de su persona y los frutos incomparables que debía producir en la tierra, y la fe y la caridad, que sobrepasan la de todos los patriarcas y profetas? Fue tan grande el deseo de la Santísima Virgen, que nosotros no tenemos palabras para expresar su mérito. Y tampoco podemos concebir cuál fue su gozo cuando Ella vió que sus deseos y los de todos los siglos y de todos los hombres iban a realizarse en Ella y por Ella, ya que iba a dar a luz la esperanza de todas las naciones, Aquel sobre quien se fijaban los ojos de todos en el cielo y en la tierra y miraban como a su libertador."
María, repetimos, está en la cumbre de esta esperanza o, con otras palabras: con María la esperanza es completa, se hace firme. Unidos a Ella, ya que nuestro adviento, el que nosotros esperamos, tuvo principio en la celestial Señora, por haber llevado en su seno virginal a Jesús durante nueve meses, nuestra expectación será más digna del gran Señor que va a venir.
María presenta para el cristiano de hoy la posición que éste debe mantener, máxime en estos días: esperar al Señor. Que Él se incorpore más y más en nosotros, donec formetur Christus in nobis, y que un día, lejano o próximo ya, venga a buscarnos para unirnos definitivamente con Él. El cristiano debe esperar al Señor, donec veniat, hasta que venga para aquel abrazo de unión indisoluble y eterna. Toda la vida del cristiano es una expectación. El modelo de ésta lo ofrece María.
La presente fiesta mariana, como todas las de la Virgen, además de ser un ejemplo, es una intercesión. Debe servir para afianzar y hacer más intensa esta espera y ayudarnos a cantar con Ella, con la Iglesia-Virgen las antífonas mayores del Magniticat: O Sapientia, O Adonai, O Emmanuel..., veni!
ROMUALDO Mª DÍAZ CARBONELL, O. S. B.

13 de diciembre de 2014

SÁBADO MARIANO

Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.
Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.
Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa.
Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.
Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver e El, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el Sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma. Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos Sacramentos, que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra. Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres de mal y de odios podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos, Amén.
San Juan Pablo II
Rezar el Santo Rosario

12 de diciembre de 2014

SANTA MARÍA DE GUADALUPE, ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN

La evangelización de Santa María de Guadalupe
 hace realidad una gran conversión
Inmediatamente el mensaje y la imagen de Santa María de Guadalupe fueron captados y entendidos de tal manera que se verificó una impresionante conversión en masa tanto de los indígenas como de los españoles; de tal forma que son los mismos misioneros quienes quedaron desconcertados ante estas conversiones y fueron estimulados a cumplir con su labor como instrumentos sacramentales de esta apoteótica conversión.
Ciertamente, un signo concreto, claro y objetivo de la importancia del Acontecimiento Guadalupano fue la conversión de los indígenas, que a partir de este momento se cuentan por millares. Y esto se constata por medio de las fuentes históricas; por ejemplo: fray Toribio Motolinia, además de indicarnos que la gran labor de los franciscanos había dado como resultado cierta cantidad de bautizos a indígenas, no pudo negar que en los primeros años los indios permanecían reacios a convertirse al catolicismo: “Anduvieron –declaraba el misionero– los mexicanos cinco años muy fríos”. Además, era consciente de la insignificancia de sus recursos ante la enormidad del trabajo, sus terribles problemas y la inseguridad de que fueran sinceras las conversiones; el temor de que la piedad india fuera idolatría larvada subsistió durante largo tiempo en todos los misioneros y llegó a ser para algunos, como fray Diego de Durán, una obsesión.
Sin embargo, después de esos primeros años, Motolinia nos da noticia de las grandes cantidades de indígenas que pedían el bautismo, y que en aquel momento, inexplicablemente, se contaban por miles, como se lo había informado un confraterno, decía: “fray Juan de Perpiñán y fray Francisco de Valencia, los que cada uno de estos bautizó pasaron de cien mil; de los sesenta que al presente son en este año de 1536”; Motolinia siguió haciendo cuentas de los miles y miles que se habían bautizado y llegó a la conclusión que en total en ese año de 1536: “serán –decía– hasta hoy día bautizados cerca de cinco millones” Por su parte fray Juan de Torquemada en su obra Monarquía Indiana nos informa que “se bautizaban tantos mil en un día.”
Los mismos frailes estaban sorprendidos de esta conversión masiva, otro misionero e historiador, fray Gerónimo de Mendieta señalaba: “Al principio comenzaron a ir de doscientos en doscientos, y de trescientos en trescientos, y siempre fueron creciendo y multiplicándose, hasta venir a millares; unos de dos jornadas, otros de tres, otros de cuatro, y de más lejos; cosa a los que lo veían de mucha admiración. Acudían chicos y grandes, viejos y viejas, sanos y enfermos. Los bautizados viejos traían a sus hijos para que se los bautizasen, y los mozos bautizados a sus padres; el marido a la mujer, y la mujer al marido.” Los indios se quedaban en los monasterios aprendiendo la doctrina, daban mil vueltas a las oraciones para aprenderlas de memoria en latín. “Y al tiempo que los bautizaban, muchos recibían aquel sacramento con lágrimas ¿Quién podía atreverse a decir que estos venían sin fe, pues de tan lejos tierras venían con tanto trabajo, no los compeliendo nadie, a buscar el sacramento del bautismo?”
Algunos indígenas, como decía Mendieta, hacían grandes esfuerzos para llegar al monasterio en donde les pudieran administrar el sacramento del bautismo; por ejemplo, para llegar al monasterio de Guacachula, los indígenas debían atravesar sierras y barrancos, casi sin comida. Esta afluencia de indígenas no se dio como un fenómeno pasajero, ya que continuaron llegando de lejanas tierras y con todas estas dificultades durante meses; continuaba Mendieta: “afirma un religioso siervo de Dios, que pasó por allí huésped, que en cinco días que allí estuvo bautizaron él y otro sacerdote por cuenta catorce mil y doscientos y tantos. Y aunque el trabajo no era poco (porque a todos ponía óleo y crisma), dice que sentía en lo interior un no sé qué de contento en bautizar aquellos más que a otros; porque su devoción y fervor de aquellos ponía al ministro espíritu y fuerzas para los consolar a todos, y para que ninguno se les fuese desconsolado. Y cierto fue cosa de notar y maravillar, ver el ferviente deseo que estos nuevos convertidos traían al bautismo, que no se leen cosas mayores en la primitiva Iglesia. Y no sabe hombre de qué se maravillar más, o de ver así venir a esta nueva gente, o de ver cómo Dios los traía. Aunque mejor diremos, que de ver cómo Dios los traía y recibía al gremio de su santa Iglesia. Después de bautizados, era cosa notable verlos ir tan consolados, regocijados y gozosos con sus hijuelos a cuestas, que parecía no caber en sí de placer.”
Cuando esta conversión adquirió dimensión masiva, se reflexionó sobre la mejor manera de administrar el bautismo y se buscó una guía segura escribiendo al Papa para conocer las soluciones que se pudieran dar a este caso, y mientras llegaban las disposiciones de Roma, los frailes tuvieron que suspender momentáneamente los bautismos en gran masa; esto propició que los frailes vieran testimonios que les partían el corazón, la gente estaba ansiosa de tener el sacramento, con actitudes que conmovían y sorprendían a los misioneros, por ejemplo, el mismo Mendieta nos informa sobre estos indígenas a quienes no les importaban distancias, temporales, hambres, etc. con tal de tener el bautismo; y que, por supuesto, no les importaba esperar todo el tiempo que fuera necesario hasta conseguir su objetivo. Tanto en el convento de Guacachula como en el de Tlaxcala, se contaron cerca de 2,000 indígenas que pacientemente esperaban en los patios, y rogaban a cuanto misionero veían para que los bautizaran. Los misioneros fueron testigos de que, cuando se les despedía sin darles el sacramento, los indios volvían a sus casas, “llorando y quejándose, y diciendo mil lástimas, que eran para quebrar los corazones, aunque fueran de piedra.”
Y lo mismo dígase de los indígenas que trataban de confesarse: “Acaecía –decía Mendieta– por los caminos, montes y despoblados, seguir a los religiosos mil y dos mil indios y indias, sólo para confesarse, dejando desamparadas sus casas y hacienda; y muchas de ellas mujeres preñadas, y tanto que algunas parían por los caminos, y casi todas cargadas con sus hijos a cuestas. Otros viejos y viejas que apenas se podían tener en pie con sus báculos, y hasta ciegos, se hacían llevar de quince y veinte leguas a buscar confesor. De los sanos muchos venían de treinta leguas, y otros acaecía andar de monasterio en monasterio más de ochenta leguas buscando quien confesase. Porque como en cada parte había tanto que hacer, no hallaban entrada. Muchos de ellos llevaban sus mujeres e hijos y su comidilla, como si fueran de propósito a morar a otra parte. Y acaecía estarse un mes y dos meses esperando confesor, o lugar para confesarse.”
Uno de los sacramentos que más dificultades había presentado para la aceptación indígena era el Matrimonio, ya que el dejar a sus mujeres y tener sólo una, no era cosa fácil, en un esquema de familia que incluso en algunos lugares de México rige todavía. Los indígenas, pueblo entregado a la guerra y a los sacrificios humanos como parte de la armonía del cosmos, no podían imaginar el no tener muchos hijos, integrantes fundamentales de esta armonía sagrada.
Por lo que, si bien ya era de sorprender la conversión en masa que se dio poco después del gran Acontecimiento Guadalupano, y sabiendo los misioneros la resistencia que ofrecían los indios al sacramento del matrimonio con una sola mujer; resulta aun más admirable que, precisamente después del Acontecimiento Guadalupano, éstos llegaran a pedir con gran fervor el matrimonio cristiano.
Fray Toribio Motolinia nos informa sobre este proceso de cambio. Después de muchos esfuerzos y fatigas, el primer matrimonio cristiano tuvo lugar el 14 de octubre de 1526, cuando se casaron ocho parejas, entre los que se encontraba don Hernando, hermano del señor de Texcoco; Motolinia alude a este primer matrimonio en la tierra del Anáhuac, señalando esta fecha como punto de referencia debido a que los matrimonios eran muy escasos, y nos informa también la razón de esto: “los señores tenían las más mujeres, no las querían dejar, ni ellos [los frailes misioneros] se las podían quitar, ni bastaba ruegos, ni sermones, ni otra cosa que con ellos se hiciese, para que dejadas todas se casasen con una sola en faz de la Iglesia; y respondían que también los españoles tenían muchas mujeres, y si les decíamos que las tenían para su servicio, decían que ellos también la tenían para lo mismo; y así aunque estos indios tenían muchas mujeres con quien según su costumbre eran casados, también las tenían por manera de granjería, porque las hacían a todas tejer y hacer mantas y otros oficios.” Pero, en 1536 Motolinia comprueba y es testigo de que después de 1531 las cosas cambiaron radicalmente, continuaba: “ha placido a Nuestro Señor que de su voluntad de cinco a seis años a esta parte comenzaron algunos a dejar la muchedumbre de mujeres que tenían y a contentarse con una sola, casándose con ella como lo manda la Iglesia; y con los mozos que de nuevo se casan son ya tantos, que hinchan las iglesias, porque hay días de desposar cien pares; y días de doscientos y de trescientos y días de quinientos.”
Por su parte Mendieta decía: “Y era mucho de ponderar la fe de los indios, que les acaecía a muchos haber dejado las mujeres legítimas, porque no les tenían amor, y andar revueltos con las mancebas a quienes estaban aficionados, y tener en ellas tres o cuatro hijos, y por cumplir lo que se les mandaba, dejaban éstas en quien tenían puesta su afición, e iban a buscar las otras, quince y veinte leguas, porque no les negasen el bautismo.”
Los mismos misioneros estaban desconcertados de este radical cambio, de tantas y tantas sorpresivas conversiones; y trataban de razonar este fenómeno diciendo que, en parte, había sido resultado de su predicación y testimonio; como hemos dicho, no cabe duda que esto ciertamente influyó en las conversiones iniciales; sin embargo, la masiva conversión dejaba a los seráficos misioneros con admiración y con expresiones de asombro, como decía Mendieta: “fue cosa de notar y maravillar”, “de mucha admiración”.
El documento histórico llamado Nican Motecpana también corrobora y confirma este cambio desde el corazón indígena, que se manifestó en la aceptación de la fe; a su modo y en estilo por esta importante fuente se nos dice que los indios: “sumidos en profundas tinieblas, todavía aman y servían a falsos diosecillos, obras manuales e imágenes de nuestro enemigo el demonio, aunque ya había llegado a sus oídos la fe, desde que oyeron que se apareció la Santa Madre de Nuestro Señor Jesucristo, y desde que vieron y admiraron su perfectísima imagen, que no tiene arte humano; con lo cual abrieron mucho los ojos, cual si de repente hubiera amanecido para ellos.” Fue tal la conversión, que muchos de ellos tiraron, con sus propias manos, los antiguos ídolos: “Y luego (según los viejos dejaron pintado) algunos nobles, lo mismo que sus criados plebeyos, de buena voluntad echaron fuera de sus casas, arrojaron y esparcieron las imágenes del demonio y empezaron a creer y venerar Nuestro Señor Jesucristo y su preciosa Madre.”
Uno de los aspectos claves en esta conversión es que María viene a traernos a su Hijo Jesucristo; es decir, que la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es Cristocéntrica, ya que coloca a su Hijo en el lugar que le corresponde, en el centro de la Imagen, en la flor de cuatro pétalos, que para los indígenas representa el movimiento, la vida, el único Dios verdadero que es vida y da la vida: Ometéotl. La Doncella-Madre embarazada que espera a Jesucristo, que lo porta en su vientre, como el tesoro que nos ofrece. Esto es confirmado también por el Nican motecpana: “En lo que se realizó que no solamente vino a mostrarse la Reina del cielo, nuestra preciosa Madre de Guadalupe, para socorrer a los naturales en sus miserias mundanas, sino más bien, porque quiso darles su luz y auxilio, a fin de que conocieran al verdadero y único Dios y por él vieran y conocieran la vida del cielo.” Del mismo modo, Ella no desprecia el trabajo de los misioneros, sino que lo asume en el trabajo evangelizador; se expresa en el Nican motecpana: “Para hacer esto, ella misma vino a introducir y fortalecer la fe, que ya habían comenzado a repartir los reverendos hijos de San Francisco.”
El Acontecimiento Guadalupano no sólo convierte a los indígenas sino a los mismos españoles; uno de los ejemplos más explícitos de esto son los variados testimonios de los testigos en la llamada Información de 1556; donde explícitamente se hace referencia a grandes peregrinaciones de españoles a la ermita del Tepeyac, de milagros, de conversiones y del gran amor a Santa María de Guadalupe logrando grandes conversiones no sólo de los indígenas sino también de españoles. Dice el testimonio de Juan de Salazar que “la gran devoción que toda esta ciudad ha tomado a esta bendita Imagen, y los indios también, y cómo van descalzas señoras principales y muy regaladas, y a pie con sus bordones en las manos, a visitar y encomendar a nuestra Señora y de estos los naturales han recibido grande ejemplo y siguen lo mismo [...] muchas señoras de este pueblo y doncellas, así de calidad como de edad, iban descalzas y con sus bordones en las manos a la dicha ermita de nuestra Señora y que así este testigo lo ha visto, porque ha ido muchas veces a la dicha ermita, de que este testigo no poco se ha maravillado, por haber visto muchas viejas y doncellas ir a pie con sus bordones en las manos, en mucha cantidad a visitar la dicha Imagen”. Y añade este mismo testigo que incluso llegó a tal punto la devoción que “ya no se platica otra cosa en la tierra, si no es ¿dónde queréis que vayamos? vamos a nuestra Señora de Guadalupe”.
Otro testigo, el bachiller Francisco de Salazar juraba: “no solamente las personas que sin detrimento de su salud y sin vejación de su cuerpo pueden, van a pie; pero mujeres y hombres de edades mayores y enfermos, con esta devoción van a la dicha ermita”.
En su testimonio, Juan de Masseguer nos dice: “Que todo el pueblo a una tiene gran devoción en la dicha Imagen de Nuestra Señora de todo género de gente, nobles ciudadanos e indios”.
Mientras que Alvar Gómez testificó: “que es verdad que ha ido allá una vez, y que topó muchas señoras de calidad que iban a pie, y otras personas, hombres y mujeres de toda suerte, a la ida y a la venida, y que allá viodar limosnas hartas, y que a su parecer que era con gran devoción, y que no vio cosa que le pareciese mal, sino para provocar a devoción de Nuestra Señora, y que a este testigo, viendo a los otros con tanta devoción, le provocaron más; y que le parece que es cosa que se debe favorecer y llevar adelante, especial que en esta tierra no hay otra devoción señalada, donde la gente haya tomado tanta devoción, y que con esta Santa devoción se estorban muchos de ir a las huertas, como era costumbre en esta tierra, y ahora se van allí donde no hay aparejos de huertas ni otros regalos ningunos, mas de estar delante de Nuestra Señora en contemplación y en devoción”.
En palabras sencillas, el culto a la Virgen de Guadalupe se manifiesta como una verdadera evangelización; los misioneros observaron que con el mensaje y la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe la esencia del Evangelio era entendido y movía de tal forma las almas que la conversión hacia Jesucristo era una manifestación patente de ello.
Ciertamente es sorprender este cambio, que tuvo su origen en las profundidades del corazón y esta nueva actitud que revela una luz de esperanza, la cual permitió que se llevara a cabo la evangelización de un pueblo que estaba como tierra bien preparada para recibir el mensaje de la Salvación. De hecho, se inicia una devoción que nadie podrá detener, y que aun más se fue profundizando y extendiendo durante los diversos periodos históricos que tuvieron lugar en México.
Por el canónigo Eduardo Chávez, postulador de la causa de san Juan Diego

EMPERATRIZ DE LAS AMÉRICAS: ¡GRACIAS, MADRE!

Diez años después de la conquista de México, el día 9 de diciembre de 1531, Juan Diego iba rumbo al Convento de Tlaltelolco para oír misa. Al amanecer llegó al pie del Tepeyac. De repente oyó música que parecía el gorjeo de miles de pájaros. Muy sorprendido se paró, alzó su vista a la cima del cerro y vio que estaba iluminado con una luz extraña. Cesó la música y en seguida oyó una dulce voz procedente de lo alto de la colina, llamándole: "Juanito; querido Juan Dieguito". Juan subió presurosamente y al llegar a la cumbre vio a la Santísima Virgen María en medio de un arco iris, ataviada con esplendor celestial. Su hermosura y mirada bondadosa llenaron su corazón de gozo infinito mientras escuchó las palabras tiernas que ella le dirigió a él. Ella habló en azteca. Le dijo que ella era la Inmaculada Virgen María, Madre del Verdadero Dios. Le reveló cómo era su deseo más vehemente tener un templo allá en el llano donde, como madre piadosa, mostraría todo su amor y misericordia a él y a los suyos y a cuantos solicitaren su amparo. "Y para realizar lo que mi clemencia pretende, irás a la casa del Obispo de México y le dirás que yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo; que aquí en el llano me edifique un templo. Le contarás cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que le agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás que yo te recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Ya has oído mi mandato, hijo mío, el más pequeño: anda y pon todo tu esfuerzo".
Juan se inclinó ante ella y le dijo: "Señora mía: ya voy a cumplir tu mandato; me despido de ti, yo, tu humilde siervo".
Cuando Juan llegó a la casa del Obispo Zumárraga y fue llevado a su presencia, le dijo todo lo que la Madre de Dios le había dicho. Pero el Obispo parecía dudar de sus palabras, pidiéndole volver otro día para escucharle más despacio.
Ese mismo día regresó a la cumbre de la colina y encontró a la Santísima Virgen que le estaba esperando. Con lágrimas de tristeza le contó cómo había fracasado su empresa. Ella le pidió volver a ver al Sr. Obispo el día siguiente. Juan Diego cumplió con el mandato de la Santísima Virgen. Esta vez tuvo mejor éxito; el Sr. Obispo pidió una señal.
Juan regresó a la colina, dio el recado a María Santísima y ella prometió darle una señal al siguiente día en la mañana. Pero Juan Diego no podía cumplir este encargo porque un tío suyo, llamado Juan Bernardino había enfermado gravemente.
Dos días más tarde, el día doce de diciembre, Juan Bernardino estaba moribundo y Juan Diego se apresuró a traerle un sacerdote de Tlaltelolco. Llegó a la ladera del cerro y optó ir por el lado oriente para evitar que la Virgen Santísima le viera pasar. Primero quería atender a su tío. Con grande sorpresa la vio bajar y salir a su encuentro. Juan le dio su disculpa por no haber venido el día anterior. Después de oír las palabras de Juan Diego, ella le respondió: "Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿Qué más te falta? No te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que ya sanó".
Cuando Juan Diego oyó estas palabras se sintió contento. Le rogó que le despachara a ver al Señor Obispo para llevarle alguna señal y prueba a fin de que le creyera. Ella le dijo:
"Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, recógelas y en seguida baja y tráelas a mi presencia".
Juan Diego subió y cuando llegó a la cumbre, se asombró mucho de que hubieran brotado tan hermosas flores. En sus corolas fragantes, el rocío de la noche semejaba perlas preciosas. Presto empezó a córtalas, las echó en su regazo y las llevó ante la Virgen. Ella tomó las flores en sus manos, las arregló en la tilma y dijo: "Hijo mío el más pequeño, aquí tienes la señal que debes llevar al Señor Obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu tilma y descubras lo que llevas".
Cuando Juan Diego estuvo ante el Obispo Fray Juan de Zumárraga, y le contó los detalles de la cuarta aparición de la Santísima Virgen, abrió su tilma para mostrarle las flores, las cuales cayeron al suelo. En este instante, ante la inmensa sorpresa del Señor Obispo y sus compañeros, apareció la imagen de la Santísima Virgen María maravillosamente pintada con los más hermosos colores sobre la burda tela de su manto.

11 de diciembre de 2014

LA DEVOCIÓN REPARADORA AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

¿CÓMO PRACTICAR CON FRUTO ESTA DEVOCIÓN?
La Hermana Lucía tomó tan a pecho esta “devoción amorosa” que constantemente se refiere a ella en su correspondencia. Sin duda, la mejor ayuda que podríamos tener para practicar con fruto esta devoción es saber la forma en que la propia vidente de Fátima la lleva a cabo.
Hemos dicho que solamente se trata de “acompañar a Nuestra Señora por quince minutos”, y no es de ninguna manera necesario meditar sobre los quince misterios enteros del Rosario; pueden escogerse uno o dos, como escribió la Hermana Lucía: 
"Esta es mi manera de hacer la meditaciones sobre los misterios del Rosario los primeros sábados: Primer misterio, la Anunciación del Ángel Gabriel a Nuestra Señora. Primer preludio: Me imagino viendo y escuchando al Ángel saludar a Nuestra Señora con estas palabras: «Dios te salve, María, llena eres de gracia». Segundo preludio: Le pido a Nuestra Señora que infunda dentro de mi alma un sentimiento profundo de humildad.
“Primer punto: Meditaré sobre la manera como el Cielo proclama que la Santísima Virgen está llena de gracia, es bendita entre todas las mujeres y está destinada a ser la Madre de Dios. Segundo punto: La humildad de Nuestra Señora; cuáles son los defectos de orgullo y arrogancia a través de los cuales más frecuentemente ofendo al Señor, y los medios que debo emplear para evitarlos, etc.
“El segundo mes, hago la meditación sobre el segundo misterio gozoso. El tercer mes la hago sobre el tercer misterio gozoso, y así en adelante, siguiendo el mismo método de meditación. Cuando he terminado los Cinco Primeros Sábados, empiezo otros cinco y medito sobre los misterios dolorosos, luego sobre los gloriosos, y cuando los acabo, empiezo otra vez con los gozosos”.
De esta manera, la Hermana Lucía nos revela que sin contentarse sólo con los Cinco Primeros Sábados, cada mes ella practica “la amorosa devoción reparadora” solicitada por Nuestra Señora. Puesto que se trata de “consolar a Nuestra Madre Celestial” y de interceder eficazmente por la salvación de las almas, ¿Por qué no seguir su ejemplo y renovar esta práctica piadosa frecuentemente? Entonces podríamos pedirle a esta buena Madre, con la firme esperanza de ser escuchados, que asista especialmente a la hora de la muerte “con todas las gracias necesarias para la salvación”, a tal o cual alma que le confiamos a Ella, tal como la Virgen misma prometió a cambio de esta “pequeña devoción”, cumplida con amor y con espíritu de reparación.
DAR A CONOCER ESTE MENSAJE
A pesar de todos los signos y milagros y la aprobación oficial de la Iglesia Católica, así como el reconocimiento tributado por cientos de millones de peregrinos que han acudido al Santuario de la Cova de Iría, este mensaje de amor y esperanza es todavía desconocido para muchas personas en el mundo. Bien sabe el demonio que cuando el mensaje completo de Fátima sea ampliamente proclamado y correctamente entendido, apreciado y obedecido, su imperio de maldad en el mundo será destruido.
No olvidemos que Nuestra Señora le dijo a los tres pastorcitos: “Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará”. Por eso es importante que quienes lo conocemos hagamos nuestra parte. Todos, al menos, podemos rezar diariamente el Rosario y rezarlo con el corazón. Todos podemos practicar la “amorosa devoción” de los 5 Primeros Sábados de Mes y contarle a un amigo o darle una copia de este folleto a un vecino. Podemos estar seguros que nuestra Madre Santísima, la Virgen de Fátima, premiará nuestros esfuerzos por hacer conocer y entender su mensaje maternal de amor y advertencia revelado en Pontevedra.

10 de diciembre de 2014

89 ANIVERSARIO DE LA GRAN PROMESA DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

LA GRAN PROMESA DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA
REVELADA A LA HERMANA LUCÍA EN LA CIUDAD DE PONTEVEDRA
"A todos aquellos que durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen cinco decenas del Rosario y me hagan quince minutos de compañía meditando sobre los quince misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación".
El 10 de Diciembre de 1925, la Santísima Virgen se le apareció a Lucía, quien en ese entonces era una joven postulante en el Convento de las Doroteas en Pontevedra, España. A su lado, elevado sobre una nube luminosa estaba el Niño Jesús. La Santísima Virgen puso su mano en el hombro de Lucía, y mientras lo hacía, le mostró un Corazón rodeado de espinas que Ella tenía en la otra mano. Al mismo tiempo, el Niño Jesús le dijo: “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin que haya quien haga un acto de reparación para arrancárselas”.
Luego, la Santísima Virgen le dijo: "Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen los cinco misterios del Rosario y me hagan compañía durante quince minutos, meditando en los misterios del Rosario con el fin de desagraviarme, prometo asistirles en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación".
Cuando Lucía relató todo esto a su confesor, Monseñor Pereira Lopes, él aconsejó esperar. En una carta le dijo a Lucía que esta devoción no hacía falta en el mundo, porque ya había muchas almas que reciben a Jesús Sacramentado los primeros sábados del mes en honor de la Virgen y de los quince misterios del Rosario. Así se lo confió la propia Lucía a Nuestro Señor, quien volvió a manifestarse a ella como el Niño Jesús el 15 de Febrero de 1926. Y Jesús le contestó: “Es verdad, hija Mía, que muchas almas los comienzan, pero pocas los terminan, y las que los terminan, es con el fin de recibir las gracias por ellos prometidas, pero me agradan más las que hicieran los cinco sábados con fervor y con el objeto de desagraviar el Corazón de Tu Madre del Cielo, que las que hicieran los quince tibias e indiferentes”.
Lucía le presentó a Jesús la dificultad que tenía mucha gente de confesarse en sábado y le preguntó si Él permitiría que la confesión de ocho días fuese válida. “Sí puede ser”, respondió Nuestro Señor, “y hasta de muchos más días, con tal de que estén en gracia el Primer sábado cuando Me reciban, y de que en esa confesión anterior hayan hecho la intención de desagraviar con ella al Inmaculado Corazón de María”. Ella también preguntó sobre quienes olvidaran tener esta intención y Jesús le dijo: “Pueden hacerla en otra confesión siguiente, aprovechando la primera ocasión que tuvieran de confesarse”.

8 de diciembre de 2014

ORACIÓN A LA INMACULADA POR ESPAÑA

¡Oh María Inmaculada amadísima Patrona del Reino de  España! Velad por España, nación Mariana por excelencia, rogad por España, salvad a España, que cuanto más culpable mayor necesidad tiene de vuestra poderosa intercesión. Una súplica a vuestro Divino Hijo Jesús, que reposa en vuestros virginales brazos, y España será salvada. 
¡Oh Jesús, Corazón Divino oculto en el Santísimo Sacramento, tan amado por los Españoles, por María su Patrona, salvad a España! Porque extendió tu nombre y el reinado de la Cruz por todo el mundo, que vea palpablemente tu soberana protección, y porque confía en Aquélla que aplastó la cabeza del infernal dragón, que sean desbaratados sus perversos planes. 
¡Oh Jesús Sacramentado! ¡Oh María Inmaculada! Velad por ella; salvad a esta España tan vuestra de cuantos peligros puedan amenazar su fe y la paz y la salvación de las almas. 
¡Oh María! Sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos, Madre de Dios y Madre nuestra salva a España y al mundo entero.

PATRONA DEL REINO DE ESPAÑA


María Inmaculada fue proclamada Patrona de España por el papa Clemente XIII, mediante la bula “Quantum Ornamenti”, de fecha 25 de diciembre de 1760. Se lo había solicitado el rey Carlos III, como otros reyes españoles habían hecho repetidamente.
El dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María fue proclamado por el actualmente beatificado papa Pío IX, mediante la bula “Ineffabilis Deus”, de 7 de diciembre de 1854:
“Declaramos y definimos, que es doctrina revelada por Dios, la que sostiene, que la beatísima Virgen María en el primer instante de su Concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente y en previsión de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada de toda mancha de pecado original”.
El 8 de diciembre de 1857, el beato Pío IX hizo construir en la plaza de España de Roma, capital de los Estados Pontificios en los que aún reinaba, el monumento a la Inmaculada que sigue enalteciendo la ciudad. Al bendecir la imagen colocada sobre una esbelta columna frente a la embajada de España, declaró al embajador:
"Fue España, la Nación, que por sus reyes y por sus teólogos, trabajó más que nadie para que amaneciera el día de la proclamación del dogma de la Concepción Inmaculada de María"
También es venerada la Inmaculada como protectora de la Infantería española desde que su protección fue percibida especialmente el 8 de diciembre de 1585, en la acción de Bombel (Holanda), en lo que se denomina el milagro de Empel; y ya antes, porque en el Museo del ejército hay un estandarte de 1550 con la Inmaculada. Pero su proclamación oficial como patrona del arma de Infantería española fue establecida el 12 de noviembre de 1892, con la firma del ministro de la Guerra en nombre de la Reina Regente, tras la solicitud de los jefes de los regimientos de infantería.

6 de diciembre de 2014

SÁBADO MARIANO

FELICITACIÓN SABATINA
Bendita sea tu pureza  y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea  en tangraciosa belleza. A ti, celestial princesa,  Virgen sagrada, María, te ofrezco en este día alma, vida y corazón.  ¡Mírame con compasión! ¡No me dejes, Madre mía!
SALUDO
Gocémonos siempre en el Señor, honrando a la bienaventurada Virgen Santa María, Madre de Dios, Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Predestinada antes que todas las criaturas, Reina y Corredentora, Abogada nuestra. Amén.
PLEGARIA
Virgen Madre de Dios, Purísima María; El que no cabe en todo el orbe se encerró hecho hombre en tus entrañas. Después del parto quedaste virgen. Madre de Dios, intercede por nosotros.
R Dios te salve María…
Virgen Inmaculada, concebida sin pecado: Imploran tu favor los poderosos, porque eres la más poderosa de las criaturas y la más bella de los siglos. El Señor te vistió con vestido de santidad y te rodeó con el manto de su gracia, como a esposa adornada con sus joyas.
R Dios te salve María…
Bendita eres tú, Virgen María Inmaculada, por el Señor, Dios excelso, sobre todas las mujeres de la tierra. Tú eres la gloria de Jerusalén; tú la alegría de Israel; tú eres la honra de nuestro pueblo; tú la abogada de los pecadores
R Dios te salve María…
ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, que con la cooperación del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen y Madre María para que fuese merecedora de ser morada digna de tu Hijo: concédenos que, pues celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Jesucristo, Señor nuestro. Amén.
Dios te salve, Reina y Madre…

LA VIRGEN Y RUSIA

Se ha hecho tan corriente en nuestro mundo juzgar un acontecimiento cualquiera en función de algún otro, que se está despreciando otro elemento de juicio mucho más importante, cual es la intervención de lo Eterno en la historia para anular los mezquinos y fútiles valores del espacio y del tiempo.
Puesto que no cabe esperar que sepan algo acerca de ciertas revelaciones celestiales los que viven en un universo bidimensional en el que sólo existen derecha e izquierda, sin un “arriba” o un “abajo,” será útil recordar que las dos manifestaciones más importantes se produjeron cuando más necesidad tenía el mundo de ellas y cuanto menor atención les prestó el mundo.
La primera de esas manifestaciones celestes se verificó en el año en que nacieron las ideas que han formado nuestro mundo moderno y la segunda en el año en que las ideas se tradujeron en hechos.
Si cabe señalar algún año en que podamos decir que se inició la vida moderna –y como tal entendemos lo que está en contraposición con la vida cristiana-, ese año sería el de 1858.
En dicho año escribió precisamente un tal John Stuart Mill su “Ensayo sobre la libertad,” en que se identifica la libertad con el abuso y ausencia de responsabilidades sociales; EN EL MISMO AÑO, Darwin publicó su “Origen de las especies,” en el que, apartado la atención humana de los fines eternos, hizo fijar la vista de los hombres en un pasado animal. También fue en 1858 cuando compuso sus óperas Ricardo Wagner, en las que hizo revivir el mito de superioridad de la raza teutónica. Carlos Marx, fundador del comunismo, escribió en el mismo 1858 su “Introducción a la Crítica de la Economía Política,” en cuya obra se corona la Economía como reina y base de la vida y de la cultura.
De esos cuatro hombres nacieron las ideas madres que han regido y dominado al mundo por espacio de casi un siglo, sosteniéndose, por ejemplo, que el hombre no es de origen divino, sino animal; que su libertad es abuso y ausencia de autoridad y de ley, y que, privado de espíritu, forma parte integrante de la materia cósmica sin tener necesidad, por consiguiente, de religión alguna.
En tan importante año de 1858, el día 11 de febrero, al pie de los Pirineos franceses, en el pueblecito de Lourdes, aparecióse también la Santísima Virgen María, por vez primera entre dieciocho, a una aldeanita apellidada Soubirous. Hoy la conocemos por Santa Bernadette.
Cuatro años después que la Iglesia había definido el dogma de la Inmaculada Concepción, abriéronse los cielos y la Santísima Virgen, tan bella que no parecía criatura terrenal, hablo a Bernadette para decirle: “Yo soy la Inmaculada Concepción.”
En el preciso momento que el mundo negaba la culpa de origen y, sin que ello le constara, afirmaba que toda persona nace sin pecado original, nuestra Bendita Madre declaraba: “Yo sola soy la Inmaculada Concepción.”
Nótese bien que no dijo: “Yo he sido concebida inmaculada.” Entre ella y la Inmaculada Concepción hay la misma identidad, poco más o menos, que la declarada por Dios en el Monte Sinaí cuando afirmó: “Yo soy el que es.”
De igual modo que el “ser” es la naturaleza esencial de Dios, así la Inmaculada Concepción es el privilegio natural de la Virgen María.
Si solamente fue la Virgen concebida inmaculada, cualquier otro ser humano nace por tanto, con el pecado original; si no existiera el pecado original, todos seríamos concebidos inmaculados. El reclamar la Virgen este privilegio como suyo significó una condena implícita de las ideas que dieron principio al moderno mundo anticristiano.
La Virgen invitaba a los hombres a peregrinar hasta su altar, como señal de reconocimiento del espíritu, en contra de los que sostenían que en el ser humano, solamente existe naturaleza material; la Madre Divina estimulaba a los hombres a elevarse sobre el animal, con su aspiración suprema hacia Dios, en oposición a los que dejaban reducido el hombre a un animal, y éste a la naturaleza; el Eterno reafirmaba que solamente nos hace libres la Divina Verdad, con la gloriosa libertad de los hijos de Dios, en contraposición de los que pregonaban que la libertad era su abuso, haciéndola de general consecuentemente en libertinaje; la Virgen vino a sacar a los hombres del opio de la mentira emponzoñada para llevarlos a la excelsa posibilidad de ser herederos del cielo, en contra de los que proclamaban que la religión es el opio de los pueblos.
El mundo no prestó la debida atención a la llamada del cielo. Las ideas paganas de 1858, de que el hombre era un animal, que la libertad consistía en librarse de las leyes, que la religión era cosa antihumana, salieron pronto de las tapas de los libros y de las cuatro paredes de las aulas para desembocar en la violencia de la primera Guerra Mundial de 1914 al 18.
Pero dirijan una mirada al mundo y fíjense en lo que ocurría el 13 de mayo de 1917 en tres lugares diferentes de Europa (muy poco antes, el Viernes Santo del mismo año, acababan de entrar también en guerra los Estados Unidos). Roma: el 13 de mayo de 1917, Benedicto XV imponía las manos a Monseñor Eugenio Pacelli, haciendo de él un sucesor de los Apóstoles. Mientras las campanas de la Ciudad Eterna tocaban el Angelus, sentaba a la Iglesia de Dios un nuevo Obispo, que ascendería al cabo de los años, por oculto designio de la Providencia, al trono de San Pedro para gobernar a la Iglesia Universal como nuestro actual Padre Santo, Pío XII.
Moscú: el 13 de mayo de 1917 se hallaba María Alexandrovitch en una de las iglesias moscovitas enseñando el catecismo. Tenía sentados en bancos, delante de ella, a unos 200 niños. Percibióse un ruido fuerte en la puerta principal del templo: hombres a caballo irrumpieron en la nave central, saltaron por encima de la balaustrada de la comunión al presbiterio y destruyeron el altar mayor; luego cabalgaron por las naves laterales, destruyeron los altares que había en ellas y se llevaron a los niños, algunos de los cuales mataron. María Alexandrovitch salió a escape de la iglesia dando gritos. Era el primero de los intentos esporádicos de furor que precedieron a la revolución comunista. María fue en seguida a casa de uno de los revolucionarios, que pronto se hizo famoso, y le dijo: “Ha sucedido una cosa terrible: me encontraba enseñando la doctrina en la iglesia cuando de pronto, han aparecido unos hombres a caballo que se han llevado a los niños que había conmigo, matando a algunos de ellos.” El revolucionario le repuso: “Lo sé. He sido yo quien les ha mandado ir.”
Fátima, Portugal: el 13 de mayo de 1917, tres niños de la parroquia de Fátima, Jacinta, Francisco y Lucía, apacentaban su rebaño cuando se oyó el toque del Angelus de la cercana iglesia. Los tres pastorcitos se pusieron de rodillas, y, según su costumbre diaria, empezaron a rezar el santo Rosario.
Al acabar, decidieron hacer una barraca para guarecerse en ella los días de lluvia tormentosa. Los tres pequeños constructores vieron repentinamente interrumpida su labor por un relámpago cegador, lo que les hizo levantar su vista al cielo. Ni una nubecilla velaba el resplandor del mediodía. Se produjo entonces una ráfaga luminosa, seguida de otra. Los niños echaron a correr, pero a unos pasos de distancia, en el verde follaje de una encina vieron a una “señora muy preciosa” más resplandeciente que el sol. Con un ademán de maternal cariño, les dijo la Señora: “No tengan miedo, no les haré ningún mal.” La señora era muy guapa: parecía tener de quince a dieciocho años de edad. Su vestido era blanco como la nieve; lo llevaba sujeto al cuello con un cordoncito de oro y le caía hacia abajo hasta los pies, que apenas se veían y que los tenía descalzos, sobre una rama del árbol. Llevaba un velo blanco recamado de oro que le cubría la cabeza y le caía por los hombros, cayendo hasta los pies, lo mismo que el vestido. Sus manos las tenía juntas a la altura del pecho en actitud e rezar; de la mano derecha le congabe3 un rosario de perlas relucientes con una cruz de plata. Su cara, de belleza incomparable, estaba rodeada por un halo tan brillante como el sol, pero parecía tener un sello de tristeza. Lucía fue la que primeramente habló:
* ¿De dónde viene?
* Vengo del Cielo – contestó la señora.
* ¡Del Cielo! ¿Y para qué ha venido aquí?
* He venido para pedirte que vengas a este sitio durante seis meses consecutivos el día 13 de cada mes, a estas horas. En el mes de octubre, te diré quién soy y qué es lo que quiero.
Precisamente en el mismo instante en que en la extremidad oriental de Europa se había desatado el “Anticristo” en contra de la verdadera religión y contra la profunda idea de Dios, al mismo tiempo que contra la sociedad, mediante la más terrible mortandad de la historia, he aquí aparecer en la extremidad occidental de la misma Europa a la grande y eterna enemiga de la serpiente infernal.
La más importante de las seis apariciones de la Virgen a estos niños fue la del 13 de julio. Hay que recordar que estaba en el tercer año de la primera Guerra Mundial. Después de haber mostrado a los niños una espantosa visión del infierno, la hermosa señora dijo suavemente, con mezcla de tristeza: “Ustedes han visto el Infierno adonde van los pecadores. Para salvar a las almas, Dios quiere que se establezca en el mundo el culto a mi Corazón Inmaculado. Si la gente hace lo que les he dicho, muchas almas se salvarán y encontrarán la paz.”
Hablando luego de la primera Guerra Mundial, dijo: “La guerra terminará. Si la gente hace lo que les he dicho, muchas almas se salvarán y encontrarán la paz.”
Después vino el considerar que tal vez no hicieran penitencia los hombres, lo mismo que ocurrió en Nínive, y la Señora añadió: “Si la gente no deja de ofender a Dios, no pasará mucho tiempo, y será precisamente en el próximo Pontificado, sin que entable otra guerra más terrible.”
Fue en efecto, durante el Pontificado de Pío XI cuando se desencadenó la tremenda guerra española, preludio de la segunda Guerra Mundial.
En ese período, los rojos asesinaron cruelmente, en su odio contra la religión, a 13 prelados y a 14,000 sacerdotes y religiosos y destrozaron 22,000 iglesias y capillas.
La Virgen explicó cuándo sobrevendría la segunda Guerra Mundial. “Cuando vean una noche iluminada por luz misteriosa, sepan que con dicha señal les avisa Dios que está inminente el castigo del mundo por sus muchas maldades a través de la guerra, de la carestía y de la persecución de la Iglesia y del Padre Santo.
Mas tarde se le preguntó a Lucía cuándo aparecería exactamente, dicha señal, y ella dijo que se trataba de la extraordinaria aurora boreal que se vio desde gran parte de Europa en la noche del 25 al 26 de enero de 1938. Hablando de la nueva guerra, manifestó Lucía lo siguiente: “Será horrorosa, horrorosa.” Todos los castigos de Dios pueden evitarse con la penitencia. Fíjense bien que, según expresión de la misma Virgen Santísima, se habría podido evitar la segunda Guerra Mundial, porque dijo: “Para evitar esto a los hombres, pediré al mundo que sea devoto de mi Corazón Inmaculado y la Comunión en el primer sábado de cada mes. Si mis ruegos son atendidos, Rusia se convertirá y habrá paz. De otra forma, Rusia esparcirá sus errores por el mundo, dando lugar a guerras y persecuciones contra la Iglesia. El justo padecerá el martirio y el Padre Santo sufrirá mucho. Quedarán destruidas varias naciones.”
En este punto, la Iglesia ha creído conveniente callarnos una parte del mensaje; ignoramos el extremo al que se refería. Aparentemente, no habrá de contener muy buenas noticias, que probablemente se refieren a nuestros tiempos. De todas formas, conocemos el epílogo del mensaje, rebosante de alegría: “Al fin triunfará mi Corazón Inmaculado. El Padre Santo consagrará a Rusia a mi Inmaculado Corazón y Rusia se convertirá; entonces empezará en el mundo una era de paz.”
La última aparición se efectuó el 13 de octubre de 1917, cuando la Virgen prometió hacer un milagro tal, que todos los que lo vieran pudieran creer en sus apariciones.
En la tarde el 12 de octubre, todos los caminos que llevan a Fátima estaban atestados de coches, bicicletas y gentes de a pie que se dirigían al lugar de la Visión. Se congregó: una multitud de 60,000 personas, en su mayoría curiosos y burlones. Lucía dijo a los reunidos que miraran al sol. Paró de llover e inmediatamente desaparecieron las nubes, dejando ver una gran extensión de intenso azul.
Aunque ni una sola nubecilla vela el espacio, no deslumbraba el sol, que estaba en todo su apogeo, y se le podía ver con toda comodidad. De repente, el sol comenzó a vibrar con bruscos movimientos y empezó a girar vertiginosamente sobre sí mismo como una rueda de fuegos artificiales, desprendiendo en todas direcciones chorros de luz verde, roja, violeta, amarilla y azul, coloreando de manera fantástica las nubes, los árboles, las rocas y la tierra. En unos cuatro minutos, el sol se quedó quieto y un momento después volvió a su rapidísimo movimiento, con la sorprendente danza de luz y de color cual no cabe imaginar en el más extraordinario castillo de fuegos de artificio. Una vez más dejo el sol su prodigioso bailoteo al cabo de unos minutos, pero tras una breve pausa, por tercera vez se hizo más brillante. Durante doce minutos pudieron percibir el maravilloso fenómeno en un radio de más de 25 millas todas y cada una de las 60,000 personas congregadas. Pero no fueron estas tres rotaciones del sol lo que más impresionó a la muchedumbre: el mayor estupor lo causó un terrible descenso del sol, que fue el momento culminante del grandioso milagro, el momento más terrible que hizo finalmente que de todos los pechos se dirigiera a Dios un acto único de Contrición y de Amor. En medio de aquella loca danza de fuego y colores, como si una gigantesca rueda pirotécnica que por su excesivo girar se desprendiese del eje que la sujeta, dejó el sol su posición en el firmamento y cayó en zigzag hacia el suelo como si fuera a precipitarse sobre la aterrada muchedumbre, dando a los espectadores una clara impresión de la escena del fin del mundo anunciada por el Evangelio, cuando el sol y las estrellas caerán en la tierra. Aquel momento arrancó de la multitud anonadada un repentino grito de espanto, un inmenso clamor impregnado de religioso temor lanzado por las lamas de los que se preparaban a morir profiriendo actos de fe y pidiendo a Dios perdón por los pecados cometidos. Como si se hubieran puesto secretamente de mutuo acuerdo, los reunidos cayeron de rodillas en el barro y elevaron al cielo con voz interrumpida por los sollozos el más sincero acto de contrición jamás salido de sus corazones. Por fin, deteniéndose el sol de repente en su alocada caída, termino por subir a su sitio en zigzag, conforme había sido el descenso, y acabó recobrando gradualmente su acostumbrada luminosidad en el cielo despejado. Aunque todos habían quedado empapados por la lluvia de la mañana, encontraron completamente secas sus ropas inmediatamente después de la Visión.
No estoy aquí para probar la autenticidad de estas revelaciones, porque quienes creen en el reino del Espíritu y en la Madre de Dios, no necesitan pruebas, y los que reniegan del Espíritu, no aceptarían las pruebas en modo alguno. ¿Qué significado puede tener para nosotros la aparente caída del sol sobre las gentes congregadas en Fátima en aquel octubre de 1917? No podemos estar muy seguros, pero intentaremos una explicación a la vista del espanto que se apoderó de los que la presenciaron. Podría significar que un día se apropiarían los hombres de una parte de la energía atómica solar y la utilizarían, no para iluminar al mundo, sino como bomba terrorífica que lanzarían a través del espacio sobre una población indefensa ante semejante proyectil. Cuando la carestía se enseñoreaba de la tierra, mientras la guerra destruía y consumía los bienes acumulados durante siglos, mientras el hombre se mostraba como un lobo con el hombre, y mientras enormes campos de concentración, cual nuevo Moloch, se tragaba a millones y millones de pobrecitos, los hombres siempre podrían alzar la vista al cielo para esperar. Si esta tierra es tan cruel, podían decirse, al menos se nos mostrará clemente el cielo. Pero tal vez quisiera presagiar la visión de Fátima, que ahora, a causa de las nuevas y terroríficas armas, también se mostrarían los cielos contra el hombre y sus fuegos se abatirían contra los indefensos hijos de Dios. No sabemos, en definitiva, si sería o no un anuncio de la bomba atómica. Pero una cosa es segura, que no perderemos con todo eso nuestra esperanza, pues en medio de tantas nubes, aun podremos alzar nuestra vista para ver a la Virgen con la luna a sus pies, coronada de estrellas y con el sol bajo sus plantas también. El Cielo no está contra nosotros y no nos destruirá para que podamos ver a Nuestra Señora como Reina de Cielos y Tierra.
Otra razón es que la Divina Providencia confió a una mujer el encargo de vencer al demonio. En el primer día tan funesto en que el demonio se introdujo en el mundo, Dios habló en el Paraíso Terrenal a la serpiente para decirle: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya y tú permanecerás a la espera de su talón.”(Génesis, 3, 15).
 En otras palabras, el Mal tendría descendientes y simiente, pero que también los tendría el Bien, y que el mal sería derrotado a través de la mujer. Ahora vivimos en la hora del demonio, pues si el bien tiene su día, el mal tiene su hora. Nuestro Señor le dijo a Judas la noche en que fue al Huerto de los Olivos: “Esta es tu hora, el reinado de las tinieblas.” (San Lucas, 22, 53). Todo lo que el demonio puede hacer en su hora es apagar la luz del mundo. Si vivimos entonces en un tiempo en el que se le ha dado una larga cuerda al demonio, no podremos superar el espíritu de Satanás, sino es a través del poder de la Mujer, a la que Dios omnipotente le confió el encargo de aplastar la cabeza de la serpiente.
Traduciendo todo esto a los problemas concretos de nuestro mundo, puede significar que la tercera guerra mundial, que tanto tememos, vendrá a agravar aún más la miseria y el dolor de una humanidad que ha sufrido dos guerras mundiales en veintiún años. ¿Será posible evitar esa catástrofe cósmica? Lo que sí es cierto que no será la política la que pueda detenerla, porque al abandonar los principios de justicia de la “Carta del Atlántico”, se ha esparcido la semilla de otra guerra. También es cierto que no podrán detenerla ni una acción económica, ni social o militar, porque existirá el peligro de conflagración mientras los hombres estén alejados de Dios y sean egoístas y avariciosos de los bienes de la tierra. La única esperanza de salvación es un milagro. Solamente Dios puede paralizar la guerra, y lo hará por mediación de la Santísima Virgen. ¿Cómo sucederá eso?, no lo sabemos, pero es seguro que si Rusia tuviese de nuevo el don de la Fe, ésta conduciría al mundo a la paz. Piensen un momento en la transformación que se produciría en Rusia con una sola visión de la Santísima Virgen. Recordemos que México se convirtió a través de una visión en Guadalupe. La Roma pagana se convirtió después de perseguir a la Iglesia por espacio de trescientos años. La Rusia atea no se halla más alejada de la gracia divina que Roma.
Debemos rogar a Dios por la conversión de Rusia, porque si esta conversión se efectuara, llevaría a todo el mundo a la paz, que sólo puede proporcionar la fe religiosa. Pero el género humano debe hacer lo que le corresponda, pues no debemos olvidarnos de que somos cooperadores de la divina voluntad. Antes de que se produzca semejante milagro, debe haber una gran manifestación colectiva de amor a Dios a través de la devoción al Inmaculado Corazón de María. Nuestra Señora pidió la consagración del mundo, y el Padre Santo consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María el año 1942, es decir, en el vigésimoquinto aniversario de su consagración episcopal y en el vigésimoquinto aniversario también de las apariciones de Fátima. Ahora esperamos la consagración de Rusia al mismo Inmaculado Corazón de María hecha por el Sumo Pontífice con todos los Obispos de la Iglesia.
Por nuestra parte, además de llevar el escapulario de Nuestra Señora la Virgen del Carmen, como contribución mínima a esta cruzada de oración, hemos de demostrar nuestra fe:
1) Recibiendo la sagrada Comunión los primeros sábados de mes y rezando durante quince minutos a la Virgen para reparar por los pecados del mundo.
2) Rezando diariamente el santo Rosario por la conversión de Rusia.
Los que creemos, no hemos de olvidar que el día 8 de diciembre de 1846, hace un siglo, el Congreso de Baltimore consagró los Estados Unidos de América al Corazón Inmaculado de la Virgen y ocho años después proclamaba la Iglesia el dogma de su Inmaculada Concepción.
En nuestras monedas está grabada la leyenda: “En Dios confiamos.” Sobre nuestro suelo campea escrita con caracteres invisibles la consagración de nuestra Patria de cien años atrás. Por encima de los Cielos y de la historia está escrita la promesa Divina contra la Serpiente del Mal: “Y Ella quebrantará tu cabeza.” Queda por escribir en nuestros corazones un amor contrito para el Inmaculado Corazón de María. Que este amor pueda expresarse cada día con tales muestras de amor y de virtud, que cuando comparezcamos ante Dios en el último día para ser juzgados, podamos oírle pronunciar las palabras más consoladoras, garantías de nuestra eterna salvación: “He oído a mi Madre hablar de vosotros.”
¡Por el amor de Jesús!
Monseñor Fulton Sheen