
Lilas
Mes de mayo
Día 22
Entre todos los atributos de Dios, este de la misericordia es sin duda el más atractivo y consolador para el corazón humano. Pero es quizás también el más admirable.
Dios Todopoderoso se inclina hacia nosotros, se compadece de nuestras miserias y trata de aliviarlas. Su amor le lleva a perdonar y remediar nuestros pecados.
Dios nos entrega su corazón, a nosotros que somos desgraciados a consecuencia de nuestros pecados y de nuestras maldades. Y con su corazón nos rodea de compasión, de indulgencia y de perdón.
Por su infinita misericordia el Señor nos trata con amor a quienes estamos lejos de su amor y nos hemos comportado como enemigos de ese amor divino.
Es tan grande y misterioso el amor de Dios hacia el género humano que Él mismo se hace hombre para remediar nuestras desgracias, para sacarnos del hoyo mortal y elevarnos a una vida nueva.
Dios quiere hacernos uno con Él: "Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia" (Os 2, 21).
La Sagrada Escritura nos revela cómo es la misericordia de Dios hacia nosotros. Así nos dice: "La misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión" (Lam 3, 22). Y también: "Él tiene misericordia con los que aceptan la instrucción y están siempre dispuestos a cumplir sus decretos" (Ecli 18, 14).
El Nuevo Testamento es la plenitud de la Revelación del amor de Dios y de su misericordia, hasta el punto que Jesús mismo es la misericordia encarnada. Todas sus palabras, gestos y actitudes son revelación de su corazón misericordioso. Su evangelio, es evangelio de la misericordia.
Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús exclama: "Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia" (Mt 5, 7) Y en sus invectivas contra los fariseos y los escribas les dice abiertamente: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidáis lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello" (Mt 23, 23).
La misericordia es una de las señales, o más bien la gran señal, de la llegada y de la instauración del reino de Dios: "Id y aprended qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9, 13).
Entrar en el reino de Dios inaugurado por Cristo supone entrar en esta onda de su misericordia infinita, acogiendo con estupor y gratitud la misericordia con que Dios nos rodea y convirtiéndonos también nosotros en instrumentos de su misericordia en favor de todos los hombres, "Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia se ríe del juicio" (Sant 2, 13).
María es testigo y embajadora de la misericordia divina. Ella testimonia con sus palabras y con su vida la misericordia que Ella misma experimenta en lo profundo de su alma.
María no puede ni quiere callar el testimonio de la misericordia divina, por ello proclama abiertamente: "Su nombre es santo, y es misericordioso siempre con aquellos que le honran" (Lc 1, 49-50). "Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre" (Lc 1, 54-55)
La Santísima Virgen experimenta en su vida la misericordia del Padre. Ella acoge en su seno a Aquél que es la Misericordia divina y lo da al mundo.
El gran testimonio de la misericordia de María se realiza cuando Ella ofrece al Padre a su Hijo que se inmola en la cruz por nosotros y por nuestra salvación. Como Madre de misericordia consiente, ofrece y participa en aquél holocausto de amor y de misericordia.
María es nuestra Dulcísima Madre de misericordia porque siendo pecadores nos acepta y nos recibe como hijos suyos.
El ejercicio de su misericordia maternal se renueva a cada momento por su intercesión constante en nuestro favor, por su mediación ante su Hijo para alcanzarnos las gracias que necesitamos y distribuirlas maternalmente.
El ejercicio de su misericordia se renueva al renovar Ella misma la ofrenda de su Hijo y su ofrenda personal cada vez que en el altar se renueva el Sacrificio de la Cruz.
María es nuestra Madre de misericordia, siempre dispuesta a acoger a sus hijos pecadores para llevarlos hasta Jesús.
Fruto: Acoger la misericordia divina y ser misericordiosos.
P. Manuel María de Jesús








